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Satanás tienta con pecados secretos | Wiliam Gurnall

Por Wiliam Gurnall

 

Saúl tuvo vergüenza de ir a Endor con su manto real, por haber hecho público su odio contra la brujería castigándola con la muerte, pero no temió acudir a una bruja disfrazado. El diablo añadió peso a su siniestro motivo de tentar a Cristo en el desierto, pidiéndole un reconocimiento secreto, entre los dos. 

¡Pero cuánto mayor fue la gloria de Cristo en su victoria aquel día! Ganó la batalla contra Satanás con la espada de la Palabra, y ya es hora de que nosotros empuñemos su arma para luchar con el mismo enemigo. Esta defensa se expresa de varias maneras específicas.

 

  1. La Palabra dice que Dios conoce los pecados ocultos:

 “Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro” (Sal. 90:8). Dios ve los pecados ocultos tan claramente como los que se cometen a la luz del sol. No solo los conoce, sino que los pone por blancos de su venganza.

“Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Pr. 15:3). Te ve cuando cierras tu puerta para orar en secreto, y recompensa tu sinceridad; pero también ve cuando esa puerta se cierra para pecar en secreto, y no dejará de retribuir tu hipocresía. Sería mejor que lo viera el mundo entero en lugar de Dios, porque el mal va contra él, un juez justo no puede dejar impune ningún pecado.

  1. La Palabra informa a tu conciencia del pecado.

No puedes pecar sin que la conciencia te siga, vea lo que haces y lo archive para el tribunal. El lápiz de la conciencia deja profunda huella en el alma del pecador, porque no hay tormento como el de una conciencia acusadora: “El ánimo del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?”(Pr. 18:14). Como Régulo en el barril lleno de clavos, adonde vaya encontrará heridas y dolor. Después de leer lo que le ocurrió a Caín, Saúl y Judas, seguramente temerás pecar con la conciencia como testigo.

  1. La Palabra suele avergonzar abiertamente por el pecado oculto.

Uno de los nombres de Dios es “el que revela los misterios”(Dn. 2:47). Él nunca olvida aclarar “lo oculto de las tinieblas”(1 Co. 4:5), aquellos pecados forjados en el más oscuro taller. El que es culpable de pecados ocultos —que se porta más que sus compañeros lo supiera— cuestiona la omnisciencia de Dios. Para hacer temer a los hombres, Dios saca a esas zorras de sus madrigueras y expone su pecado ante el mundo.

Ananías y Safira cometieron un pecado oculto; ¿y qué paso como resultado de ello? “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hch. 5:11).

Hace mucho tiempo que se ha considerado un arte el ocultar el pecado ante el mundo. Giezi mintió descaradamente a su amo, sin soñar siquiera que Eliseo ya conocía su pecado. ¡Extraña providencia la que reveló todo esto! Giezi había robado ropa mintiéndole a Naamán, y Dios retribuyó su ganancia con la lepra; no ocultó su vergüenza sino que se la mostró a todos.

A diferencia de las vestiduras sirias, este “manto” no se estropeó, sino que le duró toda la vida; y hasta sus hijos lo heredaron. Por mucho que alguien intente disimular la vergüenza del pecado, el engaño en que está prepara un camino directo para su descubrimiento. La muerte de Urías era un medio de salvarla reputación de David si se llegara a conocer públicamente su encuentro con Betsabé. Pero este complot sirvió de detonante, porque nuestro Dios cuida de su propia reputación: “Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel ya pleno sol” (2 S. 12:12). David aborreció entonces su pecado: estuvo más dispuesto a reconocerlo que lo había estado en su momento a ocultarlo. Cuando el pueblo de Dios lee el Salmo 51, aún recuerda el arrepentimiento de David.

Fragmentos extraídos del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de  William Gurnall p. 845 – 846

 


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