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3 evidencias de que te avergüenzas del evangelio

3 evidencias de que te avergüenzas del evangelio

El evangelio es el glorioso mensaje de salvación que Dios ofrece a los pecadores. Son las buenas noticias de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo por los pecados de los hombres, y el anuncio de los eternos beneficios que recibimos por gracia. Un mensaje simple, pero de profundas implicaciones. Una gran noticia que presupone una terrible noticia: Dios salva a pecadores gratuitamente de la condenación eterna.

Martín Lutero, el gran reformador del siglo XVI, decía: “La verdad del evangelio es el principal artículo de toda doctrina cristiana. Más necesario aún es que conozcamos bien esta doctrina, que se la enseñemos a los otros y que la metamos en su cabeza continuamente”.

El apóstol Pablo predicó este mensaje desde su conversión. Realizó varios viajes misioneros por Asia y Europa llevando el evangelio, y escribió acerca del mismo en todas sus cartas. Incluso, en su epístola a los Gálatas, defendió con gran celo la integridad de este mensaje, al extremo de llamar anatema a todo aquel que predicara un “evangelio diferente” (Gá. 1:5).

Ahora bien, la convicción del apóstol descansaba en la certeza de que Dios es el autor de este mensaje (Ro. 1:1) y que el Señor mismo salvaba a los hombres por este medio: “Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego” (Ro. 1:16). Dios salva a los pecadores y los salva por medio de la locura de la predicación (1 Co. 1:21). Por eso el apóstol predicaba el evangelio y nunca se avergonzó de él.

Por lo tanto, todo creyente debe exhibir esta misma convicción y la misma actitud: Predicar el evangelio tal como lo hemos recibido y sin avergonzarnos de él. Pero, ¿cómo descubrir si como creyentes somos culpables de avergonzarnos de este mensaje? ¿Cómo sabemos que estamos avergonzados del evangelio?

Aquí tres evidencias que apuntan a que sí, estamos avergonzados:

1. Cuando no predico ni comparto mi fe 

Antes que Jesús ascendiera al cielo, encargó a sus discípulos diciendo “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mt. 28:19). Este mandato es extensivo a toda la iglesia cristiana de todos los tiempos. Los creyentes tenemos el deber de la Gran Comisión: Predicar el evangelio de nuestro Señor Jesucristo y hacer discípulos a las naciones. Es la tarea de la iglesia y la tarea del creyente. Cuando no compartimos el mensaje del evangelio, estamos fallando en cumplir con nuestro deber y en un sentido estamos avergonzados de él.

En el famoso sermón del Monte, nuestro Señor enseñó a sus discípulos que estamos llamados a ser la sal de la tierra y luz del mundo. (Mt. 5:13-14). Y aunque nuestro testimonio y la conducta que exhibimos ante los incrédulos es un aspecto importante en la tarea de ser luz, el evangelio debe ser explicado y anunciado con palabras. La Gran Comisión se lleva a cabo cuando le explicamos a las personas la necesidad de reconciliarse con su Creador. Evangelizar implica llamar a los hombres a la fe en Cristo y al arrepentimiento.

Por lo tanto, callar acerca de lo que Cristo hizo en la cruz del calvario es una forma de avergonzarse de este glorioso evangelio. Cuando preferimos no hablar de nuestra fe, de la cruz, y de la salvación en Cristo Jesús, no solo estamos desobedeciendo sino también evidenciando que estamos avergonzados del evangelio.

2. Cuando estamos más preocupados en no ofender a las personas 

El evangelio es un mensaje ofensivo para el mundo y para el hombre no regenerado. Por eso Pablo y Pedro hablaron de nuestro Señor y de la cruz como de un “tropiezo” para los incrédulos (1 Pe. 2:8Gá. 5:11). Cuando llamamos a los hombres al arrepentimiento, estamos directa o indirectamente denunciando su pecado. El pastor John MacArthur dice en este sentido “nunca suavice el evangelio. Si la verdad ofende, entonces deje que ofenda. La gente ha estado viviendo toda su vida ofendiendo a Dios. Deje que se ofendan por un momento”.

Es muy cierto que la tarea de evangelizar debe ser hecha con gracia y misericordia. Que estamos llamados a mostrar amor por los perdidos. Que debemos ser pacientes con ellos aun si resisten o cuestionan nuestro mensaje. Pero eso no significa que, para que no se ofendan, debamos remover palabras como pecado, cruz, arrepentimiento y condenación eterna, pues todas ellas forman parte central del mensaje del evangelio.

La terrible frase “predica el evangelio y si es necesario usa palabras”  tristemente ha sido muy famosa, aceptada, y usada dentro de la Iglesia. Es una torpe contradicción pretender que el evangelio se predique sin palabras, pues es un mensaje que se anuncia y proclama con los labios. Por eso el apóstol Pablo decía: “…¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?” (Ro. 10:14). Más claro, imposible.

Ahora bien, aunque los pecadores se sientan acusados o juzgados por nuestra predicación, es un acto de misericordia invitar a los hombres a la fe en Cristo y al arrepentimiento, ya que esa es la única manera de evitar el castigo eterno por los pecados. Lo contrario sería crueldad.

Por otra parte hay siempre la tendencia de enfatizar el amor de Dios cuando evangelizamos al incrédulo. Mejor dicho, destacamos que fue el amor de Dios que lo motivó a enviar a su Hijo a morir por nosotros. Y en un sentido esto es correcto. Para el efecto usamos el conocido texto de Juan 3:16. A partir de ahí, invitamos a los hombres a responder a ese amor. Pero en muchos casos ese énfasis se hace sin siquiera mencionar que los pecados del hombre fueron la razón que llevó a Jesucristo a la cruz, y mucho menos llamamos a las personas al arrepentimiento. Eso no es predicar el evangelio: más bien es avergonzarnos de él. Cuando queremos suavizar el mensaje para no ofender, no solo estamos fallando en cumplir con nuestro deber, sino que estamos pecando de avergonzarnos.

3. Cuando queremos hacer el evangelio más atractivo 

Una tercera evidencia que indica que estamos avergonzados del evangelio tiene que ver con nuestra inclinación a enfatizar más en los beneficios terrenales de la salvación antes que los eternos. Es decir, cuando queremos hacer el mensaje del evangelio algo más atractivo para el mundo. Por esa razón ofrecemos —y en algunos casos hasta les aseguramos— a las personas, riquezas, sanidad física, éxito, bienestar, y una vida sin problemas.

Cuando los creyentes nos enfocamos en los beneficios terrenales al evangelizar, estamos procurando despertar el interés de las personas para que nos den una respuesta afirmativa. Pensamos que los beneficios materiales son una manera efectiva de convencer a los incrédulos.

Es por eso que en muchas ocasiones los creyentes hacemos énfasis en nuestro testimonio y hablamos de los buenos resultados de haber abrazado el evangelio. Me apena decir que en nuestra tarea evangelizadora, los creyentes parecemos hábiles vendedores que promocionamos un producto llamado Cristo, para despertar el interés del consumidor. Y con esa intención apelamos a cualquier recurso con tal de lograr “una venta”. Adornamos el mensaje para que las personas se sientan atraídas y “acepten” a Cristo, aunque nunca les expliquemos la naturaleza del arrepentimiento.

Este mensaje que presenta al evangelio como un medio para una vida sin problemas y llena de prosperidad terrenal es contrario a lo que Jesús, Pedro y Pablo predicaron. No debemos olvidar que nuestro Señor le dijo a sus discípulos “en el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33). Pablo fue claro al decir “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22). El mismo Pedro dijo “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento” (1 Pe. 4:1).

Además, nuestro Señor y los apóstoles siempre llamaron a los hombres al arrepentimiento. Esa era la esencia del mensaje que predicaban:

  • “Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”, Marcos 1:14-15.
  • “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”, Hechos 3:19.
  • “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”, Hechos 17:30.

Por lo tanto, querer presentar al evangelio como un mensaje más atractivo y enfocarlo en los beneficios terrenales no solo es pretender mejorarlo, sino también es avergonzarnos de él.

Conclusión

Recordemos que el evangelio, al ser un mensaje que proviene de Dios y con un contenido específico, muy particular, claro y definido, debe ser proclamado fidedignamente. Por eso debemos tener cuidado de dos cosas: de no quitarle contenido (para hacerlo menos ofensivo) o de no añadirle información (o adornarlo) para hacerlo más atractivo.

Matthew Henry, el comentarista puritano del siglo XVII decía a este respecto: “El evangelio de Cristo es uno, puro y simple, que no admite ni añadiduras ni sustracciones”. 

Quizás hemos predicado el evangelio de la forma que nos enseñaron, pero eso no nos hace menos responsables si lo hacemos mal. Si vamos a decir junto al apóstol Pablo que no nos avergonzamos del evangelio porque es poder de Dios, entonces prediquemos el evangelio tal y como está presentado en las Escrituras. Por eso el apóstol Pablo le dijo a los corintios que había predicado el evangelio tal como él lo había recibido. Sin quitarle ni añadirle nada (1 Co. 15:3).

Prediquemos el evangelio y hagamos discípulos, pero recordemos que nosotros no convertimos los corazones de los hombres. Los creyentes no tenemos ese poder. Es el evangelio que predicó Pablo, Pedro y Juan y el que produce la salvación de los perdidos. Pero debemos ser fieles en presentarlo tal como nos ha sido entregado. Nuestra responsabilidad es predicar, del resto se encarga el Señor. Unos siembran, otros riegan, pero la salvación y el crecimiento lo da Dios (1 Co. 3:6).

 

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