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“La mortificación del pecado” de John Owen (Parte 3)

Notas extraídas de la lectura del libro “La mortificación del pecado” de John Owen (Parte 3)

 la mortificación del pecado

• Si el fruto del Espíritu florece en una persona, entonces la naturaleza pecaminosa no puede florecer al mismo tiempo.

• La naturaleza pecaminosa y los frutos del Espíritu se oponen entre sí, de tal modo que los dos no pueden florecer al mismo tiempo en la misma persona.

 

• El Espíritu realmente destruye y consume nuestros deseos pecaminosos. Esto lo hace al principio, quitando el corazón de piedra con su poder omnipotente (en el milagro de la regeneración) y lo continua (en el proceso de la santificación) con un fuego que quema hasta la raíz de los deseos pecaminosos.

• El Espíritu Santo no mortifica el pecado sin la obediencia y cooperación del creyente.

 

• La vida, la fortaleza y el consuelo de nuestra vida espiritual depende en gran manera, de que mortifiquemos nuestros pecados.

 

• En nuestra relación cotidiana con Dios y en su trato normal con nosotros, una vida espiritual fuerte y confortable depende en gran manera de nuestra consistente mortificación del pecado. Como regla general, la mortificación produce una vida espiritual fuerte y confortable.

 

• Solamente la mortificación impedirá que el pecado nos quite el vigor y el consuelo de nuestra vida espiritual. Cada pecado que no es mortificado, inevitablemente producirá dos cosas: Debilitará al alma y le quitará su fortaleza.

 

• Un deseo pecaminoso no mortificado secará el espíritu y toda la fuerza del alma, debilitándola así para todos los deberes

 

• Sin lugar a dudas, el creyente: puede esperar triunfos maravillosos sobre el pecado (por la ayuda del Espíritu y la gracia de Cristo), de tal manera que pueda experimentar una victoria casi constante sobre el pecado. Pero, no debe esperar la destrucción total, ni la erradicación definitiva del pecado en esta vida.

 

• El pecado es engañoso Y estará contento de permanecer quieto por algún tiempo y dar la apariencia de haber sido mortificado. Pero en realidad está muy lejos de haber sido mortificado y tarde o temprano saltará con vida otra vez.

 

• En cada hombre inconverso hay un corazón no mortificado que está lleno de una gran variedad de deseos impíos, y cada uno de estos deseos clama continuamente por su satisfacción.

 

• Entonces, la primera cosa que la mortificación realiza es un debilitamiento gradual de los actos violentos de los deseos pecaminosos, de tal modo que su poder para impulsar, avivar, seducir, inquietar y molestar el alma es disminuido. Esto es llamado la crucifixión de “la carne con sus pasiones y deseos” (Gá1.5:24). Este lenguaje es muy gráfico como podemos ver en la siguiente ilustración:

“Piense en un hombre clavado en una cruz. Al principio este hombre luchará, se esforzará y clamará con gran fuerza y poder. Pero después de un rato, mientras que se desangra, sus esfuerzos se volverán más débiles y sus clamores se tornarán bajos y roncos. En una forma semejante, cuando un hombre comienza a llevar a cabo el deber de hacer morir un deseo pecaminoso, hay una lucha violenta; pero mientras que la fuerza y el poder del deseo pecaminoso “se desangra”, sus esfuerzos y clamores también se disminuirán.”

 

• Un hombre puede tratar de aplastar los frutos amargos de un mal árbol hasta cansarse. Pero, mientras que permanezca la raíz en su fuerza y vigor, ninguna cantidad de golpes impedirán que los malos frutos broten nuevamente de la raíz.

 

• Cuando el pecado es fuerte y vigoroso el alma no puede hacer mucho progreso espiritual. A menos que peleemos continuamente contra el pecado, éste se volverá fuerte y vigoroso, y el progreso espiritual será constantemente impedido.

 

• Debemos conocer a nuestro enemigo y estar decididos a destruirlo por todos los medios posibles. Debemos recordamos a nosotros mismos, de que estamos en un conflicto vigoroso y peligroso, un conflicto que tiene consecuencias muy serias.

 

• Debemos esforzamos para conocer los caminos de nuestro enemigo, sus maquinaciones y los métodos de guerra que emplea, las ventajas que nuestro enemigo busca y aún las ocasiones cuando sus ataques pueden tener el mayor éxito.

 

 

• Si observamos que nuestro enemigo toma ventaja repetidamente sobre nosotros en alguna situación particular, entonces debemos procurar evitar esa situación.

 

• Debemos trabajar cotidianamente usando los medios que Dios ha ordenado para herir y destruir a nuestro enemigo.

• No debemos permitir que un falso sentido de seguridad nos adormezca, pensando que, puesto que nuestros deseos pecaminosos están quietos, entonces han de estar muertos. Más bien, debemos golpear y herir estos deseos pecaminosos cada día. (Vea Co1.3:5.)

 

Te propongo estar alerta pues en los próximos días publicaré más partes de las notas personales que hice de este libro, desde ya estoy recomendado su lectura, ya puedes leer la Primera Parte y Segunda Parte.

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