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Cristo es el todo en la justificación del pecador delante de Dios. | J. C. Ryle

Por: J. C. Ryle

Solamente a través de él podemos tener paz con un Dios Santo. Solamente por él podemos ser admitidos en la presencia del Altísimo y permanecer allí sin ningún temor. “Tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él”. En Cristo y, solamente en él, Dios justifica al impío (Ef. 3:12; Ro. 3:26).

¿Bajo qué circunstancias puede un mortal presentarse delante de Dios? ¿Qué podemos argumentar en favor de la absolución delante de ese Ser glorioso, en cuyos ojos los mismos cielos no están limpios? ¿Podemos alegar que hemos cumplido con nuestro deber con Dios? ¿Diríamos que hemos cumplido con nuestro deber con nuestro prójimo? ¿Podríamos presentar nuestras oraciones, nuestra regularidad, nuestra moralidad y los cambios de conducta que hemos logrado? ¿Sería un buen argumento decir que asistimos fielmente a la iglesia? ¿Nos atreveríamos a pedir ser aceptados por alguno de esos “méritos”?

¿Cuál de estas cosas podría soportar el escrutinio de los ojos de Dios? ¿Cuál de todas esas cosas nos puede justificar realmente? ¿Cuál de ellas nos garantiza que después del juicio llegaremos a la gloria?

¡Ninguna, ninguna, ninguna! Tome cualquier mandamiento del Decálogo y examínese tomando como base ese mandamiento. Seguramente encontrará que lo ha quebrantado con frecuencia. No podemos presentar a Dios ni una cosa entre mil. Escoja a alguno, a cualquiera, y analice un poco sus caminos; sin duda, su veredicto será que no somos nada, sino simples pecadores, todos somos culpables, todos merecemos el infierno y todos debemos morir. ¿Con qué podemos presentarnos ante Dios?

Debemos presentarnos ante Dios en el nombre de Jesús, sin ningún otro fundamento, sin esgrimir ningún argumento que éste: “Cristo murió en la cruz por los impíos y confío en él. Cristo murió por mí y yo creo en él”.

La prenda de nuestro Hermano Mayor, la justicia de Cristo, es el único traje que puede cubrirnos y hacernos aptos para estar en la luz del cielo sin  avergonzarnos. El nombre de Jesús es el único nombre con el que tendremos la entrada directa a la gloria eterna. Si llegamos a la puerta y presentamos nuestros propios nombres, estamos perdidos, no seremos admitidos, vamos a llamar en vano. Pero si llamamos en el nombre de Jesús, él es el pasaporte y la contraseña para poder entrar y vivir allí eternamente.

La señal de la sangre de Cristo es el único distintivo que puede salvarnos de la destrucción. Cuando los ángeles del cielo estén separando las ovejas de los cabritos en el día final, si no estamos marcados con la sangre de la expiación, más nos vale nunca haber nacido.

¡Oh, no olvidemos nunca que Cristo debe ser “el todo” de esa alma que quiere ser justificada! Debemos contentarnos con ir al cielo como mendigos, salvados por gracia, simplemente como creyentes en Jesús; de otra manera, nunca seremos salvos. ¿Hay entre mis lectores algún alma mundana irreflexiva? ¿Habrá quien piense que, para alcanzar el cielo, podrá decir en su lecho de muerte: “Señor, ten misericordia de mí”, sin antes haber conocido a Cristo? Amigo, usted mismo está sembrando la semilla de su sufrimiento y, a menos que se arrepienta, despertará a la perdición eterna.

¿Hay algún alma orgullosa y soberbia entre mis lectores? ¿Hay alguien pensando que por sus propios méritos y esfuerzo puede llegar a ser apto para el cielo y lo suficientemente bueno como para pasar el examen de sus acciones personales? Amigo, usted está construyendo una torre de Babel y nunca llegará al cielo si se mantiene en su estado actual.

¿Hay entre mis lectores quien sienta una carga en su corazón respecto a su alma? ¿Hay alguien que quiera salvarse y se siente un vil pecador? Le invito pues: “Ven a Cristo y él te salvará. Ven a Cristo y echa la carga de tu alma sobre él. No temas; cree solamente”.

¿Tiene temor de la ira venidera? Cristo puede liberarlo de ella. ¿Siente sobre usted la maldición por haber quebrantado la ley? Cristo puede redimirle de la maldición de la ley. ¿Se siente alejado de Dios? Cristo sufrió en la cruz para lograr acercarlo a Dios. ¿Se siente impuro? La sangre de Cristo puede limpiarle de todo pecado. ¿Se siente imperfecto? Usted estará completo en Cristo. ¿Se siente como si no fuera nada? Cristo es “el todo” para su alma. Nunca, ningún santo alcanzó el cielo con cualquier argumento, sino diciendo: “He lavado y emblanquecido mis ropas en la sangre del Cordero” (Ap. 7:14).

 

Fragmentos tomados del folleto “Cristo es el todo” de J. C. Ryle, puedes descargar el folleto en formato pdf en este enlace


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