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La mortificación del pecado John Owen (Parte 4)

la mortificación del pecado

  • Sería más fácil ver sin ojos o hablar Sin lengua que verdaderamente mortificar el pecado sin el Espíritu Santo.
  • Todos los intentos de mortificar cualquier concupiscencia sin la fe en Cristo Jesús resultarán inútiles.
  • El deber primario del hombre es el de arrepentirse y creer en el evangelio. Hasta que cumpla con esto, ningún otro deber puede tener importancia verdadera.
  • No le ha sido dado al creyente la opción de decidir cuáles pecados en su vida necesitan ser mortificados. A menos que el creyente esté comprometido a tratar con todos y cada uno de los pecados en su vida, nunca tendrá éxito en la mortificación de uno de ellos.
  • Sin aborrecimiento del pecado como pecado (no simplemente un aborrecimiento de sus consecuencias desagradables), y sin una conciencia del amor de Cristo en la cruz, no puede existir una verdadera mortificación espiritual del pecado.
  • Si usted realmente odiara el pecado como pecado, sería tan cuidadoso contra todo aquello que apaga y entristece al Espíritu Santo, y no solo contra aquel pecado que inquieta y entristece su alma.
  • Cuando un creyente es tentado por algún deseo pecaminoso específico, tan fuerte que difícilmente sabe cómo controlarlo, esto es generalmente el resultado de haber caminado descuidadamente con Dios o por una falta de voluntad de tomar en serio las advertencias de la Escritura.
  • El deseo pecaminoso nunca muere por sí mismo; entonces, si no es mortificado diariamente simplemente se fortalecerá.
  • ¡Cuán trágico es cuando un creyente puede estar contento de vivir a una distancia de Dios, a condición de que no sufra una separación final! ¿Qué debemos esperar de un corazón como éste?
  • Siempre cuando el corazón de un “creyente” gusta secretamente algún pecado, de tal forma que el creyente está dispuesto a aliviar su angustia en alguna forma que no sea la mortificación y el perdón por la sangre de Cristo, entonces las llagas de ese hombre están “pudriéndose y corrompiéndose”. A menos que haya un remedio urgente, ese hombre está muy cerca de la muerte espiritual.
  • Cuando el único motivo de mortificar el pecado es el temor de las consecuencias, éste es un síntoma muy peligroso de una condición espiritual no saludable.
  • Cuando un hombre es motivado a oponerse al pecado simplemente por el temor de la vergüenza ante los hombres, o el castigo del infierno es una señal segura de que su corazón está lejos de tener una condición saludable.
  • ¿Cuál era el estado y la condición de su corazón antes de que se enredara con el deseo pecaminoso que le está inquietando ahora? ¿Estaba descuidando sus deberes cristianos? ¿Estaba viviendo con mucha preocupación por su propio bienestar y muy poca por los demás? ¿Estaba viviendo bajo la culpa de algún pecado grave del cual no se había arrepentido? ¿Había recibido alguna misericordia especial, protección o alivio sin haber aprovechado el beneficio como debiera, o sin estar agradecido?
  • En un grado mayor o menor, cualquier deseo pecaminoso no mortificado tiende a producir este endurecimiento.
  • No es suficiente hacer que su corazón tiemble ante la posibilidad de endurecerse y tomar el pecado a la ligera. No es suficiente temblor ante el peligro de considerar ligeramente la gracia y la misericordia divinas, la sangre preciosa de Cristo, la ley de Dios, el cielo y el infierno. Lector, tenga mucho cuidado, porque esto es exactamente lo que el pecado no mortificado hará en su vida si no es refrenado.
  • Aunque Dios jamás abandonará completamente a uno de sus hijos por fallar en la mortificación de sus pecados, puede disciplinarlos o castigarlos ocasionándoles mucho dolor y tristeza.
  • ¿Acaso no le importa que su falla en mortificar todo pecado en su vida le pudiera traer dolorosos castigos, que podrían continuar con usted hasta la sepultura? Si usted no tiene ningún temor de sufrir algo así, entonces, usted tiene motivos para sospechar que su corazón ya haya sido endurecido.
  • Mientras que una persona permanezca bajo el poder del pecado, debemos advertirle acerca del peligro de la destrucción y la separación eterna de Dios.
  • Entre más claramente reconozcamos la realidad de que el pecado no mortificado nos conducirá a la destrucción eterna, más claramente veremos el peligro de permitir que cualquier pecado en nuestra vida quede sin ser mortificado. El deseo pecaminoso es un enemigo que nos destruirá, si nosotros no lo destruimos primero. Deje que esta realidad penetre profundamente en su alma. No se contente hasta que su alma tiemble ante la realidad de que un enemigo vive dentro de usted y le destruirá, a menos que usted lo destruya primero.

 

Te propongo estar alerta pues en los próximos días publicaré más partes de las notas personales que hice de este libro, desde ya estoy recomendado su lectura, ya puedes leer la Primera Parte, Segunda Parte y Tercera Parte.

Si vives en Cuba esto te puede interesar: Literatura cristiana gratis para cubanos.

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