Soldado de Jesucristo

Soli Deo Gloria

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Antes de abortar lee esto

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Mi nombre no lo debo decir, pero quiero contar mi historia a las miles de mujeres que en este momento pueden estar pensando en quitarle la vida a su bebé en medio de la desesperación. Lo que Dios hizo conmigo lo puede hacer con cualquiera que busque su amor.

No soy una jovencita que quedó embarazada y quiso abortar. Soy una mujer adulta, casada y con hijos. Siempre he sido pro-vida, pero la situación a la que me enfrenté fue tan fuerte que por un momento triste y determinante, mis ojos se nublaron.

Mi esposo llevaba un tiempo sin trabajo estable, recibía pocos ingresos al mes, así que prácticamente yo estaba sosteniendo la casa. Teníamos tres hijos, los dos últimos mellizos. Después del primer bebé, quisimos buscar otro, llegaron mellizos, y fueron bienvenidos. Siempre hemos considerado a nuestros hijos como una bendición de Dios, pero no puedo negar que era demasiado esfuerzo, un enorme trajín día tras día, por eso sentimos que no podríamos con otro.

Cuando mis bebés tenían un año y medio y el mayor tenía poco más de tres, quedé embarazada nuevamente, pero no por descuido. Llevaba meses en un tratamiento hormonal y el médico había suspendido mis pastillas anticonceptivas. Mi esposo y yo nos cuidábamos siempre pero una de las veces, nos dimos cuenta que el preservativo se rompió. Desde ese mismo momento supe que estaba embarazada.

Pasaba los días llorando porque no quería practicarme un aborto, pero sabía que no podría tener a mi bebé. Esos días fueron dramáticos porque esperaba ansiosamente que me llegara el período, pero pasaba el tiempo y nada. Mi esposo tuvo que viajar pero todos los días me preguntaba por teléfono. Para su regreso la noticia ya estaba confirmada.

Tuvimos una larga y triste conversación. Lloramos los dos. No queríamos matar a ese bebé, él no tenía la culpa. Pero ambos coincidíamos en que no podríamos con los gastos y la responsabilidad. Hablamos de entregarlo en adopción, pero lo dejamos porque no tendríamos cómo explicarles a nuestros hijos y a la familia la situación si me veían embarazada y luego no había bebé.

Finalmente mi esposo y yo visitamos una clínica especializada en abortos. Al entrar, me sorprendió ver lo organizada que era. En la entrada decía “clínica de fertilidad”. ¡Qué cinismo! Tenía una fachada para las personas que necesitaban guía en planificación o deseaban tener hijos, pero también para las que no deseaban tenerlos.

Estábamos decididos, aunque con mucho dolor en el corazón. Pensé que me iban a practicar un aborto inmediato, pero el médico me recetó un té y unas pastillas. Me dijo que después de unos días debía tener un sangrado fuerte, que volviera en ese momento y él me practicaría un legrado. Mientras tanto, podría seguir con mi vida normal.

El té me nublaba la vista. Sentía un mareo inmediato y las pastillas me daban un fuerte dolor. Las tomé durante una semana, esperando algún efecto, pero no pasaba nada. Sentía que mi bebé se negaba a morir.

Pasada la primera semana, me sentí débil, pero tenía que trabajar. Hacia el mediodía me puse mal. Sentí un cólico muy fuerte y me desmayé. Mi jefe y compañeros no tenían idea de lo que me pasaba, así que corrieron a llevarme a una clínica normal, ni parecida a la que yo había visitado.

Entré sintiéndome muy mal, muy mareada y no podía responder las preguntas de enfermeras y médicos. Pero la doctora que me atendió cambió mi manera de pensar.

Me dijo que tenía casi dos meses de embarazo y que le alegraba darme la noticia de que mi bebé no había muerto. Sabía lo que yo había hecho, pero no me juzgó. En cambio revisó que todo estuviera bien, me hizo mil pruebas de sangre, pero lo que me marcó fue el ecosonograma. Primero, porque escuché el corazón de mi bebé y sentí una enorme alegría, luego porque pude verlo: era un muñequito apenas en formación, pero ya se veía dentro de su saquito gestacional, protegido de todo mi egoísmo y malas intenciones.

Cuando tuve un poco más de fuerzas, la doctora quiso hablar conmigo. Ella era muy dulce y me trataba con amor, en unos términos muy distintos a los que usaba el médico de la clínica de fertilidad. Me dijo que entendía mi tristeza y desesperación, pero que había otra salida.

De una manera muy tranquila me habló del amor de Dios y me explicó que Él era tan grande que había protegido a mi bebé de lo que yo había hecho y que esa era una razón suficiente para respetarle la vida.

Con lágrimas en mis ojos que no paraban de salir, le pedí que llamara a mi esposo y le explicara a él también. Pero la doctora fue más allá. Nos pidió que aceptáramos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, bajo la promesa de que nuestro bebé estaría a salvo y que Dios proveería todo para que estuviéramos bien.

Lo más sorprendente es que la doctora tenía razón. Cuando decidimos hacer la voluntad de Dios y conservar a nuestro bebé, las cosas comenzaron a fluir. Mi esposo consiguió un trabajo estable y yo pude comenzar a trabajar desde mi casa, así tenía tiempo suficiente para mis hijos. Mi hijo mayor fue becado en un colegio y lo recibieron inmediatamente para kínder, así que la carga durante el día se suavizó.

Mi embarazó transcurrió en paz. Todos los días me aseguré de que mi bebé se sintiera amada, para que su nacimiento no estuviera marcado por la mala decisión que habíamos tomado en un principio.

Hoy somos unos cristianos comprometidos, amamos a Dios porque nos permitió traer al mundo a nuestra pequeña hijita, la ternura de la casa y la adoración de sus hermanos. Ella es un milagro de Dios, la niña más bella y fuerte, aunque tal vez nunca llegue a enterarse de todo lo que tuvo que pasar aun antes de nacer cuando no podía defenderse en el vientre de su mamá.

– Tomado de aquí.

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