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El Señor cuida de los justos | J. C. Ryle

Por: J. C. Ryle

Ah, lector, es una idea dulce y consoladora el que «el Señor cuida de los justos». Pero este hecho es poco conocido y aparece a muchos nebuloso. Los suyos tienen sus tribulaciones, no hay duda, muchas y serias. La carne es débil. El mundo, lleno de trampas. La cruz, pesada. El camino, estrecho. Los compañeros, pocos. Pero, con todo, tienen mucha consolación si sus ojos están abiertos para verla. Como Agar, tienen el pozo cerca, pero sin verlo. Como María, con Jesús a su lado, pero los ojos oscurecidos por las lágrimas.

Ten un poco de paciencia mientras trato de decirte algo del cuidado de Cristo con los pecadores que creen en Él. Vivimos en unos tiempos en que, las cosas no se dicen con el énfasis que se debiera, sino con eufemismos. El peligro del estado natural se disimula. Los privilegios del estado de gracia no son puestos en evidencia. No se anima a las almas que dudan, ni se confirma y establece a los discípulos. El hombre sin Cristo no se siente bastante alarmado, ni el cristiano edificado propiamente. El uno duerme, y nadie hostiga su conciencia. El otro se arrastra, y no comprende las riquezas de su herencia. Es triste que el pueblo de Dios no suba al monte Pisga para contemplar la extensión de su heredad. El ser hermanos de Cristo, hijos de Dios por adopción, el tener pleno y perfecto perdón y ser renovados por el Espíritu Santo, el tener un lugar en el libro de la vida, todas estas cosas son verdaderamente gloriosas. Pero no son, todavía, el total de la porción del creyente. Son manantiales arriba, pero hay otros todavía más abajo.

El Señor se complace en su pueblo que cree. Él los considera hermosos, por más que ellos no lo crean. No ve mancha, debilidad o deficiencia que quiebre su unión con ellos. Él los escogió, conociendo su corazón. Los hizo suyos, sabiendo perfectamente cuáles eran sus defectos, y no quebrantará el pacto y los echará fuera. Si caen, los levanta otra vez. Si se descarrían, los vuelve al redil. Sus oraciones le agradan. Como un padre se complace en escuchar los balbuceos de su hijo pequeño, el Señor quiere oír las débiles peticiones de los suyos. Jesús las respalda con su poderosa intercesión, y les da poder en lo alto. Sus servicios le son agradables. No se perderá un vaso de agua sino que recibirá su premio. No será olvidada una palabra de amor. Él habrá olvidado las faltas de los suyos. Lector, ¡qué bendición ser trigo para Dios!

El Señor cuida de los suyos en la vida. Su morada le es bien conocida. La calle llamada «Recta», en la casa de Judas, y donde se hospedaba Pablo; la casa junto al mar en que Pedro oraba, le eran familiares al Señor. Los hijos de Dios tienen a los ángeles como asistentes: los ángeles se gozan cuando nacen de nuevo, los ángeles ministran a sus necesidades, los ángeles acampan alrededor de ellos. Su pan es seguro y lo mismo el agua, y tienen comida para comer que el mundo no conoce. Su compañía es la del Espíritu. El Padre y el Hijo moran con ellos. Sus pasos son ordenados, de la gracia a la gloria. Los que les persiguen, persiguen a Cristo y los que los lastiman, lastiman la niña del ojo del Señor. Sus tribulaciones son medidas por un Médico sabio, no se añade una pizca de amargor a su copa que no sea para la salud de sus almas. En las tentaciones, como Job, están bajo el control de Dios: Satán no puede tocar un cabello de su cabeza sin el permiso del Señor, ni aun tentarlos más allá de lo que pueden sobrellevar. Como un padre se apiada de sus hijos, se apiada el Señor de los que le temen. Les conduce por el camino recto. Les da todo lo que es para su bien. Cuanto les ocurre es para su bien. En el crisol, son purificados. En la poda, adquieren más vigor para nuevo fruto. Si son trasplantados es para que florezcan con más abundancia. Todas las cosas obran constantemente
para su bien. Lector, ¡es una buena cosa ser trigo de Cristo!

El Señor cuida de los suyos en su muerte. Su tiempo se halla en las manos del Señor. Los cabellos de su cabeza están contados y ni uno cae al suelo sin el permiso del Padre. Son guardados en la tierra hasta que están maduros y sazonados para la gloria, ni un momento más. La hoz no siega la mies hasta que está dorada, hasta que su obra es cumplida. Un millar puede caer a su derecha, pero la plaga no puede tocarles a ellos. Cuando llegan a su lecho de muerte los brazos eternos les rodean. Al morir, mueren como Moisés, según la palabra del Señor, a su tiempo debido. Al dar su último aliento caen dormidos en Cristo y son llevados como Lázaro, al seno de Abraham. Lector, es una gran bienaventuranza el ser trigo de Cristo. La muerte cierra las puertas al no creyente y obstruye su esperanza. Pero la muerte abre las puertas al creyente y le deja entrar en el paraíso.

Y el Señor cuidará a los suyos en el día terrible de su aparición. El fuego consumidor no se acercará a ellos. La voz del Arcángel y la trompeta de Dios no proclamará terrores a sus oídos. Durmiendo o despiertos, vivos o muertos, yaciendo en el ataúd o de pie en su puesto de guardia, los creyentes se hallarán seguros e incólumes. Levantarán su cabeza con gozo, cuando vean que su redención se acerca. Serán transformados y vestíos de hermosos ropajes en un abrir y cerrar de ojos. Serán arrebatados para recibir al Señor en el aire. Jesús no va a hacer nada al mundo cargado de pecado hasta que los suyos estén a resguardo. Hubo un arca para Noé cuando empezó el diluvio. Hubo un Zoar para Lot cuando empezó a caer fuego del cielo sobre Sodoma. Hubo un Zurich para los reformadores ingleses cuando la papista María subió al trono. Y habrá un granero para todo el trigo de la tierra en el último día. ¡Ah, lector, es una bienaventuranza el ser trigo de Cristo!

Tomado del folleto “La Cruz de Cristo” de J. C. Ryle


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