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Él es precioso | Charles Spurgeon

Por: Charles Spurgeon

 Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; (1 Pedro 2:7 RV 1960)

 

Como todos los ríos entran en el mar, así todos los placeres se concentran en nuestro Amado. El fulgor de sus ojos sobrepasa al resplandor del sol; la belleza de su rostro es superior a aquella de las más selectas flores. Ninguna fragancia iguala al hálito de su boca. Las gemas de las minas y las perlas del mar no tienen valor cuando se comparan con el carácter precioso de Cristo.

Pedro nos dice que Jesús es precioso, pero no dice ni podría decir cuán precioso es: tampoco podríamos nosotros calcular el valor del inefable don de Dios. Las palabras no bastan para explicar lo valioso que es Jesús para su pueblo, ni para decir cumplidamente cuán indispensable es él para la satisfacción y la felicidad de este. Dime, creyente, ¿no has experimentado mucha hambre —aun en medio de la abundancia— si Jesús estaba ausente? El sol alumbraba, sí; pero, como Cristo se hallaba oculto, el mundo entero resultaba oscuro para ti. O tal vez era de noche; sin embargo, al ponerse la brillante Estrella de la Mañana, ninguna otra estrella daba siquiera un rayo de luz. ¡Qué espantoso desierto es este mundo sin el Señor! Si él se oculta de nosotros: se marchitan las flores de nuestro jardín; nuestros frutos más sabrosos se pudren; los pájaros interrumpen sus cantos; y una tormenta derriba nuestras esperanzas.

Todas las lámparas de la tierra no podrían producir siquiera un día de luz si el Sol de Justicia se eclipsara. Él es el alma de nuestra alma, la luz de nuestra luz y la vida de nuestra vida. Querido lector, ¿qué harías en el mundo sin él, en medio de las tentaciones y los cuidados? ¿Qué harías sin él por la mañana, cuando despiertas y ves delante de ti el combate del día? ¿Qué harías en la noche, cuando llegas al hogar desalentado y cansado, si no hubiese una puerta de comunión entre ti y Cristo? ¡Bendito sea su nombre! Él no nos dejará probar suerte sin él: pues Jesús nunca se olvida de los suyos. Sin embargo, que el pensamiento de lo que sería la vida sin él realce cuán precioso es el Señor.

Fuente: Lecturas Vespertinas “Charles Spurgeon” p. 69


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