Soldado de Jesucristo

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Satanás minimiza la gravedad del pecado

Wiliam Gurnall

 Por Wiliam Gurnall.

 

A veces el padre de la mentira engendra el pecado utilizando leves insinuaciones: “¿Qué te puede hacer este pequeño pecado?

 

Un lunar no estropea la belleza del rostro; un solo pecado no afeará tu alma. Si te pidiera que acogieras varias tentaciones sucias, podrías intuir las dificultades; ¿pero por qué tanto temor a que se vea la única mancha de tu manto? Aun la joya más hermosa tiene fallos, y el más santo también los tiene”. El engaño teje una red en torno al cristiano, tan apretada que solo la verdad de la Palabra de Dios puede romper el lazo.

 

Ningún pecado permanece solo. No es posible abrazar un pecado y evitar los demás. “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10). Igual que el cuerpo entero sufre por una sola herida, todas las leyes están vinculadas al tierno corazón del Padre Santo: “Y habló Dios todas estas palabras” (Ex. 20:1).Son diez mandamientos, pero una sola ley.

 

Como consecuencia, el que viola su conciencia con un solo pecado, no puede apelar a ella contra otro: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gn. 39:9), preguntó José ante una tentación muy atractiva. Ciertamente su respuesta hubiera sido la misma si su ama le hubiera pedido que mintiese que cuando le tentó para que acostase con ella.

 

Así es que el apóstol nos urge: “Ni deis lugar al diablo” (Ef.4:27). Esto implica que al ceder en algún punto perdemos terreno, y lo que nosotros perdemos lo gana el diablo. Cuando una pequeña chincheta ha penetrado en la madera, el carpintero diestro podrá hincar un clavo la próxima vez.

 

Si asientes a un pecado, Dios te entregará a otros. Los gentiles se dieron a la idolatría y “Dios los entregó a pasiones vergonzosas” (Ro. 1:26). Cuando Judas empezó a robar, dudo que pensara convertirse en traidor. Pero la traición fue el castigo del robo: él se permitió un pecado oculto, y Dios lo entregó a uno más visible y horrendo.

Fragmentos extraídos del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de  William Gurnall p. 842 – 843

 

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