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Aflicciones y perdón de pecados | Charles Spurgeon

Por: Charles Spurgeon

  «Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados»Salmo 25:18

Es beneficioso para nosotros cuando las oraciones por nuestras aflicciones van unidas a las súplicas por nuestros pecados; cuando, hallándonos bajo la mano de Dios, no somos completamente absorbidos por nuestros padecimientos, sino que recordamos nuestras ofensas contra él. Es un bien, asimismo, llevar las aflicciones y los pecados al mismo lugar. David llevó su aflicción a Dios, y a él confesó su pecado. Observemos, entonces, que nosotros también debemos llevar nuestras aflicciones a Dios.

Aun tus pequeños pesares puedes echarlos sobre Dios, pues él cuenta los cabellos de nuestras cabezas; pero también puedes confiarle tus grandes pesares, ya que él encierra el océano en el hueco de su mano. Ve a él, cualquiera que sea tu presente dificultad, y lo hallarás capaz y deseoso de socorrerte. Sin embargo, también debemos llevarle a él nuestros pecados. Debemos llevarlos a la cruz, para que la sangre caiga sobre ellos y borre su culpa, eliminando su poder corruptor.

La lección especial del versículo es esta: que nosotros debemos ir al Señor con pesares y pecados en un espíritu recto. Observa que todo lo que David pide para su aflicción es: «Mira mi aflicción y mi trabajo». No obstante, la otra petición es mucho más expresiva, definida, categórica y clara: «Perdona todos mis pecados». Muchos pacientes se expresan así: «Quita mi aflicción y mi trabajo, y mira mis pecados».

Sin embargo, David no habla de ese modo; sino que dice: «Señor, en cuanto a mi aflicción y mi trabajo no daré órdenes a tu sabiduría. Míralos; te los entrego a ti. Será motivo de gozo para mí el ver mi dolor eliminado; pero haz como tú quieras. Empero, en cuanto a mis pecados, necesito que me sean perdonados. No puedo resistir un momento más bajo su maldición». Un cristiano considera más llevaderas las aflicciones que el pecado. Puede tolerar que sus enfermedades continúen, pero no es capaz de soportar la carga de sus transgresiones.

Fuente: Lecturas vespertinas pág. 110


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