Todos los acontecimientos están bajo el gobierno de la Providencia. Por tanto, cada una de las pruebas de nuestra vida exterior se puede atribuir en el acto a la gran Causa Primera. Desde las puertas de oro del decreto de Dios, los ejércitos de tribulaciones marchan en orden de combate, vestidos con coraza de hierro y equipados de armas de guerra.
Es sin dudas cierto que la mayoría de los incrédulos no se consideran a sí mismos enemigos de Dios. Muchos creen que, porque no son abiertamente enemigos de Dios, son en realidad amistosos con Él. Pueden incluso tener conocimiento de su existencia y su bondad, veracidad y poder, pero los sentimientos y pensamientos afables sobre una divinidad soberana están muy distantes de una relación salvadora con el Dios verdadero.
Si queremos crecer en la gracia y tener más esperanza hemos de procurar tener más conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. ¡Cuán poco le conocemos! Nuestros afectos hacia Él son fríos y dan testimonio contra nosotros. Nuestros ojos no se abren para ver qué es y lo que hace por nosotros o cómo deberíamos amarle. Algunos cristianos parecen funcionar a base de la doctrina de la santificación, excluyendo todo lo demás. Pueden discutir con ardor sobre puntos de práctica; con todo, son fríos acerca de Cristo. Viven con reglas, andan estrictamente, hacen muchas cosas, se imaginan que son muy fuertes. Durante todo este tiempo pierden de vista esta gran verdad: que nada santifica tanto como el conocimiento del Señor Jesús, y la comunión con Él. «Permaneced en Mí -dice Jesús-, y yo en vosotros. Como la rama no puede llevar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros podéis hacer nada sino permanecéis en Mí.»
– “Para mí la palabra de Dios es mejor que la de un ángel, y Él ha dicho, ‘El que cree en mí no es condenado,’ yo lo creo y por lo tanto, no estoy condenado, y lo sé sin necesidad que un ángel venga del cielo a decírmelo.”
Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, Poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, Obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, Ministros suyos, que hacéis su voluntad. (Salmos 103:20 – 21 RV 1960)
Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. (Juan 10:25 – 31 RV1960)
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