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Los cinco puntos del arminianismo | Sugel Michelén

 

Por: Sugel Michelén

Fragmento adaptado de “Gracia sobre gracia: La nueva reforma en el mundo hispano”. Autores varios. Poiema Publicaciones.

Jacobo Arminio fue un pastor y teólogo holandés, nacido en 1560, es decir, 4 años antes de la muerte de Calvino. Obtuvo su preparación teológica a los pies de Teodoro de Beza, el sucesor de Calvino en Ginebra; de modo que su formación teológica fue profundamente calvinista. Sin embargo, poco tiempo después de su ordenación al ministerio, comenzó a tener conflictos con la postura de los calvinistas holandeses en lo tocante al papel que juega la gracia de Dios en la salvación de los pecadores.

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La lucha del cristiano por el gozo de la fe

La lucha del cristiano por el gozo de la fe

Por Sugel Michelén

Hay un cántico tradicional evangélico, cuya estrofa única dice así:

 Cada día con Cristo

Me llena de perfecta paz,

Cada día con Cristo

Le amo más y más;

Él me salva y guarda

Y sé que pronto volverá,

Y vivir con Cristo

Más dulce cada día será.

 

¿Describe este cántico la experiencia de todo cristiano? ¿En verdad disfrutan los creyentes en Cristo de paz perfecta cada día? ¿Son los días de los cristianos más dulces cada vez?

En cierto modo sí, en cierto modo no. Ciertamente los creyentes, al estar en Cristo, poseen una paz perfecta. Estamos en paz con Dios, porque hemos sido reconciliados con Él, porque todos nuestros pecados fueron completamente perdonados, porque no tenemos ninguna deuda pendiente con el reino de los cielos.

Y esa paz legal delante de Dios sirve de base para experimentar paz de alma en medio de las turbaciones de la vida, y de la lucha con nuestros propios pecados. Trae consuelo al corazón saber que hemos sido reconciliados con Dios, que El es ahora nuestro Padre, y que El cuida de nosotros y nos ama con un amor eterno e inalterable, un amor que no depende de las circunstancias ni de nuestros sentimientos. Esas verdades traen paz al corazón.

Y a medida que pasan los años la comprensión de estas cosas se hace más profunda; conocemos aspectos de estas doctrinas que no conocíamos antes, y eso hace que la vida con Cristo sea más dulce cada vez.

Ciertamente vivir con Cristo, estar en comunión íntima con Él, es la experiencia más dulce que puede tener un ser humano. Independientemente de cómo nos sintamos en un momento dado, Él está siempre ahí, cuidando de los Suyos, ejerciendo Sus oficios de Sacerdote, Profeta y Rey.

En ese sentido no tenemos problemas con la letra de este coro que citábamos hace un momento. La vida con Cristo es dulce, y será más dulce con el paso de los años.

Sin embargo, cuando vamos a la experiencia del cristiano en su vida diaria, cuando vemos al hijo de Dios, no desde su posición en Cristo, sino en el desenvolvimiento de su vida aquí y ahora, entonces lo que este cántico enseña está muy lejos de la realidad.

Los cristianos no experimentan paz perfecta cada día; ese sentimiento de paz no llena diariamente sus corazones. Hay días para el cristiano que no son dulces, al menos, no experimentalmente. Hay días en que los cristianos nos sentimos desfallecer, en que el mundo se nos viene encima, día en los pensamos que no podremos dar un solo paso adelante.

El gozo del creyente no es estático; es un gozo sometido a los ataques constantes del maligno, y puede verse seriamente afectado por las adversidades de la vida o por nuestros propios pecados.

A lo largo de nuestras vidas aquí necesitaremos más de una vez ser reanimados y vivificados. Dice David en el Sal. 23:2-3 que esa es una de las cosas que hace Dios con aquellos a quienes Él pastorea: “Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma”. Literalmente: “la restaurará, la reavivará”.

Hay momentos cuando parece que estamos medio muertos, y necesitamos ser reanimados. Esa es la misma idea que encontramos en el Sal. 19:7: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma”. He ahí la palabra otra vez.

David no está hablando aquí de la conversión de un pecador, sino de la obra reanimadora y restauradora de las Escrituras en la vida del creyente. El alma de los justos necesita una y otra vez ser reconfortada, restaurada, reanimada, porque el gozo del creyente y su relación experimental con Dios no son estáticos.

Noten cómo el apóstol Pablo lo plantea en 2Cor. 1:23-24: “Mas yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto. No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo; porque por la fe estáis firmes”. El apóstol estaba tratando con ciertas dificultades en la iglesia de Corinto.

Él había tenido que amonestarles severamente por causa de su carnalidad. Y ahora les dice: “No es que nos estemos enseñoreando de vuestra fe, estamos colaborando más bien con vuestro gozo”. “Somos ayudadores del gozo vuestro”, dice el texto. “Estamos trabajando por vuestro gozo; estamos enfocando nuestras energías hacia esa meta: que Uds. continúen gozándose en el Señor como iglesia”.

La preservación de nuestro gozo implica un trabajo. Esto es una lucha que librar cada día. Nuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar, y una de las cosas que él tratará de destrozar en nuestras vidas es el gozo de la fe.

Él sabe que un cristiano gozoso es difícilmente seducido, y es una muy buena recomendación de la fe cristiana. Si hay algo que Satanás odia y aborrece es el gozo de un cristiano.

“El gozo de Jehová es vuestra fuerza”, dice en Neh. 8:10, y el enemigo de las almas sabe eso; él sabe lo que ocurre cuando el pueblo de Dios se goza en Dios, y por eso dirige sus ataques infernales contra ese bastión: el gozo de nuestra fe.

Pero el Espíritu Santo nos ha dejado un arma con la cual podemos salir en defensa de nuestro gozo en Cristo: las Sagradas Escrituras, la infalible, inerrante y toda suficiente Palabra de Dios.

He aquí el instrumento con el cual debemos defendernos, el combustible que reaviva la llama del gozo cristiano en medio de las adversidades de la vida.

 

Una de las razones por las cuales Dios nos dejó Su Palabra por escrito es la preservación y crecimiento de nuestro gozo (comp. Jn. 15:11; 14:25-26 y 1Jn. 1:1-4).

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

 

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¿QUÉ SIGNIFICA VENIR A CRISTO?

¿QUÉ SIGNIFICA VENIR A CRISTO?

Por Sugel Michelen.

En la entrada anterior (“El sistema evangelístico de invitación: Una práctica peligrosa y anti bíblica”) vimos que venir a Cristo no puede equipararse a ninguna acción física. ¿Qué significa, entonces, venir a Cristo? Lo mismo que creer en Él (comp. Jn. 6:35, 37-40).
Ambas expresiones se intercambian en las Escrituras porque ambas significan la misma cosa. Aunque podríamos decir que la expresión “venir a Cristo” es más descriptiva y específica. Creer en Cristo es un término más general, venir a Cristo es un término más específico.

Hay tres elementos envueltos en ese venir a Cristo, pero por ahora sólo consideraremos el primero de ellos: el reconocimiento de una necesidad que sólo Cristo puede llenar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados – dice el Señor, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).

¿Quiénes son invitados? Aquellos que perciben el cansancio y la carga espiritual en sus corazones, aquellos que están conscientes de su necesidad. Es imposible venir a Cristo si no poseemos esa conciencia de que somos personas necesitadas.

“¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!” (Is. 55:1). No todos son invitados, sólo los sedientos.
Jn. 7:37 “En el último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Una vez más ¿Quién es invitado a venir? El que tiene sed. El que percibe su necesidad.
Ap. 22:17, la última invitación de las Escrituras: “…el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Todo el que quiera puede venir, pero ¿quiénes querrán? Los que tienen sed. Nadie querrá venir a Cristo a menos que tenga sed.

Así como la sed es una necesidad que se percibe a nivel consciente, y que sólo el agua o algo líquido puede suplir, así también es la sed del alma. Podemos ofrecer un cheque de un millón de pesos a un hombre en el Sahara que tiene dos días sin probar una gota de agua, y eso no llenará su necesidad. Lo que él necesita en ese momento es agua, y lo que él desea con todas las fuerzas de su corazón no es un cheque, sino agua. Es una necesidad muy específica que se percibe a nivel consciente y que sólo algo específico puede suplir.
Y ahora el Señor dice a Su auditorio: “si alguno de los aquí presentes percibe la necesidad espiritual de su alma, esa necesidad que sólo Yo puedo llenar, que venga a Mí y será saciado”.

Nadie puede venir a Cristo hasta tanto no percibe esa necesidad del alma, ese profundo vacío, y sobre todo esa carga y ese cansancio que producen una conciencia culpable, el reconocimiento de que hemos pecado gravemente contra Dios y que por causa de nuestros pecados estamos irremisiblemente perdidos.
Es de esa sed y de ese cansancio del que Cristo habla en estos textos. Todos los hombres sin Cristo están cansados y sedientos, pero no todos lo perciben a nivel consciente, y es por eso que no todos vienen. Lo primero que hace Dios para atraer a un pecador a Cristo es mostrarle su necesidad, una necesidad que nada ni nadie, excepto Cristo, puede suplir (comp. Jn. 16:8-11).

El Señor dijo en una ocasión que los sanos no tienen necesidad de médico, si no los enfermos. Si no percibimos la enfermedad, ¿cómo buscaremos afanosamente la medicina que puede curarla?
El asunto no es si alguna vez levantaste tu mano en una campaña evangelística y pasaste al frente en una iglesia, o si has tenido algún tipo de experiencia mística conectada con el nombre “Jesús”.
Si nunca te has visto como un miserable pecador que va camino al infierno y viviendo una vida vacía y sin sentido, si te sientes satisfecho contigo mismo, tu nunca has venido a Cristo.

Yo no puedo negar tu experiencia, pero si puedo decirte con la autoridad de las Escrituras que sea lo que sea que hayas experimentado, no fue venir a Cristo, y por consiguiente continúas sumido en la perdición.
Pero si has percibido esa necesidad, si te sientes hambriento y sediento espiritualmente, trabajado y cargado por el peso de una conciencia culpable, no desesperes, porque ese es el primer paso para venir a Cristo, y Él puede suplir plenamente tu necesidad.

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El aborto: ¿crimen o derecho?

El aborto: ¿crimen o derecho?

Por: Sugel Michelen.

El tema del aborto tiende a generar fuertes emociones, tanto en los que están a favor como en los que están en contra. Sin embargo, las cuestiones éticas no pueden decidirse en base a argumentos emocionales, ni tampoco por consenso. Lo que debe debatirse es la naturaleza del embrión en gestación. Ése es el centro de esta cuestión. Sospecho que si los más ardientes defensores de la libre elección de la mujer se convencieran de que el feto es una persona humana viva, probablemente muchos de ellos cambiarían su posición.

Ahora bien, ¿cómo vamos a determinar la naturaleza del nonato? ¿Quién define  el momento en que una vida humana comienza a ser sagrada y digna de protección? Todos sabemos que cuando un óvulo humano es fecundado por un espermatozoide humano, el fruto resultante es un ser humano. El cambio de cosa a persona no ocurre en el momento del parto, ni en ninguna otra etapa del embarazo, sino en el momento en que el óvulo es fecundado y comienza ese proceso de desarrollo que, de hecho, no concluye en el nacimiento. Y las evidencias al respecto son muy contundentes. En el momento de la concepción 46 genes se combinan, 23 de la madre y 23 del padre, para el inicio del desarrollo de un individuo único. Después de 2 semanas se pueden escuchar los latidos del corazón, que hace circular la sangre dentro del embrión; y no es la sangre de la madre, sino la sangre que ha producido el bebé. Después de 6 semanas el embrión tienen menos de 1 pulgada de largo, pero ya tiene un desarrollo considerable. Los dedos se han formado en las manos. A los 43 días tiene ondas cerebrales detectables. A las 6 semanas y media el embrión se está moviendo, aunque tales movimientos no pueden ser percibidos aun por la madre.

Al final de las 9 semanas el feto ha desarrollado unas huellas dactilares únicas. En este momento el sexo del niño se puede distinguir. Los riñones también se han formado y están funcionando, así como la vesícula biliar al final de la décima semana. Todos los órganos del cuerpo están funcionando a finales de la doceava semana, y el niño ya puede llorar. Todo esto ocurre durante los primeros 3 meses del embarazo. Y sin embargo, luego del caso de Roe v. Wade, en los EUA se le permite a la madre decidir si desea ponerle fin a su embarazo en ese primer trimestre, aunque la vida de la madre no corra peligro, simplemente porque no desea tener ese bebé.

Ahora, supongamos que alguien tuviese una duda razonable en cuanto al momento en que comienza la vida  humana, ¿no debiera la duda movernos a preservar al embrión en vez de destruirlo? Si un cazador ignora lo que hay detrás de un arbusto en movimiento ¿su incertidumbre le lleva a disparar o a no hacerlo? ¿No deberíamos dar a la vida el beneficio de la duda?

Uno de los argumentos que aducen los partidarios del aborto es que la mujer tiene derecho sobre su cuerpo y, por lo tanto, sobre la continuación o término de su embarazo. Pero este argumento se sostiene o cae dependiendo de lo que pensemos acerca de la naturaleza del embrión. La vida humana es el bien jurídico supremo y trasciende al derecho de la privacidad. Es erróneo pensar que, por el hecho de que se encuentre geográficamente en el vientre de su madre, el feto sea parte esencial de su cuerpo como su riñón o su páncreas. Otros argumentan que su ilegalidad obliga a muchas mujeres a abortar en circunstancias de alto riesgo, poniendo en peligro sus vidas. Pero lo cierto es que el aborto siempre es arriesgado, tanto física como sicológicamente, y mientras más personas aborten mayor será el riesgo. Y en lo que respecta a los niños en gestación la mortalidad en caso de aborto siempre es de un cien por ciento. Así que el problema ético sigue siendo el mismo: Los seres humanos que son privados de su vida antes de nacer.

Otros consideran el aborto como un mal menor en comparación con otros males mayores como la mala calidad de vida que pudiera tener en el futuro un niño no deseado. Pero una vez más estamos poniendo a un lado el problema ético central de este debate. Es ilógico tratar de “proteger” a un niño de posibles abusos futuros quitándole la vida, porque esa acción constituye en sí misma un abuso irreparable.

Y ¿qué del aborto terapéutico? Aparte de lo que ya dijimos en el artículo anterior acerca de este asunto, ahora solo quiero añadir que el aborto terapéutico no existe. El Diccionario de la Real Academia define “terapéutico” como: “Parte de la medicina que enseña los preceptos y remedios para el tratamiento de las enfermedades”. Como el aborto no cura ninguna enfermedad, no puede ser designado “terapéutico” en ningún caso.

Esta no es una cuestión que deba tratarse a la ligera y en la que nuestros legisladores no deben actuar por presión de ningún tipo, venga de dónde venga. Si el aborto es un crimen, entonces estamos hablando del mayor genocidio de la historia, contra seres humanos que no tienen la capacidad de defenderse a sí mismos.

 

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