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Recomendaciones para pastores y líderes | Wiliam Gurnall

Por: Wiliam Gurnall

En el pulpito no utilices otra espada que la Escritura, y esgrímela con fidelidad

Recuerda para quién trabajas; y hazlo con pureza y libertad.

a) Emplea la espada de la Palabra con pureza

Trabaja para mantener tu ministerio puro en tres aspectos: evitando el error, la concupiscencia y la vanidad.

1. Evita el error. Cada palabra de tu sermón debe reivindicar la Palabra como fuente. No prediques tus propios sueños y visiones en nombre de Dios: “Aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera” (Jer. 23:28). Hazlo con pureza, sin la aleación de tus propias opiniones: “¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? dice Jehová” (v. 29).

Lo repito: No acuñes moneda propia con la imagen de Dios. Muchos no se contentan con las llanas verdades de la Palabra y exaltan sus propias ideas tan alto que vuelan fuera de la vista de la Escritura y son arrastrados por la corriente a peligrosos errores.

Asegúrate de que es pura verdad antes de entregarla al pueblo. No uses el pulpito como un laboratorio para experimentar con el pueblo. No entregues nada dudoso, sin refinarlo en el horno.

Siempre es mejor darles un plato sencillo de sana doctrina que crear un plato exótico guarnecido con ideas propias. Solo se necesita una calabaza silvestre para envenenar la dieta espiritual.

2. Evita la pasión. Cuidado con el fuego extraño de desahogar el descontento personal en el pulpito. El hombre de Dios debe ser manso y bondadoso, hablando con sabiduría. Un poco de aceite ayuda a clavar el clavo sin partir la madera, y la Palabra entra mejor con suavidad: “Cabalga sobre palabra de verdad, de humildad y de justicia…” (Sal. 45:4).

De vez en cuando hay que tomar la vara de la corrección, pero deja ver al pueblo que lo haces por amor y no por ira. Las nodrizas tienen cuidado de no calentar su leche, sabiendo que dañaría al niño; igualmente, la Palabra no entra nunca mejor en los corazones que cuando fluye con suavidad. Una excitación febril creará prejuicio en los oyentes y les hará vomitar la leche.

No advierto contra el celo si es puro y pacífico, pero resérvalo para la causa de Dios y no lo gastes en la tuya propia. Considera la mansedumbre de Moisés: aunque recibió un amargo insulto de Aarón y María, no los vituperó. Eso habría servido para justificarse a sí mismo, pero bastaba con que lo supiera Dios.

Sin embargo, la ira de este hombre manso ardía cuando se pecaba contra Dios: “¿Quién está por Jehová?” (Ex. 32:26). Recuerda que el pastor que puede amonestar el pecado del pueblo contra Dios con mayor fuerza es aquel que, callada y confiadamente, cava una tumba para las injurias dirigidas contra él.

3. Evita la vanidad y la trivialidad. La Palabra de Dios es demasiado sagrada para jugar con ella. Algunos ministros emplean el sermón para hacer alarde de su sentido del humor y personalidad original. Es como una muñeca de trapo: si desprendes la anécdota, sueltas los rizos, eliminas la introducción chocante y la conclusión llamativa, solo queda dentro serrín. Si queremos hacer la obra de Dios, no solo debemos venir con palabras, sino con demostración del poder del Espíritu Santo.

Mil chistes y frases gastadas no acabarán con el dominio de Satanás. Pero si desenvainas la Palabra y golpeas con el filo desnudo, atravesarás la conciencia del pueblo, derramando la sangre de su pecado. No pretendo que dejes de intentar ser un buen orador; ese es uno de tus deberes: “Y cuanto más sabio fue el Predicador […], procuró el Predicador hallar palabras agradables” (Ec. 12:9-10). El médico receta medicinas fáciles de tragar, a veces placenteras, pero se cuida de no debilitarlas mezclándolas con demasiado azúcar: las “palabras agradables” también deben ser “palabras de verdad” (v. 10).

b) Utiliza la espada de la Palabra con libertad

No sea la Palabra de Dios un esclavo de la preferencia de los más pudientes de la comunidad. Se requiere que el mayordomo “sea hallado fiel” (1 Co. 4:2). El pastor es fiel para con Aquel que lo ungió. Es muy improbable que, en la distribución de provisiones, el mayordomo agrade a todos los criados. Si buscas agradar a todos, tu tarea será interminable. El médico sabio intenta curar, no complacer al paciente. Aún es posible que el enfermo se queje por lo amargo de la medicina, hasta que esta le sane; entonces la agradecerá.

Pablo pasó por alto la crítica de los demás camino al premio del alto llamamiento de Dios: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros” (1 Co. 4:3). Quería decir: “Mi Señor decidirá si he sido fiel o no; entonces habrá tiempo para limpiar mi nombre: cuando él venga a reivindicar a los suyos”. Micaías se mantuvo firme en la libertad que Dios desea para sus pastores: “Vive Jehová, que lo que Jehová me hablare, eso diré” (1 R. 22:14).

Irónicamente, Pablo podría haber seguido siendo un hombre libre, en lugar de convertirse en un prisionero, si se hubiera contentado con atar la Palabra ocasionalmente en su ministerio.

Pero era demasiado fiel para comprar su libertad encarcelando la verdad con un silencio pecaminoso: “Sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa” (2 Ti. 2:9). Si alguna vez ha habido un tiempo de tentación para los pastores, y la necesidad de estimularlos a aferrarse a la paciencia de la Palabra de Dios, es en estos últimos días tumultuosos, cuando la mayoría “no sufrirán la sana doctrina” (2 Ti. 4:3).

Para retener la verdad en una generación tan perversa, los ministros deben contar un poder y un valor superiores a los que pueden proporcionar la carne y la sangre.

No es ninguna prueba que un pastor hable la verdad libremente entre sus amigos, sino entre los que la desprecian y se enojan con el mensajero por traer la revelación de su Señor sin contemporizaciones. Esto hace aún más gloriosa la confesión de nuestro Señor ante Poncio Pilato, su enemigo mortal. Aunque a veces nuestro mensaje tenga que perturbar la conciencia de los oyentes, hemos recibido nuestra comisión directamente del Dios Altísimo: “Por fortaleza te he puesto en mi pueblo, por torre; conocerás, pues, y examinarás el camino de ellos” (Jer. 6:27).

Fragmentos extraídos del libro: “El cristiano con toda la armadura de Dios” de William Gurnall p. 862 -864

* Sobre este libro del puritano Gurnall el predicador Charles Spurgeon escribió: “La obra de Gurnall no tiene igual y es valiosísima. Cada una de sus líneas está llena de sabiduría; cada frase es sugestiva. Esta “Armadura completa” es, por encima de todo, un libro de predicador. Tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido al mismo cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall”.


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