Testimonio de la iglesia primitiva sobre el infierno
Testimonio de la iglesia primitiva sobre el infierno:
Ignacio de Antioquía
San Ignacio de Antioquía
Santo y Obispo de Antioquia, martirizado en Roma (devorado por los leones) en tiempos del emperador Trajano (98-117). Se conservan de él las siete cartas que escribió camino al martirio aproximadamente en el año 107. Pueden consultar la traducción protestante de las cartas de San Ignacio directamente AQUI la cual está basada en el libro Los Padres Apostólicos, por J. B. Lightfoot. Editorial CLIE
San Ignacio habla de cómo aquellos que mueran en la impureza irán al fuego inextinguible:
“Hermanos míos, no os engañéis, los adúlteros no heredarán el Reino de Dios. Pues si los que obraron esto según la carne murieron ¡Cuánto más si corrompe en mala doctrina la fe de Dios por la que Jesucristo fue crucificado!. Éste, por ser impuro, irá al fuego inextinguible, así como el que lo escucha. Por eso el Señor tomó ungüento sobre su cabeza para inspirar a la Iglesia incorrupción. No os unjáis con la fétida doctrina del príncipe de este mundo para que no os lleve cautivos lejos de la vida que ha sido propuesta como recompensa. ¿Por qué no somos todos prudentes después de haber alcanzado el conocimiento de Dios que es Jesucristo? ¿ Por qué perecemos neciamente al desconocer la gracia que el Señor verdaderamente ha enviado? ”
Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 16-17: FuP 1, 119-121
Justino Mártir
San Justino Martir
Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II.
“Porque entre nosotros, el príncipe de los malos demonios se llama serpiente y Satanás y diablo o calumniador, como os podéis enterar, si queréis averiguarlo, por nuestras escrituras; y que él y todo su ejército juntamente con los hombres que le siguen haya de ser enviado al fuego para ser castigado por eternidad sin término, cosa es que de antemano fue anunciada por Cristo”
Justino Mártir, Apología I, 28; BAC 116, 209-210
“Y no se nos objete lo que suelen decir los que se tienen por filósofos, que no son más que ruido y espantajos lo que nosotros afirmamos sobre el castigo que los inicuos han de sufrir en el fuego eterno’
Justino Mártir, Apología II, 9; BAC 116, 271
Martirio de Policarpo
Es una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad de Filomenio donde se narra el martirio de San Policarpo, discípulo directo del apóstol San Juan y obispo de Esmirna.
Fiándose de la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, librándose del castigo eterno, por medio de una hora. El fuego de los crueles verdugos les era indiferente, pues tenían ante sus ojos el escapar del (fuego) eterno que nunca se apaga, y contemplaban con los ojos de su corazón los bienes que aguardan a los que sufren pacientemente, los cuales ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni al corazón del hombre subieron, pero el Señor se los mostró a ellos, porque ya no eran hombres, sino ángeles.”
Martirio de Policarpo, 2, 3-4: FuP 1,251
Discurso a Diogneto
Es un breve tratado apologético dirigido a alguien llamado Diogneto quien al parecer había preguntado algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: Es de autor desconocido y se estima fue compuesto a finales del siglo II
“Entonces, estando en la tierra, contemplarás que Dios ejerce su gobierno en los cielos; entonces comenzarás a hablar de los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son torturados por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error del mundo, cuando conozcas la vida verdadera del cielo, cuando desprecies lo que aquí parece ser la muerte, cuando temas la verdadera muerte reservada a los condenados al fuego eterno, castigo definitivo de quienes sean entregados. Entonces admirarás y considerarás bienaventurados a quienes soportan el fuego terreno por causa de la justicia, cuando conozcas aquel fuego…”
Discurso a Diogneto, 10,7-8: BPa 52, 568
Atenágoras
Reconocido apologeta cristiano primitivo del siglo II.
“Porque si creyéramos que no hemos de vivir más que la vida presenta, cabría sospechar que pecáramos sometidos a la servidumbre de la carne y de la sangre, o dominados por el lucro y el deseo; pero sabiendo como sabemos que dios vigila nuestros pensamientos y nuestras palabras de noche como de día, y que El es todo luz y mira aun dentro de nuestro corazón; creemos que, salidos de esta vida, viviremos otra mejor, a condición de que permanezcamos con Dios y por Dios inquebrantables y superiores a las pasiones, con alma no carnal, aun en la carne, sino con espíritu celeste; o cayendo con los demás nos espera vida peor en el fuego (porque Dios no nos creó como rebaños o bestias de carga, de paso, y sólo para morir y desaparecer); con esta fe, decimos, no es lógico que nos entregamos voluntariamente al mal y nos arrojemos a nosotros mismos en manos del gran juez para ser castigados”.
Atenágoras, Legación a favor de los cristianos, 31: BAC 116,701-702
Ireneo de Lyon
San Ireneo de Lyon
Fue consagrado obispo de Antioquia por las mismas manos de San Pedro y San Pablo San según San Crisóstomo (aunque las Constituciones Apostólicas afirman que Pedro consagró a Evodio y Pablo a Ignacio). Eusebio de Cesárea afirma (HE III,22) que sucedió a Evodio (primer obispo de Antioquia) y en su Crónica fija el tiempo de su episcopado entre el ano primero de Vespasiano (70 d.C.) y el décimo de Trajano (107 d.C.).
“En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre» (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.”
San Ireneo, Contra los herejes IV,28,2
Tertuliano
Estrictamente hablando Tertuliano no es considerado un padre de la Iglesia, sino un apologeta y escritor eclesiástico, ya que al final de su vida cae en herejía abrazando el montanismo. Sin embargo fue muy leído antes de su abandono de la Iglesia Católica. Tanto en su periodo ortodoxo como en su periodo herético tenemos en Tertuliano un testigo sin igual que nos informa sobre la práctica primitiva de la penitencia en la Iglesia.
Cuando escribe De paenitentia (aproximadamente en el año 203 d.C. siendo todavía católico) habla aquí de una segunda penitencia que Dios “ha colocado en el vestíbulo para abrir la puerta a los que llamen, pero solamente una vez, porque ésta es ya la segunda”, pero para quienes rechazan esta penitencia describe la condenación eterna en el infierno, castigo de quienes no quisieron arrepentirse y confesar sus pecados.
“Si rehúsas la penitencia pública, medita en tu corazón acerca de la gehena que para ti ha de ser extinguida mediante la penitencia. Imagínate ante todo la gravedad de la pena, a fin de que no vaciles en asumir el remedio. ¿Cómo debemos considerar esta caverna del fuego eterno, cuando a través de algunas de sus chimeneas se producen tales erupciones de vigorosas llamas, que han hecho desaparecer las ciudades cercanas o están a la espera de que esto les ocurra cualquier día? Montes altísimos saltan hechos pedazos a causa del fuego que encierran, y resulta para nosotros un indicio de la perpetuidad de este fuego el hecho de que, por más que estas erupciones quebranten y destrocen las montañas, nunca cesa esta actividad. ¿Quién ante estas conmociones de los montes podrá dejar de considerarlas como un indicio del amenazante juicio? ¿Quién podrá pensar que tales llamaradas no sean una especie de armas arrojadizas que provienen de un fuego colosal e indescriptible?
Tertuliano, De la penitencia, 12: PL 1,1247
Cipriano de Cartago
San Cipriano de Cártago
San Cipriano nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir ocupándose de su grey.
“Que gloria para los fieles habrá entonces, qué castigo para los no creyentes, qué dolor para los infieles no haber querido creer en otro tiempo en este mundo y no poder volverse ahora atrás y creer. La gehena siempre en llamas y un fuego devorador abrasará a los que allí vayan, y no tendrán descanso sus tormentos ni fin en ningún momento. Serán conservadas las almas con los cuerpos para sufrir con inacabables suplicios. Allí veremos siempre al que aquí nos miró por un tiempo, y el breve placer que tuvieron los ojos crueles en las persecuciones será contrapesado por el espectáculo sin fin, según el testimonio de la Sagrada Escritura, cuando dice> Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá, y servirán de espectáculo a todos los hombres..Entonces será baldío el arrepentimiento, vanos los gemidos y sin eficacia los ruegos. Tarde creen en la pena eterna los que no quisieron creer en la vida eterna”
Cipriano, A Demetriano, 24: BAC 241, 292-293
Basilio de Cesárea
Santo y padre de la Iglesia. Nació en una familia profundamente cristiana Su abuelo materno había sufrido el martirio. Su padre, junto a una verdadera piedad, transmitió a los diez hijos una sólida formación doctrinal. En el 364 fue ordenado sacerdote, y seis años más tarde sucedió a Eusebio como Obispo de Cesarea, metropolitano de Capadocia, y exarca de la diócesis del Ponto. Falleció en el año 379.
Dedicó sus mayores energías a defender la doctrina católica sobre la consubstancialidad del Verbo, definida solemnemente en el Concilio de Nicea (año 325).
Es evidente que las obras son la causa de que uno acabe por ser condenado al suplicio, puesto que somos nosotros mismos los que nos disponemos para ser merecedores de la combustión, de modo que los vicios del alma son como chispas de fuego que producimos para encender las llamas de la gehena, como en el caso de aquel rico que se quemaba en el fuego de sus propios placeres que lo abrasaban. En efecto, la intensidad del fuego devorador será mayor o menor, según sean los dardos lanzados sobre cada uno por el maligno.
Basilio de Cesárea, Comentario a Isaías 1,64: PG 30,229
“…no está presente en el infierno quien alabe, ni en el sepulcro quien se acuerde de Dios, porque tampoco está presente el auxilio del Espírito. ¿Cómo se puede, pues, pensar que el juicio se efectúa sin el Espíritu Santo, siendo así que la Palabra muestra que él mismo será también la recompensa de los justos cuando, en vez de las arras, se entregue a la totalidad, y que será la primera condenación de los pecadores cuando se les despoje de lo mismo que parecían tener?
Basilio de Cesárea, El Espíritu Santo, 16,40: BPa 32,175-176
Gregorio Nacianceno
Arzobispo de Constantinopla y doctor de la Iglesia, nacido en Nacianzo, Capadocia en el año 329, y fallecido en el 389. Célebre por su elocuencia y por su lucha en su colaboración en la lucha contra el arrianismo, junto con padres como San Basilio y San Gregorio de Nicea. Es reconocido como uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia Griega.
“Conozco el temblor, la agitación, la inquietud y el quebranto del corazón, la vacilación de las rodillas y otras penas semejantes con que son castigados los impíos. Voy a decir, en efecto, que los impíos son entregados a los tribunales de la otra vida por la justicia parsimoniosa de este mundo, de modo que resulta preferible ser castigados y purificados ahora, que ser remitidos a los suplicios del más allá, cuando sea ya el tiempo del castigo y no de la purificación”
Gregorio Nacianceno, Discursos, 16,7: PG 35,944
Gregorio de Nisa
San Gregorio de Nisa
Nacido entre el 331 al 335 d.C. Fue consagrado obispo en el 371 y fallece en el 394.
Gregorio de Nisa también habla repetidas veces del “fuego inextinguible” y de la inmortalidad del “gusano” de una sanción eterna y amenaza al pecador con sufrimientos eternos y eterno castigo, sin embargo, al igual que Orígenes cae en el error de pensar que las penas del infierno no eran eternas.
“Y la vida dolorosa de los pecadores tampoco tiene comparación con las sensaciones de los que sufren acá. Pero incluso en el caso de que se aplique a algún castigo de allá el nombre con que se le conoce acá, la diferencia no es pequeña. Efectivamente, al escuchar la palabra fuego, has aprendido a pensar algo distinto del fuego de acá, porque en él se encuentra una cualidad que no hay en éste: aquel, efectivamente, no se extingue, mientras que éste de acá puede ser extinguido por los múltiples medio que enseña la experiencia, y la diferencia es grande entre un fuego que se extingue y otro que es inextinguible. Por tanto, es otro, y no el mismo que el de acá. Y también cuando uno oye la palabra gusano, que por la semejanza del nombre no se deje arrastrar a pensar que este animalito terrestre, porque la añadidura del calificativo «eterno» supone que se ha de pensar en otra naturaleza diferente de la que conocemos”
Gregorio de Nisa, La Gran Catequesis, 40, 7-8: bPa 9, 139
Jerónimo
San Jerónimo
Reconocido como uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. Nació en el año 347 y murió en el 420.
“Son muchos los que dicen que en el futuro no habrá suplicios por los pecados ni se les aplicarán castigos que vengan del exterior, sino que la pena consistirá en el pecado mismo, y en el tener conciencia del delito, no muriendo el gusano en el corazón y ardiendo el fuego en el alma, de un modo semejante a la fiebre, que no atormenta al enfermo desde fuera, sino que, apoderándose de los cuerpos, castiga sin emplear ningún instrumento externo de tortura. Estas persuasiones son lazos fraudulentos, palabras vacuas y sin valor, que deleitan como flores a los pecadores, pero que les infunden una confianza que les conduce a los suplicios eternos”
Jerónimo, Comentario a la Carta a los efesios, 3,5,6: PL 26, 522
Juan Crisóstomo
San Juan Cristóstomo
Sato, Patriarca de Constantinopla y doctor de la Iglesia, nacido en Antioquía, Siria en el año 347, es considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. En la Iglesia Ortodoxa griega es reconocido como uno de los más grandes teólogos y uno de los tres Pilares de la Iglesia, juntamente con San Basilio y San Gregorio.
San Juan Crisóstomo da una explicación detallada de la diferencia entre la pena de daño y de sentido, y de cómo la primera es la principal pena del infierno por implicar la separación definitiva de Dios.
“La doble pena del infierno: El fuego y la privación de Dios
Aparentemente no hay aquí más que un solo castigo, que es el ser quemado por el fuego; sin embargo, si cuidadosamente lo examinamos, veremos que son dos, porque el que es quemado es juntamente desterrado para siempre del reino de Dios. Y este castigo es más grave que el primero. Ya se que muchos sólo temen al fuego del infierno, pero yo no vacilo en afirmara que la pérdida de la gloria eterna es más amarga que el fuego mismo. Ahora, que eso no lo podamos expresar con palabras, nada tiene de extraño, pues tampoco sabemos la naturaleza de los bienes eternos para podernos dar cabal cuenta de la desgracia que es vernos privados de ellos….Cierto, insufrible es el infierno y el castigo que allí se padece. Sin embargo, aun cuando me pongas mil infiernos delante, nada me dirás comparable con la perdida de aquella gloria bienaventurada, con la desgracia de ser aborrecido de Cristo, de tener que oír de su boca «no te conozco». De que nos acuse de que le vimos hambriento y no le dimos de comer. Mas valiera que mil rayos nos abrazaran, que no ver aquel manso rostro que nos rechaza, y que aquellos ojos serenos no pueden soportar mirarnos”
Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo 23,8 BAC 141, 489-491
Agustín de Hipona
San Agustín
Obispo de Hipona y doctor de la iglesia, es reconocido como un de los cuatro doctores mas reconocidos de la Iglesia Latina. Nació en el 354 y llegó a ser obispo de Hipona durante treinta y cuatro años. Combatió duramente todas las herejías de la época y murió el año 430
“Habéis oído, pues, en el Evangelio que hay dos vidas: una presente, otra futura. La presente la poseemos: en la futura creemos. Nos encontramos en la presente; a la futura aún no hemos llegado. Mientras vivimos la presente, hagamos méritos para adquirir la futura, pues aún no hemos muerto. ¿Acaso se lee el Evangelio en los infiernos? Si de hecho fuera así, en vano le oiría el rico aquel, porque no podría haber ya penitencia fructuosa. A nosotros se nos lee aquí y aquí lo oímos, donde, mientras vivimos, podemos ser corregidos para no llegar a aquellos tormentos.”
Agustín de Hipona, Sermón, 113-A, 3: BAC 441, 829-830
“Por esto que sucede aquí, pudiera el entendimiento del hombre hacerse una idea de lo que nos está reservado en lo por venir. Sin embargo, ¡qué gran desproporción! Vive, no quiere morir; de ahí el amor a la vida inacabable, al querer vivir, al no querer morir nunca. Con todo eso, los que hayan de ir a las torturadoras penas del infierno han de querer morir y no podrán“
Agustín de Hipona, Sermón 127, 2: BAC 443, 106-107
Gregorio Magno
Papa y doctor de la Iglesia, es el cuarto y último de los originales Doctores de la Iglesia Latina. Defendió la supremacía del Papa y trabajó por la reforma del clero y la vida monástica. Nació en Roma alrededor del año 540 y murió en el 604.
“Si a los buenos les va mal y a los malos bien, quizá se deba a que los buenos, si pecaron en algo, reciben aquí el castigo para ser plenamente librados de la condena eterna, mientras que los malos encuentran aquí la recompensa por el bien hecho en esta vida a fin de que en la futura sólo sufran tormentos”
Gregorio Magno, Libros morales, V, : BPa 42, 300













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