Soldado de Jesucristo

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LIBERADO DEL VIEJO YO POR CHARLES SWINDOLL

Chuck Swindoll

Por Chuck Swindoll

Cuando Cristo vino a vivir en nuestra vida en el momento de nuestra conversión, el Espíritu de Dios fijó morada. Ya hemos conversado sobre el hecho de que el Espíritu de Dios ahora vive en nosotros. Tenemos su poder. Ese es el poder del trino Dios que vive en nosotros. Cuando él fija residencia, quedamos libres del dominio de nuestro amo anterior. El Espíritu Santo viene para darnos una forma de vida completamente diferente. una vida que se desarrolla en un plano diferente. Se vive por encima de la culpa y la vergüenza, se vive por encima de los temores de la vida. Nos capacita para vivir como vencedores y no como víctimas.

La vieja naturaleza sigue estando presente, pero no tiene por qué escucharla y no es necesario que pase tiempo con ella. Por cierto no tiene por qué ceder a ella ni vivir bajo su control. Puede vivir por encima de ese nivel si de verdad comprende y acepta los beneficios de la gracia de Dios. De eso se trata Romanos 6:11: «Considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús».

¿Ve la palabra considerar? El vocablo original significa «calcular, tener en cuenta». Los hábitos que antes me derrotaban, me desanimaban y me privaban de autoridad en la vida, todos esos hábitos se fueron. Ya no ejercen control sobre mí. Tal como vimos antes, el versículo 12 constituye el mandato: «Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine», no permitan que se apodere de su mente, su cuerpo, su vida. Ya no obedezca sus provocaciones. Permaneció allí bastante tiempo, pero ya no tiene necesidad de vivir en ese lugar. La choza de esclavo donde antes vivía fue consumida por el fuego, dejándolo en libertad de alejarse y jamás regresar. Le ruego que me escuche: ¡está libre!

YA NO ES MI AMO

Hace poco me ocurrió algo fantástico en el aeropuerto de Dallas-Fort Worth. DFW es uno de los portales de reingreso por donde regresan nuestras tropas después de pelear en Iraq. La gente a menudo se junta para aplaudirles y levantar en alto sus carteles y banderines con mensajes de «Bienvenidos a casa». Los locutores de los noticieros vespertinos se apiñan en torno a las tropas con luces y cámaras. La gente aplaude. Las familias se abrazan. Niños sonrientes flamean banderas estadounidenses. Es una escena maravillosa.

Unos cuantos de nuestra iglesia y de otras iglesias se presentaron para agradecer a dichos hombres y mujeres; algunos de ellos aún tenían cicatrices físicas y emocionales de la guerra al descender del avión. Con toda nuestra atención fija en las tropas que regresaban, resultaba fácil pasar por alto un conjunto de reclutas novatos que estaban de pie en un lugar cercano, a punto de ir para el puesto de reclutamiento de la infantería de marina. Estaban a punto de empezar su vida como jóvenes infantes de marina. Supongo que el instructor los había llevado al aeropuerto para que contemplaran una de las pocas veces que serían aplaudidos. Quería que apreciaran una escena que más tarde vivirían en carne propia.

Les gritaba órdenes a diestra y siniestra. Fue maravilloso mantenerme en un segundo plano mientras observaba cómo se desarrollaba la escena. Reflexioné sobre mis días en la infantería de marina en el pasado, hace más de cincuenta años. Recordé el hostigamiento interminable. Este instructor hacía lo mismo.

Pasó cerca del lugar donde yo estaba parado y le saludé: «¿Cómo le va, sargento?».

Me respondió: «Bien, señor, gracias».

Fue la primera vez en la vida que un instructor me dijo «señor». ¡Qué momento fenomenal!

¿Por qué haría eso? Porque no soy su recluta. No estoy bajo su dominio. Ya no tiene autoridad sobre mí. Allá por el 1957 vivía a su merced. Obedecía cada palabra, pero ya no. Puedo dirigirme a él como a cualquier otra persona.
Exactamente eso debo hacer con mi vieja naturaleza.

Escuche: usted ya pasó largo tiempo viviendo bajo el pensamiento dominante de que es una víctima impotente de sus instintos e impulsos pecaminosos, viviendo como si no pudiera decir no. Cuando, en realidad, dentro suyo vive un poder que existe con el propósito de brindarle una forma de vida completamente nueva y de introducirle en un estilo de vida diferente. Es un estilo de vida orientado por la gracia.

Si se me concediera un deseo para el cuerpo de Cristo sería que viviéramos a la luz de la victoria que tenemos en Cristo, y que permitiéramos que el gozo de la gracia caracterizara nuestras vidas en lugar de que lo hicieran las exigencias de ceño fruncido de la ley.

La vieja naturaleza ya no puede salirse con la suya. Nuestra nueva naturaleza, la que es controlada por el Espíritu, nos allana el camino. Eso sucede cuando dejamos de ofrecer nuestros impulsos, nuestros instintos, nuestros pensamientos —aquello que está en lo recóndito de nuestro ser— al pecado como instrumentos de injusticia. Usted y yo ya no somos serviles esclavos. En cambio nos ofrecemos a Dios «como quienes han vuelto de la muerte a la vida», y a nuestros miembros «como instrumentos de justicia» para Dios. En otras palabras, en forma deliberada e intencional llevamos a la práctica a Romanos 6.

Podemos vivir la vida de una manera tan maravillosa que el pecado ocupe el asiento trasero. Es en ese momento que la gracia se revela y vivimos en la libertad que proporciona el Espíritu, con todas las bendiciones de libertad que la acompañan. Romanos 6:14 declara: «El pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia». ¿Ve las opciones? El estar bajo la ley equivale a aceptar la obligación de conservarla y de vivir bajo su maldición, su condena, sus exigencias y sus requisitos fastidiosos. Ya no estamos allí. La ley ha realizado su mejor obra al traernos a la sumisión a Cristo. Pero el otro lado está «bajo la gracia».

Me agrada la manera en que la paráfrasis de J. B. Phillips interpreta el mismo versículo: «Como hombres [y mujeres] rescatados de una muerte segura, pónganse en las manos de Dios como instrumentos de bien para sus propios propósitos. Pues no se supone que el pecado sea el amo de ustedes».

Y El Mensaje dice así:
No deben otorgarle al pecado un voto en su manera de conducir su vida. No le den ni la hora. Ni siquiera hagan pequeños mandados que estén conectados con esa vieja manera de vivir. Vuélquense de lleno y a tiempo completo —¡recuerden que han sido levantados de entre los muertos! — a la manera de Dios de hacer las cosas. El pecado no puede decirles cómo deben vivir. Después de todo, ya no viven bajo esa tiranía. Viven en la libertad de Dios (vv. 12–14).

¿Está prestando atención a esto? Entonces abandone el hábito de obedecer a su antiguo instructor. Ya no está más a cargo de usted.

Ahora bien, si no conoce a Cristo, todo esto no pasa de ser simple información atractiva. Da la impresión de ser demasiado bueno para ser cierto. Pero es una verdad que se pierde por no conocer a Cristo. Trágicamente está rodeado de cristianos que viven como si no tuvieran a Cristo.

Usted y yo debemos entrenarnos a fin de cambiar nuestro modo de pensar. Es hora de trasladarnos de la choza en la que vivimos durante demasiado tiempo al mundo nuevo que Cristo nos diseñó a fin de que viviéramos en él por el poder de su Espíritu.

Fragmentos tomados del libro “Abrazados por el Espíritu”, de Charles Swindoll, versión epub, p. 172

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