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Confiemos y descansemos en Él | Charles Spurgeon

Por: Charles Spurgeon

«Confiad en el SEÑOR para siempre, porque en DIOS el SEÑOR tenemos una Roca eterna». Isaías 26:4 (LBLA)

Ya que contamos con un Dios así en quien confiar, descansemos en él de forma absoluta. Eliminemos resueltamente toda nuestra incredulidad y esforcémonos por librarnos de dudas y temores, que tanto perjudican nuestro bienestar, ya que si Dios es la base de nuestra confianza no tenemos excusa alguna para temer.

Un padre amoroso se sentiría muy afligido si su hijo no confiara en él. ¡Que poco generosa, que poco amable es nuestra conducta cuando ponemos tan escasa confianza en nuestro Padre celestial, quien nunca nos ha fallado y nunca nos fallará! Si la desconfianza fuese desterrada de la familia de Dios, sería un gran bien; pero debe temerse esa incredulidad que es tan ágil en nuestros días como lo fue cuando el Salmista preguntaba: «¿Ha cesado para siempre su misericordia? […] ¿Ha olvidado Dios tener misericordia?» (Sal. 77:8, 9). David no había probado durante mucho tiempo la poderosa espada del gigante Goliat; pero, sin embargo, dijo: «Ninguna como ella». La había probado una sola vez en la hora de su victoria juvenil, y ella había demostrado ser de buen metal; por eso después la elogió siempre.

De la misma forma debiéramos nosotros hablar bien de nuestro Dios, pues no hay ninguno como él ni en el Cielo ni en la tierra. «¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo» (Is. 40:25). No hay otra roca como la roca de Jacob. Nuestros propios enemigos testifican de ello. Nunca permitiremos que las dudas aniden en nuestros corazones; antes, prenderemos a esa detestable banda —como hizo Elías con los profetas de Baal— y la degollaremos en el arroyo.

Para matarla, elegiremos el torrente que brota del costado herido de nuestro Salvador. Hemos pasado por muchas pruebas pero, no obstante, nunca fuimos echados en un lugar donde no pudiésemos hallar en nuestro Salvador todo lo que necesitábamos. Tomemos aliento para confiar en el Señor siempre, seguros de que su eterna fortaleza será, como ya lo ha sido, nuestro socorro y nuestro apoyo.

Tomado de “Lecturas Vespertinas” pág. 196


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