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¿CREE USTED QUE TIENE ACASO ALGUNA BUENA OBRA? | Charles H. Spurgeon

Por : Charles H. Spurgeon

Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Seguramente, ninguno de ustedes terminará con un espíritu legalista esta mañana por lo que vamos a decir, porque después de nuestras repetidas exhortaciones de que eviten cualquier cosa que se parezca a confiar en sus propias obras —exhortaciones que, esperamos, tendrán la unción del Espíritu Santo— será muy difícil que nos malentiendan, al punto de suponer que cuando hablamos hoy sobre buenas obras, queremos que crean que éstas puedan promover su salvación  eterna. Hace dos domingos nos esforzamos por hacerles entender la diferencia entre los dos pactos: El pacto de gracia y el pacto de obras. Les ruego que recuerden lo que dijimos en aquella oportunidad y, si por algún desliz dijéramos ahora algo que parece legalismo, por favor cotejen ambos mensajes y, si de alguna manera nos desviamos de la gran verdad de la justificación, rechacen nuestro testimonio…

Los hijos de Dios son un pueblo santo. Fue para este propósito que nacieron y fueron traídos al mundo: Para que fueran santos. Para esto fueron redimidos por sangre y hechos un pueblo adquirido. El propósito de su elección y la intención de todos sus propósitos no se cumplen hasta que se convierten en un pueblo celoso de buenas obras.

Primero, entonces, contestemos la pregunta: “¿Qué son buenas obras?”. Me atrevo a decir que ofenderemos a muchos cuando expliquemos qué son las buenas obras y podemos recorrer mucho camino antes de ver siquiera una buena obra. Usamos aquí la palabra buena en su sentido correcto. Hay muchas obras que son buenas entre un hombre y otro, pero aquí usaremos la palabra buena en un sentido más elevado, a saber, en relación con Dios. Pensamos que podremos mostrarles que hay muy pocas buenas obras, en general, y que no hay ninguna fuera del ámbito de la iglesia de Cristo. Creemos, si leemos las Escrituras correctamente, que ninguna obra puede ser buena, a menos que sea ordenada por Dios. ¡Esto pone en evidencia gran parte de lo que los hombres hacen a fin de obtener la salvación! El fariseo dijo que diezmaba la menta, el anís y el comino, pero ¿podía probar que Dios le había ordenado diezmar su menta, su anís y su comino? Quizá no. Dijo que ayunaba tantas veces por semana. ¿Podía probar que Dios le dijo que  ayunara? Si no, su ayuno no era obediencia. Si hacemos algo que Dios no nos ordena hacer, no lo hacemos como un acto de obediencia. Vanas pues, son todas las pretensiones de los hombres que mortifican sus cuerpos, castigan su carne o hacen esto o aquello para obtener el favor de Dios. Ninguna obra es buena, a menos que Dios la haya ordenado. Uno puede edificar muchas casas para desamparados, pero si se construyen sin referencia al mandamiento divino, no se ha realizado ninguna buena obra.

Además, nada es una buena obra, a menos que se realice con una buena motivación y no hay motivación que se pueda llamar buena, a menos que sea para la gloria de Dios. El que realiza buenas obras con la intención de salvarse, no las hace por un buen motivo porque su motivación es egoísta. El que las hace también para ganarse la estima de sus semejantes y por el bien de la sociedad, tiene un motivo loable en cuanto al hombre se refiere, pero es, después de todo, una motivación inferior. ¿Qué fin persigue? Es para beneficio de sus iguales, entonces que ellos le recompensen porque eso no tiene nada que ver con Dios. Una obra no es buena, a menos que se haga para la gloria de Dios. Y nadie puede hacerla para esto hasta que Dios le haya enseñado lo que es su Gloria y uno se haya sometido a la voluntad divina de Dios, de modo que lo único a que uno aspira es al Altísimo y las obras que promuevan su gloria y honra en el mundo.

Incluso, amados, cuando nuestras obras son realizadas con las mejores motivaciones, nada es una buena obra, a menos que sea realizada con feporque “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”  (He. 11:6). Al igual que Caín, podemos levantar un altar y colocar sobre él los primeros frutos, pareciendo ser un sacrificio aceptable en sí; pero si carece de la sal de la fe, allí quedará. No será aceptado por Dios porque sin fe es imposible agradarle. Traigan un hombre, quien toda su vida ha invertido su salud y sus fuerzas en sus prójimos. Muéstrenme un servidor público que ha cumplido su deber a cabalidad; que ha trabajado día y noche, aun a expensas de su salud, porque creía que su patria esperaba que cada uno cumpliera su deber y él quiso hacerlo. Traigan a aquel otro hombre, déjenme ver sus obras de caridad, su gran benevolencia, su profusa generosidad. Cuéntennos que siempre ha trabajado para su país con perseverancia y luego, si no puede contestar esta pregunta: “¿Cree usted en el Hijo de Dios?”, tendremos que decirle con toda sinceridad que no ha hecho ni una buena obra en toda su vida, en lo  que a Dios se refiere.

Por otra parte, cuando tenemos fe en Dios y realizamos nuestras obras con las mejores motivaciones, aun así, no contamos ni siquiera con una sola buena obra, hasta que sea rociada con la sangre de Cristo. Cuando observamos todo lo que hemos hecho en nuestra vida, ¿podemos encontrar siquiera una cosa que nos atrevamos a llamar buena sin que la sangre de Cristo la haya cubierto? Admitamos que tiene algo de bueno —porque el Espíritu la puso en nuestra alma— pero también tiene mucho de malo. Aun nuestras mejores acciones están tan estropeadas, manchadas y arruinadas por los pecados e imperfecciones en ellas, que no nos atrevemos a llamarlas buenas hasta que Jesucristo las haya rociado con su sangre y les haya quitado las manchas. Oh, cuántas veces he cavilado: “¡He trabajado para predicar la Palabra de  Dios! ¡No he dejado de hacerlo siempre delante de amigos o enemigos, y espero no haber dejado de declarar todo el consejo de Dios!”. Y aún así, amados, cuántos de esos sermones no han sido buenas obras en absoluto porque no tenía puestos mis ojos en honrar al Señor en ese momento, o porque no había fe implícita en ello. He predicado con desaliento, con el ánimo por los suelos o quizá con un propósito natural deganar almas. Porque a menudo hemos temido, aun cuando nos regocijábamos de ver almas convertidas, que quizá lo hicimos con una motivación mala, como honrarnos a nosotros mismos para que el mundo dijera: “¡Miren cuántas almas lleva al Señor!”. Aun cuando la Iglesia se reúne para hacer obras santas, ¿no han notado que se mete sigilosamente algo egoísta, como el deseo de exaltar a nuestra propia iglesia, glorificar a nuestros propios hermanos y darnos importancia? Estoy seguro, amados, que si  se detienen y rompen en pedazos sus buenas obras, encontrarán tantos puntos malos en ella que se tienen que deshacer del todo y empezar de nuevo. Hay tantas manchas morales en ellas, que necesitan ser lavadas en la sangre de Cristo para que vuelvan a servir para algo.

Y ahora, amados, ¿creen que acaso cuentan con alguna buena obra? “¡Oh!”, responden ustedes: “Me temo que no tengo muchas buenas obras o, mejor dicho, sé que no tengo ninguna. Pero gracias a su amor, el Dios que aceptó mi persona en Cristo, también acepta mis obras en Cristo. Y a Aquel que me bendijo en él para ser una vasija escogida, le ha agradado aceptar lo que él mismo puso en la vasija ‘para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado’” (Ef. 1:6).

Y ahora, usted el moralista, que está convencido  de que es justo, si lo que he dicho es cierto, ¿dónde está su santidad? Usted está diciendo: “Soy un hombre caritativo”. ¡Admitamos que lo es! Le digo que vaya y apele a sus prójimos y que sean ellos quienes le paguen por su caridad. Dice usted: “Ay, pero soy un hombre consecuente y de buena moral, soy un gran orgullo para el país. Si todo actuaran como yo ¡cómo se beneficiaría este mundo y esta generación!”. Por supuesto, ha servido a su generación. Entonces, mándele la factura a su generación. Le digo que ha trabajado en vano. Le advierto que ha echado semillas al viento y es muy posible que siegue torbellinos. Dios no le debe nada. No ha vivido usted para su honra. Tiene que confesar sinceramente que no ha realizado ni una acción con el deseo de agradarle. Ha trabajado para agradarse a usted mismo, esa ha sido la motivación más elevada que ha tenido… Y en cuanto a sus buenas obras, ¿dónde están? ¡Ah! Son producto de su imaginación y pura ficción, motivo de risa y una fantasía. ¿Buenas obras en los pecadores? No existen. Agustín bien dijo: “Las buenas obras, como las llaman, en los pecadores no son más que pecados espléndidos”. Esto se aplica a las mejores obras del mejor de los hombres que no es de Cristo. No son más que pecados espléndidos, pecados barnizados. ¡Dios les perdone, queridos amigos, por sus buenas obras! Si no están en Cristo, tienen una necesidad muy grande de ser perdonados por sus buenas obras como por las malas porque considero que las dos son igualmente malas, si son pasadas por un cedazo.

De un sermón predicado en la mañana del domingo, 16 de marzo de 1856, en New Park Street Chapel, Southwark. Reimpreso por Pilgrim Publications.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés  influyente, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.


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One Response to ¿CREE USTED QUE TIENE ACASO ALGUNA BUENA OBRA? | Charles H. Spurgeon

  1. Ruddy says:

    Amén, la mayor necesidad que cualquier ser humano tiene, es la redención. Es un hecho que Dios es tres veces santo, es Omnipotente, Omnipresente, Omnisciente, es inmutable, es fuego consumidor, y también lento para la ira y grande en misericordia. Por otra parte, nosotros (humanidad) ante su justicia y santidad, somos todos rebeldes, transgresores, desobedientes. En nuestro corazón hay codicia, lujuria, lascivia, mentira, orgullo, envidia, malicia, en resumen, pecadores delante de Dios. Y el Señor Dios, creador de los cielos y la tierra, ha decretado un veredicto a nuestra condición de pecadores: la muerte y ser lanzados al infierno, que es lo que todos merecemos. Mas cuando Dios mostró su bondad y su amor, envió a su Hijo Jesús, el Cristo, el cual vivió sin pecado, murió en la cruz por nuestros pecados derramando su preciosa sangre, redimiendo a todo el que cree en Él, y por medio de su muerte, sepultura y resurrección y el haber ascendido de vuelta a su trono celestial, Dios Padre ha dado la potestad de ser llamados hijos de Dios a todos los que creen en Él otorgando la cierta esperanza de vida eterna por su infinita gracia, sellando con su Espíritu Santo a todos los que por la fe, que es un divino regalo de Dios, pasaron de muerte perpetua a vida eterna, de enemigos a amigos de Dios, de desobedientes a obedientes, de esclavos a libres de las cadenas del pecado, de criaturas a hijos para la alabanza y gloria de nuestro gran Dios y salvador Jesucristo.

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