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El Dios en el que creemos | Charles Spurgeon.

Por: Charles Spurgeon

Tenemos fe en Dios. Creemos «que le hay, y que es galardonador de los que le buscan». No creemos en que los poderes de la naturaleza operen por sí mismos independientemente de las constantes emanaciones de poder del Grande y Poderoso, que es sustentador así como creador de todas las cosas. Lejos de nosotros desterrar a Dios de su propio universo. Tampoco creemos en una deidad meramente nominal, como hacen aquellos que pretenden que todas las cosas son Dios, pues nosotros concebimos el panteísmo sencillamente como otra forma del ateísmo. Conocemos al Señor como una existencia personal definida, un Dios real, infinitamente más real que las cosas que se ven y se tocan, más real aun que nosotros mismos, pues no somos sino sombras; sólo Él es el YO SOY, siempre el mismo por los siglos de los siglos.

Creemos en un Dios de propósitos y planes, que no ha dejado que un destino ciego tiranice el mundo, y mucho menos que una casualidad sin objetivo lo lleve de aquí para allá. Ni somos fatalistas, ni dudamos de la providencia y predestinación. Somos creyentes en un Dios «que hace todas las cosas según el designio de su voluntad». No concebimos que el Señor se haya ido del mundo abandonándolo, y con él a los habitantes del mismo; creemos que Él preside continuamente todos los asuntos de la vida.

Por la fe percibimos la mano del Señor concediendo a cada brizna de hierba su correspondiente gota de rocío, y a cada cría de cuervo su necesario alimento. Vemos el poder de Dios presente en el vuelo de todos las gorriones, y oímos Su bondad en el canto de cada alondra. Creemos que «de Jehová es la tierra y su plenitud»; vamos por ella, no como por los dominios de Satanás donde no llega la luz, ni por un caos donde se desconoce la autoridad, ni por un mar hirviente donde las oleadas irresistibles del destino hacen naufragar a los mortales caprichosamente; sino que andamos avanzando con audacia, teniendo a Dios en nosotros y alrededor nuestro, viviendo, moviéndonos y teniendo nuestro ser en Él, y así, por la fe, habitamos en un templo de la providencia y la gracia en donde todo habla de su gloria. Creemos en un Dios presente dondequiera que estemos, en un Dios que obra y actúa cumpliendo sus propósitos de modo constante y seguro en todos los asuntos, lugares y momentos; realizando sus designios tanto en lo que parece malo como en lo que es manifiestamente bueno; en todas las cosas avanzando en su carro eterno hacia la meta escogida por la sabiduría infinita, sin aminorar jamás el paso ni tirar de las riendas, sino progresando siempre sin pausa conforme a la fortaleza sempiterna que hay en Él. Creemos que este Dios es fiel a todo lo que ha hablado, que no puede mentir ni cambiar. El Dios de Abraham es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y es nuestro Dios hoy. No creemos en las opiniones siempre cambiantes acerca del Ser Divino que están siendo adoptadas por las diversas filosofías; el Dios de los hebreos, Jehová, Jah, el Poderoso, el Dios que cumple el pacto es nuestro Dios; «este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre: Él nos guiará aún más allá de la muerte».

Si somos necios o no en creer en Dios así, el mundo lo sabrá un día; y si es más razonable creer en la naturaleza, o en poderes que obran por sí mismos, o no creer en nada, que creer en un Ser que existe por sí mismo, dejaremos que la eternidad lo decida. Entre tanto, para nosotros, la fe en Dios es no solamente una necesidad de la razón, sino el fruto de un instinto infantil que no se detiene a justificarse a sí mismo por medio de argumentos, siendo nacido en nosotros con nuestra naturaleza regenerada misma.

Al mismo tiempo, nuestra fe se centra muy ferviente e intensamente en el Cristo de Dios. Nuestra confianza está en Jesús; creemos todo lo que la historia inspirada dice de Cristo, no haciendo de Él ni de su vida un mito, sino aceptando como hecho que Dios habitó ciertamente entre los hombres en carne humana, y que en la cruz del Calvario fue realmente ofrecida, por el Dios encarnado, una expiación. Sin embargo, para nosotros, el Señor Jesucristo no es tan sólo un Salvador del pasado. Creemos que «subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad», y que «vive siempre para interceder por los que por Él se allegan a Dios». En la catedral de Turín vi una vez algo muy notable: el supuesto sudario del Señor Jesucristo, que es devotamente adorado por multitudes de católicos. Al contemplar estas reliquias, no pude evitar la reflexión de que los emblemas de la muerte de Cristo era todo lo que de Él poseía la Iglesia de Roma. En vano muestran la verdadera cruz, pues le crucifican de nuevo; en vano oran en su sepulcro, pues no está allí, ni en la Iglesia de ellos; y en vano aseguran se trata de su sudario, pues conocen solamente un Cristo muerto. Pero, amados hermanos, nuestro Cristo no está muerto, ni se ha dormido; anda aún entre los candeleros de oro, y tiene las estrellas en su mano derecha.

Nuestra fe en Jesús es muy real. Creemos en aquellas amadas heridas suyas más que en cualquier otra realidad; para nosotros no hay un hecho tan seguro como que fue muerto y nos ha redimido para Dios con su sangre. Creemos en el resplandor de su gloria; pues nada nos parece tan necesariamente cierto como que el que fue obediente hasta la muerte, en justa recompensa, sea coronado de gloria y honra. Por esta razón, también creemos en un Cristo verdadero que aún ha de venir por segunda vez, así como subió a los cielos; y aunque no preguntemos minuciosamente por los tiempos y las sazones, sin embargo, estamos «esperando y apresurándonos para la venida del día
de Dios», en cuyo tiempo esperamos la manifestación de los hijos de Dios, y la resurrección de sus cuerpos de la tumba.

Fragmentos tomados del libro “Un ministerio ideal” p. 254 – 257 el cual recopila varios sermones del pastor Spurgeon dictados en la Conferencia Anual de ministros


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