Soldado de Jesucristo

Soli Deo Gloria

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¿Qué hacer ante interrogantes futuras en oración? ¿ Acudir a Pastores o Consejeros? Seamos como los de Berea.

Por Edelio Méndez

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo… Porque cada uno llevará su propia carga”
(Gálatas 6:2, Gálatas 6:5).
Una lectura superficial de estos dos versículos podría convencer fácilmente a una persona de que presentan una flagrante contradicción. El primero dice que unos debemos llevar las cargas de los otros, el segundo que cada uno debe llevar su propia carga.
La palabra traducida como “cargas” en el versículo 2 significa cualquier cosa que agobia espiritual, física y emocionalmente a una persona. En su contexto inmediato se refiere al peso de la culpa y el desaliento que llega a la vida de un hombre que ha sido sorprendido en una falta (v. Gal 6:1). Ayudamos a tal hermano cuando echamos sobre su cuello un brazo amoroso y le reconquistamos a una vida de comunión con Dios y con Su pueblo. Pero las cargas también incluyen las penas, problemas, aflicciones y frustraciones de la vida que a todos nos llegan. Llevamos las cargas de los otros cuando consolamos, animamos, compartimos nuestras cosas materiales y damos consejo constructivo. Esto quiere decir que nos involucramos en los problemas de los demás, a pesar del alto coste personal que esto pueda representarnos. Cuando hacemos esto, cumplimos la ley de Cristo, que es amarnos los unos a los otros. Demostramos nuestro amor de una manera práctica gastando en los demás y siendo gastados por ellos.
En cambio, en el versículo 5 se utiliza una palabra diferente para “carga”. Aquí, ésta significa cualquier cosa que tiene que llevarse, sin que indique nada en cuanto a si la carga es ligera o pesada. Lo que Pablo dice aquí es que cada uno tendría que llevar su propia carga de responsabilidad en el Tribunal de Cristo. Entonces, no será cuestión de cómo nos comparamos con los demás. Seremos juzgados sobre la base de nuestros propios hechos y las recompensas serán distribuidas de acuerdo a esto.
La conexión entre los dos versículos parece ser ésta. Una persona que restaura al que ha sido sorprendido en una falta puede caer en la trampa de sentirse superior. Llevar las cargas del hermano caído puede hacerle creer que posee un nivel de espiritualidad más alto y así puede compararse favorablemente con el santo que peca. Pablo le recuerda que cuando esté ante el Señor, tendrá que dar cuenta de sí mismo, de su propia obra y carácter y no de la otra persona. Tendrá que llevar su propia carga de responsabilidad.
De modo que los dos versículos no se contradicen entre sí. Más bien se complementan en armonía estrecha.
Firma: “La Biblia te aleja del pecado o el pecado te aleja de la Biblia: Tú decides “

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Negar la palabra de Dios trae consecuencias nefastas

Por Edelio Mendez

“Sin profecía el pueblo se desenfrena; mas el que guarda la ley es bienaventurado” (Pro_29:18).
Leemos en la primera parte del versículo de hoy: “Sin profecía el pueblo se desenfrena”, y por regla entendemos que se refiere a que debemos tener metas por las cuales trabajar. Tiene que haber un programa definido en mente con una descripción clara de los resultados deseados y los pasos que conducen a ellos.
Pero en nuestro texto la palabra “profecía” significa “una revelación de Dios”. Y la palabra “desenfrenar” significa “abandonar las restricciones”. La idea es que donde la Palabra de Dios no se conoce y se respeta, la gente se desboca.
El contraste se encuentra en la segunda mitad del versículo: “mas el que guarda la ley es bienaventurado”. En otras palabras, el camino de la bendición se encuentra cuando se obedece la voluntad de Dios tal y como se encuentra en la Palabra.
Pensemos en la primera parte del versículo. Cuando la gente abandona el conocimiento de Dios, su conducta se vuelve incontrolable. Supongamos, por ejemplo, que una nación se aleja de Dios y explica que todo lo que existe se basa en un proceso evolutivo. Eso significa que el hombre es el resultado de un proceso meramente natural y no la creación de un Ser sobrenatural. Si esto fuera así, entonces nos quedaríamos sin base para las normas éticas. Todo nuestro comportamiento sería el resultado inevitable de causas naturales. Como lo señalan Lunn y Lean en La Nueva Moralidad: “Si la primera célula viviente evolucionó por un proceso puramente natural en la superficie de un planeta sin vida, si la mente del hombre es el producto de las fuerzas naturales y materiales como lo es un volcán, resulta tan irracional condenar a los políticos de Sudáfrica por el apartheid como condenar a un volcán por arrojar su lava”.
Si se rechaza la Palabra de Dios, entonces no hay leyes absolutas del bien y el mal. Las verdades éticas dependen de los individuos o los grupos que las erigen. La gente viene a ser el juez de su propia conducta. Su filosofía es “si te hace sentir bien, hazlo”. El hecho de que “todos lo hacen” es toda la justificación que necesitan.
De este modo el pueblo se desenfrena. Se abandona a la fornicación, al adulterio y la homosexualidad. El crimen y la violencia se incrementan en proporciones alarmantes. La corrupción invade el mundo de los negocios y del gobierno. Mentir y engañar vienen a ser formas aceptadas de conducta. El tejido de la sociedad se deshilvana.
“…mas el que guarda la ley es bienaventurado”. Aun cuando el resto del mundo se desmanda, el creyente puede encontrar la buena vida cuando cree y obedece la Palabra de Dios. éste es el único camino que seguir.
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Error garrafal tratar de torcer las escrituras aún en una tilde de modo que no hay excusa para el transgresor

Por Edelio Méndez

“…los indoctos e inconstantes tuercen… las otras Escrituras para su propia perdición” (2 Pedro 3:16b).
El Dr. P. J. Van Gorder acostumbraba hablar de un letrero, colocado afuera de una carpintería, que decía: “Se hacen toda clase de torceduras y vueltas”. Los carpinteros no son los únicos que sirven para esto; muchos que profesan ser cristianos también tuercen y dan vueltas a las Escrituras cuando les conviene. Algunos, como dice nuestro versículo, tuercen las Escrituras para su propia perdición.
Todos somos expertos para justificar, es decir, excusar nuestra desobediencia pecaminosa ofreciendo elogiosas explicaciones o atribuyendo motivos dignos a nuestro proceder. Intentamos torcer las Escrituras para que se acomoden a nuestra conducta. Damos razones plausibles aunque falsas que den cuenta de nuestras actitudes. Aquí hay algunos ejemplos.
Un cristiano y hombre de negocios sabe que está mal recurrir a los tribunales contra otro creyente (1 Corintios 6:1?8). Más tarde, cuando se le pide cuentas por esta acción, dice: “Sí, pero lo que él estaba haciendo estaba mal, y el Señor no quiere que se quede sin castigo”.
Mari tiene la intención de casarse con Carlos aún cuando sabe que él no es creyente. Cuando un amigo cristiano le recuerda que esto está prohibido en 2 Corintios 6:14, ella dice: “Sí, pero el Señor me dijo que me casara con él para que así pueda guiarle a Cristo”.
Sergio y Carmen profesan ser cristianos, sin embargo viven juntos sin estar casados. Cuando un amigo de Sergio le señaló que esto era fornicación y que ningún fornicario heredará el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10), se picó y replicó: “Eso es lo que tú dices. Estamos profundamente enamorados el uno del otro y a los ojos de Dios estamos casados”. Una familia cristiana vive en lujo y esplendor, a pesar de la amonestación de Pablo de que debemos vivir con sencillez, contentos con tener sustento y abrigo (1 Timoteo 6:8). Justifican su estilo de vida con esta respuesta ingeniosa: “Nada hay demasiado bueno para el pueblo de Dios”.
Otro hombre de negocios codicioso, trabaja día y noche para amasar ávidamente toda la riqueza que puede. Su filosofía es: “No hay nada de malo con el dinero. Es el amor al dinero la raíz de todo mal”. Nunca se le ocurre pensar que él podría ser culpable de amar al dinero.
Los hombres intentan interpretar sus pecados mejor que lo que las Escrituras les permiten, y cuando están resueltos a desobedecer la Palabra y esquivarla como puedan, una excusa es tan buena (o mala) como la otra.
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Radiografía no solo de lideres sino también del cristiano en general en cuanto al servicio eficaz dentro de la Iglesia

Por Edelio Mendez

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo”
(Mateo 20:26-27).
Hay dos clases de grandeza en el Nuevo Testamento y nos será de ayuda distinguirlas. Hay una grandeza vinculada con la posición que cada uno tiene y otra asociada con el carácter personal.
Al hablar de Juan el Bautista, Jesús dijo que no había profeta más grande que él (Lucas 7:28). El Salvador hablaba aquí de la grandeza de la posición de Juan. Ningún otro profeta tuvo el privilegio de ser el precursor del Mesías. Esto no quiere decir que Juan tuviera mejor carácter que cualquiera de los profetas del Antiguo Testamento, sino solamente que tuvo el privilegio incomparable de dar a conocer al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Jesús dijo a los discípulos en Juan 14:28, “El Padre mayor es que yo”. ¿Dio a entender que su Padre era más grande personalmente? No, porque todos los miembros de la Deidad son iguales. Lo que quería decir era que el Padre estaba entronizado en la gloria celestial mientras que él era despreciado y rechazado por los hombres en la tierra. Los discípulos debieron haberse regocijado al saber que Jesús regresaba al Padre porque de este modo tendría la misma posición gloriosa del Padre.
Todos los creyentes disfrutan de una gran posición a causa de su identificación con el Señor Jesús. Son hijos de Dios, herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús.
Pero el Nuevo Testamento habla también de la grandeza personal. Por ejemplo, en Mateo 20:26-27, el Señor dijo: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo”. La grandeza a la que aquí se refiere es del carácter personal, demostrada por una vida de servicio a los demás.
A la mayoría de los hombres de este mundo sólo les interesa la grandeza en lo que respecta a su posición. El Señor Jesús se refería a esto cuando dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores” (Lucas 22:25). Pero en lo que respecta a su carácter personal, pueden estar totalmente desprovistos de grandeza. Pueden ser adúlteros, desfalcadores o alcohólicos.
El cristiano se da cuenta de que la grandeza posicional sin grandeza de carácter no aprovecha para nada. Lo que cuenta es lo que la persona lleva por dentro. El fruto del Espíritu es más importante que un lugar de honor en la escala corporativa. Es mejor figurar entre los santos que entre las estrellas.
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El primer amor nos lleva a hablar del milagro de conversión ocurrido en nosotros.

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Por Edelio Mendez

 

“Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”
(Marcos 5:19).
En el momento cuando nos convertimos, pensamos que es tan simple y maravilloso que cuando se lo contemos a todos nuestros parientes, desearán entregarse al Salvador. En vez de esto, en algunos casos encontramos que están resentidos, recelosos y hostiles. Actúan como si hubieran sido traicionados. Encontrándonos en esta atmósfera, a menudo respondemos de tal manera que somos un estorbo para que crean en Cristo. Algunas veces les devolvemos el golpe para luego volvernos distantes, melancólicos e introvertidos. Los criticamos por su estilo de vida no cristiano, olvidando que no tienen el poder divino necesario para hacer frente a las normas cristianas. Es fácil bajo tales circunstancias dar la impresión de que nos consideramos superiores a ellos. Ya que es probable que nos acusen de una actitud de “soy más santo que tú”, debemos evitar cuidadosamente darles algún motivo para que piensen así.
Otro error que a menudo cometemos es hacerles tragar por la fuerza el evangelio. En nuestro amor por ellos y celo por sus almas, empleamos un modo ofensivo de evangelización que provoca su alejamiento de nosotros.
Una cosa lleva a la otra. No mostramos sumisión amorosa a nuestros padres porque no entendemos que nuestra fe cristiana no nos libera de la obligación de obedecerles. Después nos ausentamos con más frecuencia del hogar pasando el tiempo en los cultos de la iglesia y con otros cristianos. Esto a su vez aumenta su resentimiento contra la iglesia y los cristianos. Cuando Jesús sanó al poseído por los demonios, le dijo que volviera a su hogar y contara a sus amigos cuán grandes cosas había hecho el Señor por él. Lo primero que debemos hacer es: dar un testimonio sencillo, humilde y amoroso de nuestra conversión.
Esto debe ir acompañado por el testimonio de una vida cambiada. Nuestra luz debe brillar delante de ellos para que puedan ver nuestras obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo (Mateo 5:16).
Eso nos llevará a mostrar a nuestros padres una nueva sumisión, amor, respeto y honra, tomando en cuenta sus consejos a menos que éstos contradigan la Escritura. Debemos ser mas aplicados en el hogar de lo que fuimos antes, limpiando nuestra habitación, fregando platos, sacando la basura, y todo sin que nos lo pidan.
Esto significará aceptar las críticas con paciencia sin tomar represalias. Quedarán agradablemente sorprendidos por nuestro espíritu quebrantado, especialmente si no lo han visto antes. Con pequeñas muestras de bondad podemos romper la oposición: cartas de agradecimiento, llamadas telefónicas y regalos. En vez de aislarnos de nuestros padres, debemos pasar tiempo con ellos en un esfuerzo por fortalecer las relaciones. Entonces se sentirán más inclinados a aceptar una invitación para asistir a una reunión de la iglesia con nosotros, y quizás con tiempo a comprometerse con el Señor Jesucristo.
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CORRECTA INTERPRETACIÓN DEL SIGUIENTE VERSÍCULO BIBLICO

Por Edelio Mendez

“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”
(Gálatas 3:28).
Al leer un versículo como éste es de mayor importancia saber qué significa, y qué no significa. De otro modo nos encontraríamos adoptando posiciones grotescas que fuerzan al resto de la Escritura y a los hechos de la vida.
La clave del versículo se encuentra en las palabras “en Cristo Jesús”. éstas describen nuestra posición, es decir, lo que somos a los ojos de Dios. No se refieren a la práctica de cada día, esto es, a lo que somos en nosotros mismos o en la sociedad en la que vivimos.
Lo que este versículo dice, es que en lo que se refiere a la posición ante Dios, no hay judío ni griego. Tanto el creyente judío como el creyente gentil están en Cristo Jesús, y por consiguiente ambos están ante Dios en una posición de favor absoluto. Ninguno de los dos tiene alguna ventaja sobre el otro. Esto no significa que se han abolido las diferencias físicas o las distinciones de personalidad.
En Cristo Jesús no hay esclavo ni libre. El esclavo encuentra la misma aceptación que el libre por medio de la Persona y obra de Cristo, sin embargo, en la vida diaria persisten las distinciones sociales.
No hay varón ni mujer en Cristo Jesús. Una mujer creyente está completa en Cristo: ha sido aceptada en el Amado, justificada gratuitamente, al igual que el varón creyente, y tiene la misma libertad de acceso a la presencia de Dios.
Pero el versículo no se refiere a la vida cotidiana. Permanece la distinción sexual: varón y hembra. Los papeles resultantes permanecen: padre y madre. Continúan la posición de autoridad asignada divinamente y la sujeción a esa autoridad: al hombre le es dado el lugar de dirección y a la mujer el de sujeción a la autoridad del hombre. El Nuevo Testamento establece en la iglesia una diferencia en los ministerios del hombre y la mujer (1 Timoteo 2:8, 1 Timoteo 2:12; 1 Corintios 14:34-35). Aquellos que argumentan que en la iglesia no debe haber ni varón ni mujer, se ven forzados a torcer estas Escrituras, achacando al apóstol Pablo motivos indignos o aun cuestionando la inspiración de sus palabras en estos pasajes.
Lo que debemos entender es que mientras las diferencias raciales, sociales y sexuales son abolidas en lo que se refiere a la posición ante Dios, no son abolidas en la vida diaria. Debemos entender también que estas diferencias no tienen nada que ver con algún concepto de inferioridad. El gentil, el esclavo y la mujer no son inferiores al judío, al libre o al varón. En muchas maneras pueden ser superiores. En vez de intentar modificar el orden de Dios en la creación y en la providencia, debemos aceptarlo y regocijarnos en ello.
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Tenemos hombres idóneos que predican desde el púlpito, necesitamos hombres y mujeres que lo hagan en las calles entrenados y sin temor.

“Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés”
(Deuteronomios 34:9).
Una importante lección que resulta de este versículo es que Moisés, sabiendo que su propio ministerio estaba llegando a su fin, designó a Josué como su sucesor, poniendo así un buen ejemplo a los que están en lugares de liderazgo espiritual. Algunos pueden pensar que esto es demasiado elemental como para enfatizarlo, pero el hecho es que es frecuente este gran fracaso: no preparan sucesores ni pasan el testigo a nadie. Parece haber una resistencia innata a la idea de que somos reemplazables.
éste es un problema que enfrentan los ancianos y obreros en las iglesias locales. Es triste que los que enseñan bien o saben hacer obra pionera, a menudo mueren sin haber discipulado a nadie. Dejan “herederos” pero no discípulos. Por ejemplo, un anciano ha servido fielmente durante muchos años, pero se acerca el día cuando ya no podrá pastorear más el rebaño. No obstante, le es difícil enseñar a un hombre más joven para que ocupe su lugar. Quizás ve a los jóvenes como una amenaza para su posición o contrasta su inexperiencia con su propia madurez y concluye que no son idóneos. Es fácil que olvide que una vez fue inexperto llegó a la madurez siendo enseñado para hacer obra de sobreveedor.
éste puede ser también el problema en el campo misionero. El misionero que establece una iglesia sabe que debe entrenar a algunos del lugar para que asuman la responsabilidad del liderazgo espiritual. Pero piensa que no pueden hacerlo tan bien como él, que cometen muchos errores y la congregación disminuirá si él deja a otros predicar. Y, de todos modos, no saben dirigir bien. La respuesta a todos estos argumentos es que debe verse a sí mismo como un ser prescindible, no como la clave para la obra. Debe discipular a hermanos y delegarles autoridad mientras que busca trabajo en otra área del ministerio en otro lugar. Siempre hay campos sin cultivar en otras partes. No tiene porqué estar desocupado.
Cuando Moisés nombró a Josué como sucesor, la transición fue muy suave. No hubo falta de liderazgo. La causa de Dios no sufrió trauma. Así es como debe ser.
Todos los siervos de Dios deben regocijarse cuando ven a los más jóvenes levantarse para ocupar lugares de liderazgo. Deberían considerar como un gran privilegio compartir su conocimiento y experiencia con estos discípulos, y pasarles el testigo antes de verse forzados a hacerlo. Debe existir la actitud desinteresada que mostró Moisés en otra ocasión cuando dijo: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta” (Números 11:29).
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Tenemos una gran verdad que ilumina nuestro camino, da paz al cansado y consuelo al afligido.

“Compra la verdad, y no la vendas”
(Pro_23:23).
Para obtener la verdad de Dios hay que pagar un precio y debemos estar dispuestos a pagarlo, cueste lo que cueste. Una vez que hemos obtenido la verdad no debemos renunciar a ella.
El versículo no debe tomarse tan literalmente al grado que podamos comprar Biblias o literatura cristiana pero no venderlas. Comprar la verdad en nuestro texto significa hacer grandes sacrificios para conseguir el conocimiento de los principios divinos. Puede significar hostilidad por parte de nuestra familia, la pérdida del empleo, romper con lazos religiosos, pérdidas financieras y hasta maltrato físico.
Vender la verdad significa comprometerla o abandonarla por completo. Nunca debemos hacer eso.
En su libro La Iglesia en el Hogar, Arnot escribió: “Es una ley de la naturaleza humana que lo que viene fácil, fácil se va. Lo que ganamos con duro trabajo podemos retenerlo firmemente, trátese de nuestra fortuna o de la fe. Aquellos hombres que han obtenido grandes riquezas sin problemas o sin duro trabajo, con frecuencia las derrochan y mueren en la pobreza. Muy rara vez el hombre que hace una fortuna por medio de enormes esfuerzos, la despilfarra. Asimismo dadme el cristiano que ha luchado para llegar a su cristianismo. Si ha alcanzado ese lugar de riqueza por medio de fuego y agua, no abandonará fácilmente su herencia”.
Santos de todos los tiempos han vuelto la espalda a la familia, la fama y la fortuna para entrar en la puerta angosta y caminar por el camino estrecho. Como el apóstol Pablo, han estimado todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús el Señor. Como Rahab, han renunciado a los ídolos del paganismo y reconocido a Jehová como el único Dios verdadero, aun si esto se interpretara como una traición a su propio pueblo. Como Daniel, se han negado a vender la verdad, aunque esto significaba ser echado a un foso lleno de leones hambrientos.
Vivimos en una época donde el espíritu de los mártires escasea considerablemente. Los hombres están más dispuestos a comprometer su fe que a sufrir por ella. La voz del profeta está ausente. La fe es fláccida. Las convicciones relacionadas con la verdad se condenan como dogmatismo. Para lograr un espectáculo de unidad, los hombres han estado dispuestos a sacrificar las doctrinas fundamentales. Venden la verdad y no la compran.
Pero Dios siempre tendrá aquellas almas escogidas que aprecian tanto el tesoro escondido de la verdad que están dispuestas a vender todo lo que tienen para comprarla y habiéndola comprado, no la venden a ningún precio.
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Existe una única y efectiva manera de limpiar nuestro camino: GUARDANDO LA PALABRA DE DIOS.

Por Edelio Mendez

“He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados”
(Isaías 50:11).
Hay una manera correcta e incorrecta de hacer las cosas y esto es especialmente cierto en lo que se refiere a obtener dirección. El texto de hoy describe el modo equivocado. Presenta a un hombre que prepara una hoguera y utiliza el fuego y las teas para iluminar su camino.
Notemos que no se menciona una palabra acerca de consultar al Señor. Nada aquí sugiere que el hombre haya recurrido a la oración. Confía absolutamente en que conoce la mejor manera de hacer las cosas. En su arrogante independencia se apoya en su propio entendimiento. O, como dijo el incrédulo Henley, es el amo de su destino y el capitán de su propia alma.
¡Pero observemos las consecuencias! “De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados”. El hombre que sigue su propia dirección se encamina hacia los problemas. Cualquier testarudo vivirá para lamentarlo. Aprenderá por la experiencia que el camino de Dios es el mejor.
El versículo anterior (v. 10) nos presenta el modo correcto de obtener esta dirección divina: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye a la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios”. Notemos tres cosas acerca de este hombre. En primer lugar teme al Señor, en el sentido que no quiere desagradarle o caminar independientemente de él. Segundo, obedece la voz del Siervo de Dios, el Señor Jesús. Tercero, está dispuesto a admitir que camina en la oscuridad y que no tiene luz. Reconoce que no sabe qué camino tomar.
¿Qué debe hacer tal persona? Debe confiar en el nombre del Señor y apoyarse en su Dios. En otras palabras, debe reconocer su propia ignorancia, pedir al Señor que lo guíe y fiarse por completo de la dirección divina.
Nuestro Dios es un Dios de infinita sabiduría y amor. Sabe qué es lo mejor para nosotros y planea solamente lo que es para nuestro bien.
él nos conoce, nos ama y nos cuida.
Nada esta verdad podrá oscurecer.
él hace lo mejor por aquellos
Que le dejan escoger.
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La murmuración ha hecho mucho daño tanto al objeto como al murmurador

Por Edelio Mendez

“Hermanos, no murmuréis los unos de los otros”
(Stg_4:11).
Aquí se nos presenta una práctica, condenada en toda la Escritura, la práctica de chismear, murmurar, criticar a los demás y hablar con palabras corrompidas. Todo esto y cualquier otro mal uso de la boca que se asemeja a ello está condenado.

Chismear significa revelar información o rumores acerca de otra persona con la idea de desprestigiarle. En otras palabras, la información que se da y la forma de darla es ruin y cruel. Por regla general esto va acompañado de secreto o confidencialidad; la persona que propaga el chisme no desea que revelen su nombre.
Dos mujeres de Brooklyn hablaban en cierta ocasión. Una de ellas decía: “Eloísa me dijo que tú le dijiste lo que dije de ella, y yo te dije que no se lo dijeras”. La otra replicó: “Qué indiscreta, le dije a Eloísa que no te dijera lo que le dije”. A lo que la primera respondió: “Bueno, le dije a Eloísa que no te diría lo que me dijo, así que no le digas que te lo dije”.
Son muy pocas las personas en el mundo que nunca dicen algo negativo de otra persona. Conozco a algunas de ellas y las admiro más allá de toda descripción. Uno me dijo en cierta ocasión que si no podía decir algo bueno de alguien, no decía nada. Otro señalaba que trataba siempre de ver algo en otros creyentes que le recordara al Señor Jesús. Una tercera persona comenzó a decirme algo negativo de un tercero, entonces se interrumpió a sí mismo a la mitad de la frase y dijo: “No, no sería edificante”. (Me he estado muriendo de curiosidad desde entonces).
Pablo había oído que había contiendas entre los corintios. Al confrontarlos con el hecho, el apóstol decía que le había sido informado por la familia de Cloé (1 Corintios 1:11). Ciertamente la familia de Cloé no estaba chismeando. Estaban dando parte de la información pertinente para que el problema pudiera resolverse.
El apóstol escribió también algunas palabras fuertes contra Himeneo, Alejandro y Fileto (1 Timoteo 1:20; 2 Timoteo 2:17), porque estaban perjudicando la causa de Cristo. También puso en sobre aviso a Timoteo acerca de Figelo, Hermógenes y Demas (2 Timoteo 1:15; 2 Timoteo 4:10), hombres que al parecer se volvieron atrás después de poner su mano en el arado. Pero aquí no había chisme. Era información importante para aquellos creyentes que estaban unidos en la lucha.
Había un conocido predicador quien, cuando alguien se le acercaba con un bocado jugoso de chisme, sacaba un cuaderno negro y le pedía al chismoso que lo escribiera y lo firmara para hacer llegar la información a la persona involucrada. Se dice que abrió el cuaderno cientos de veces, pero que nadie jamás hizo un apunte.
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