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¡Cuán amplio es el amor de Jesús! | Charles Spurgeon

Por: Charles Spurgeon

 «Porque el SEÑOR se deleita en su pueblo». Salmo 149:4 (LBLA)

¡Cuán amplio es el amor de Jesús! No hay parte alguna de los intereses de su pueblo que él no tenga en cuenta; no hay nada que concierna al bienestar de ellos que no sea importante para él. Creyente, Jesús no solo piensa en ti como un ser inmortal, sino también como un ser mortal. No lo niegues ni lo dudes: «Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt. 10:30). «Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y el Señor se deleita en su camino» (Sal. 37:23, LBLA).

Sería triste para nosotros si ese manto de amor no cubriera todas nuestras iniquidades; porque, en tal caso, nos perjudicaría en aquella parte de nuestras ocupaciones que no cayera bajo la inspección de nuestro bondadoso Señor. Creyente, descansa confiado, que el corazón de Jesús cuida de tus preocupaciones más insignificantes. La anchura de su tierno amor es tal que puedes recurrir a él para cualquier asunto, porque él se siente afligido en todas tus aflicciones y, como un padre se compadece de sus hijos, se compadece él de ti. Los más humildes intereses de todos sus santos los lleva el Hijo de Dios en su ancho regazo. ¡Oh qué corazón es el suyo, que no solo abarca a los componentes de su pueblo, sino que contiene también las diversas e innumerables preocupaciones de todos ellos!

¿Piensas acaso, cristiano, que puedes medir el amor de Cristo? Medita en lo que su amor te ha traído: justificación, adopción, santificación, vida eterna… Las riquezas de su bondad son inescrutables; nunca podrás contarlas ni aun concebirlas. ¡Oh, qué anchura es aquella del amor de Cristo! ¿Tendrá un amor como este solo la mitad de nuestros corazones? ¿Lo retribuiremos con un amor frígido? El maravilloso cariño de Jesús y su tierno cuidado ¿recibirán tan solo una respuesta débil y un reconocimiento tardío de nuestra parte? ¡Oh alma mía, entona con tu arpa un alegre cántico de acción de gracias! Ven a descansar con gozo, porque no eres ningún solitario extraviado, sino un amado hijo, guardado, cuidado, suplido y defendido por tu Señor.

Fuente: Lecturas vespertinas pág. 128


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