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Unas palabras a los débiles | Charles Spurgeon

Por: Charles Spurgeon

En último lugar están los que se quejan de este modo:  «¡Ay, ay! Mi flaqueza consiste en no poder permanecer firme. En la predicación del domingo, oigo la Palabra y me impresiona; pero durante la semana doy con un mal compañero y desaparecen mis buenas emociones. Mis compañeros de trabajo no creen en nada y dicen tantas barbaridades… Yo no sé cómo contestarles, y así quedo derrotado».

Te conozco, señor dobladizo, y te tengo lástima; pero al mismo tiempo, si eres sincero, te diré que hay remedio para tu flaqueza en la gracia divina. El Espíritu Santo tiene potestad para echar fuera el espíritu de temor. Él puede hacer valiente al cobarde. Acuérdate, pobre amigo vacilante, que no debes quedar en ese estado. No conviene de ningún modo que seas falso para contigo mismo. Ponte derecho y mide tu estatura para ver si tu destino es ser como un sapo enrollado bajo la grada, indeciso si has de quedar parado, o echar a correr.

¡Sé un hombre! Aquí no se trata meramente de un asunto espiritual, sino de virilidad común. Muchas cosas haría para agradar a mis amigos, pero ir al infierno para darles gusto, eso sí que no lo haría. Bueno es hacer esto y lo otro para guardar la amistad, pero malísimamente se paga mantener la amistad con el mundo a costa de la amistad con Dios.

«Eso lo sé… -dices- …pero, a pesar de saberlo, me falta ánimo. Desplegar la bandera, a eso no me atrevo. Me falta fuerza para vivir firme». Ahora bien, te traigo el mismo texto: «Cristo, aún cuando éramos flacos, a su tiempo murió por los impíos». Si el apóstol Pedro estuviera aquí, nos diría: «El Señor Jesús murió por mí aun cuando era tan flaco que por las palabras de una criada empecé a mentir y jurar que no conocía al Señor».

Sí, Jesús murió por aquellos flacos que le abandonaron huyendo. Afírmate en esta verdad. He aquí el camino de salida de la cobardía. Clava esto bien en tu alma: «Cristo murió por mí», y pronto estarás tú listo a morir por Él. Cree que Él sufrió en tu lugar, ofreciendo por ti un sacrificio expiatorio, pleno, verdadero y satisfactorio. Si crees este hecho, forzosamente sentirás que no puedes avergonzarte del que murió por ti. Al contrario, la convicción plena de esta verdad te infundirá valor irresistible.

Acuérdate de los santos de la época de los mártires. En los tiempos primitivos del cristianismo, cuando este pensamiento del gran amor de Cristo brillaba con lustre infinito en la Iglesia, no sólo estaban listos a morir los cristianos, sino que deseaban sufrir presentándose espontáneamente a centenares ante los tribunales de los gobernantes perseguidores confesando a Cristo.

No digo que fuera prudencia invitar así a la muerte cruel, pero el caso prueba que un sentimiento de amor a Cristo eleva al hombre sobre todo temor al daño que otros sean capaces de hacer al creyente. ¿Por qué no puede hacer tal sentimiento lo mismo en ti? ¡Ojalá que te inspire ahora el pensamiento valiente de colocarte al lado del Señor para ser su fiel seguidor hasta el fin!

Fragmentos de “Todo por Gracia”. Charles Spurgeon, pág. 67 -69


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