Soldado de Jesucristo

Soli Deo Gloria

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Charles Spurgeon cuenta cómo fue su conversión

Por:  Charles Spurgeon

Amigo, el Señor puede borrar todos tus pecados: «Todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres» (Mt. 12:31). Aunque te hallaras enfangado hasta lo sumo en la miseria, Él puede con una palabra limpiarte de la lepra diciendo: «Yo quiero; sé limpio» (Mr. 1:41).

El Señor Dios es gran perdonador, y yo creo en el perdón de los pecados. ¿Crees tú?

Todavía el Juez puede pronunciar sentencia sobre ti, diciendo: «tus pecados te son perdonados» (Mt. 9:2). Y si así lo hace, no hay poder en Cielo, en la Tierra, ni debajo de la Tierra que te pueda acusar, ni mucho menos condenar. No dudes del amor del Todopoderoso. Tú no podrías perdonar al prójimo, si te hubiera ofendido como tú has ofendido a Dios. Pero no debes medir la gracia de Dios con la medida de tu estrecho criterio. Sus pensamientos y caminos están por encima de los tuyos tan alto como el cielo encima de la tierra.

«Bien… -dirás tal vez- Gran milagro sería que Dios me perdonara a mí». ¡Justo! Sería un milagro grandísimo y, por lo tanto, es muy probable que lo haga, porque Él hace «grandes cosas e inescrutables» (Job 5:4), para nosotros inesperadas.

En cuanto a mí, quedé quebrantado bajo un terrible sentimiento de culpa que me hacía la vida insoportable; pero oí esta exhortación: «Mirad a mí, y sed salvos todos los términos de la Tierra, porque yo soy Dios y no hay otro» (Is. 45:22)

Y entonces miré, y de un momento me justificó el Señor Jesucristo, hecho pecado en mi lugar, fue lo que vi, y esa vista me dio reposo al alma. Cuando los mordidos por las serpientes venenosas en el desierto miraron a la serpiente de metal, quedaron sanos inmediatamente. Igualmente, yo soy sanado cuando, con los ojos de la fe, miro al Salvador crucificado por mí. Y el Espíritu Santo, quien me dio la facultad de creer, me comunicó la paz mediante la fe. Tan cierto me sentí perdonado como antes me había sentido condenado.

Habíame sentido cierto de la condenación, porque la Palabra de Dios me lo había declarado, dándome testimonio de ello la conciencia. Pero cuando el Señor me declaró justo, quedé igualmente cierto por los mismos testimonios. Pues en las Escrituras leemos que «el que en Él cree, no es condenado» (Jn. 3:18). Y mi conciencia me daba testimonio de que creía y de que Dios al perdonarme era justo. Así es que tengo el testimonio del Espíritu Santo y de la conciencia, testificando ambos, a una, la misma cosa.

Fragmento extraído de “Todo por gracia” de Charles Spurgeon pág. 25 -26


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