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La iglesia: un negocio redondo

La iglesia: un negocio redondo

Por: José Santiago

Iglesia

Durante el verano del 2010, luego de mi graduación de secundaria, mi clase decidió organizarse y hacer un último compartir antes de que todos tomáramos caminos separados para comenzar nuestras carreras universitarias. Sin embargo, en medio de nuestros chistes y conversaciones, de alguna manera, salió el tema de la iglesia.

Para aquel entonces solo llevaba cerca de un año como cristiano, de modo que todos sabían acerca de mi nueva fe. En medio de la conversación, uno de mis compañeros me dijo directamente: “Sabes que eso de los pastores es una pillería”. No recuerdo todos los detalles de lo que sucedió, pero esa frase se quedó grabada por siempre en mi mente.

Lamentablemente, esta es la actitud que muchas personas tienen para con la iglesia en Latinoamérica. La iglesia es vista como una entidad de poca confianza, donde el fin principal es la explotación del bolsillo de las masas. Tristemente, esta idea tiene cierta razón histórica puesto que han habido grandes entidades religiosas que han descerebrado a las masas con el fin de lucrarse: desde la venta de indulgencias para justificar la construcción de la Capilla Sixtina, la alianza político-religiosa de entidades religiosas con estados totalitarios, y la ráfaga moderna de la teología de la prosperidad. No obstante, esto es solo una cara de la moneda.

La otra cara de la moneda

Antes de mi conversión, en mis años de agnosticismo,  yo también tenía una percepción similar con respecto a la iglesia. Pensaba que era un negocio redondo, una entidad que se dedicaba al lavado de cerebros por medio del miedo. Sin embargo, una vez comencé a asistir a una iglesia local, poco a poco comencé a ver que ese no era el caso. Más temprano que tarde noté que muchos a mi alrededor se interesaban en mí como persona e invertían tiempo, energía y hasta dinero en mí, a pesar de que yo no tenía nada que ofrecerles. En pocas palabras, era como si fuera parte de su familia. Desde entonces, una nueva perspectiva con respecto a la iglesia se impregnó en mi corazón.

Esto es algo que he visto repetidas veces en mi vida y en las de otros. Estas son experiencias de las cuales probablemente nunca te enterarás si tienes una actitud tan escéptica para con la iglesia como para darle una oportunidad. Estas pequeñas acciones de amor no son tu típico material de primera plana. Por ejemplo, en el 2014 un tornado pasó por Vilonia, Arkansas, una ciudad cercana a donde yo residía. Los primeros en ofrecer ayuda voluntaria organizada fueron un centenar de iglesias de áreas limítrofes, invirtiendo mucho dinero y esfuerzo en ayudar a las víctimas del tornado. No fueron organizaciones seculares como American Atheist, ni el club local de Humanistas y Libres Pensadores, sino una multitud de iglesias de todas partes del estado—y si no estuviste ahí para verlo, probablemente ni te hubieras enterado.

Es la iglesia, de nuevo, quien más se ha movido con el fin de eliminar el tráfico humano, entregándose en cuerpo y alma por la causa. Por ejemplo, decenas de miles de estudiantes universitarios cristianos formaron una conferencia en donde donaron dinero en grandes cantidades, no para comprarle un jet privado a un fanfarrón de la prosperidad, sino para contribuir con la erradicación de la llamada esclavitud moderna.

Estos son solo dos de los muchos ejemplos a nivel local y nacional de los cuales muy probablemente no hayas escuchado. Dime, ¿acaso este tipo de acciones de desprendimiento son propias de un negocio? ¿Realmente podemos empacar a la vasta mayoría de las iglesias con aquellas pseudoiglesias que sí resultan tener un comercio en base a la fe?

La verdadera motivación de la iglesia

Al final del día, la razón por las cuales estas iglesias hacen lo que hacen en favor de la sociedad es porque entienden que la vida humana tiene un valor intrínseco otorgado por Dios (Gen. 1:26-27); porque realmente aman a Dios y a su prójimo por extensión (Mat. 22:36-40), porque comprenden el mandato de la creación de sojuzgarla (Gen. 1:28), y porque desean compartir la idea más hermosa sobre la faz de la Tierra: el evangelio (Jn. 3:16; Rom. 3:23-26; Efe. 2:8-9). La idea de que Cristo Jesús, Dios en la carne, vino al mundo para vivir la vida que nosotros jamás pudiéramos haber vivido y pagar el precio que nosotros jamás pudimos haber pagado a causa de nuestros pecados, en nuestro lugar.  En las palabras de una autora norteamericana, estas personas actúan por la misma razón por la que uno de tus amigos te insistiría que lo acompañaras al nuevo restaurante puertorriqueño de la ciudad: porque han experimentado algo asombroso y quieren que tú también lo experimentes, pero a un nivel infinitamente mayor.

¿Es la iglesia perfecta? No. ¿Existen muchos fanfarrones disfrazados de ministros? Sí. Pero antes de hacer afirmaciones como “no voy a la iglesia porque es un negocio”, observemos la otra cara de la moneda. Después de todo, políticos corruptos nos sobran, y nadie concluye que no necesitamos un sistema político. Decepciones fraternales nos tocan a todos, ¿y cuántas personas conoces que hayan concluido que el amor y la amistad son innecesarios? Fanfarrones y extremistas radicales religiosos también nos sobran, ¿por qué muchos concluyen entonces lo que no concluyen en otras esferas de la vida? La respuesta a la hipocresía religiosa no debería ser indiferencia, sino genuinidad basada en la verdad.

José Santiago es un estudiante de teología (M.Div) en Southwestern Baptist Theological Seminary. Él y su esposa, Kaitlyn, sirven en la Iglesia Bautista La Vid en Grapevine, Texas. Puedes seguirlo en Twitter.
 

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