-Cuando empezamos a cuestionar el amor de Dios, necesitamos recordar quiénes somos. No tenemos ningún derecho a su amor, y no merecemos ni un poquito de su bondad. Una vez escuché a un orador que decía: “Cualquier cosa a este lado del infierno es pura gracia”. No sé de nada que corte tan rápidamente la actitud desafiante de ¿por qué me sucedió esto a mí? como darnos cuenta de quiénes somos en realidad ante Dios, considerados en nosotros mismos, separados de Cristo.
-Cada vez que nos sintamos inclinados a dudar del amor de Dios por nosotros, debemos volvernos a la cruz, razonando de esta forma: Si Dios me amó tanto como para entregar a Jesús a la muerte cuando yo era su enemigo, puedo tener la certeza de que me ama lo suficiente como para cuidarme ahora que soy su hijo. Habiéndome amado hasta el punto máximo de la cruz, no puede dejar de amarme en mis momentos de adversidad. Después de dar ese invaluable regalo, su Hijo, seguramente también dará todo lo que sea consistente con su gloria y mi bien.
-Si vamos a confiar en Dios en la adversidad, tenemos que usar nuestras mentes en esos momentos para razonar sobre las grandes verdades de su soberanía, sabiduría y amor como se nos revelan en las Escrituras. No podemos permitir que nuestras emociones dominen nuestras mentes. Mas bien debemos, buscar que la verdad de Dios las gobierne. Nuestras emociones deben convertirse en subalternos de la verdad.
-Usted y yo, como David, debemos luchar con nuestros pensamientos. Con la ayuda de Dios nosotros también llegaremos al punto, aun en medio de las adversidades, en que podremos decir: “Confío en tu inagotable amor”.
-Si tengo dificultad en aceptarme como Dios me hizo, entonces, tengo una controversia con El.
-El Dios eterno que es infinito en su sabiduría y perfecto en su amor, personalmente nos hizo a usted y a mí. Le dio el cuerpo, las habilidades mentales y la personalidad básica que tiene porque así es como quería que usted fuera. Y quería que sucediera exactamente así, porque lo ama y desea glorificarse por medio de usted.
-Este es el fundamento del creyente para aceptarse a sí mismo. Usted y yo somos quienes somos porque Dios soberana y directamente nos creó así. La autoaceptación es, esencialmente, confiar en Dios por lo que soy, con las incapacidades, deficiencias físicas y demás.
-Todos recibimos de Dios cada habilidad, entrenamiento, riquezas, posición, rango o influencia para usarla para su gloria. Ya sea una habilidad o un impedimento, aprendamos a recibirlo de Dios, dándole gracias y tratando de usarlo para su gloria.
-Dios no sólo nos creó como quería que fuéramos, sino que también determina soberanamente cuánto tiempo viviremos. Esta es una verdad maravillosa. Igual que los de David, nuestros tiempos están en sus manos. Como dice un himno: “Hasta que Él lo ordene, yo no puedo morir”.
-Podemos estar seguros de que un hermoso carácter cristiano no se desarrollará en nuestras vidas sin la adversidad. Pensemos en esas virtudes que Pablo denomina el fruto del Espíritu en Gálatas 5:22-23. Las primeras cuatro virtudes que él enumera: Amor, gozo, paz y paciencia, sólo pueden desarrollarse en medio de la adversidad.
– La muerte de Cristo en la cruz con su intensa agonía física, y extremado sufrimiento espiritual de soportar la ira de Dios por nuestros pecados, fue la mayor calamidad que alguna vez haya caído sobre ser humano. Pero Jesús pudo ver, más allá del sufrimiento, la alegría que estaba ante El y, como dice el autor de Hebreos, debemos fijar nuestros ojos en El y seguir su ejemplo, mirando más allá de nuestra adversidad para ver lo que Dios hace en nuestras vidas, y regocijarnos en la seguridad de que El hace su labor en nosotros para nuestro propio crecimiento.
-El puritano Daniel Dyke dijo: “Entonces la Palabra es la bodega de toda enseñanza. No busquéis una nueva doctrina para enseñaros por medio de la aflicción, la cual no está en la Escritura. Porque, en verdad, aquí yace nuestra enseñanza por medio de la prueba, que se adapta y nos prepara para la Palabra, rompiendo y dividiendo la obstinación de nuestros corazones, haciéndolos flexibles y capaces de la impresión de ellas”.
-No importa si usted tiene muchas debilidades o fortalezas. Puede ser el más competente en su campo, pero puede estar seguro de que si Dios va a usarle, hará que sienta dependencia total de Él.
– No hay duda que la adversidad es difícil, y generalmente nos toma por sorpresa y parece golpearnos donde somos más vulnerables. Con frecuencia nos parece completamente sin sentido e irracional, pero para Dios nada lo es. El tiene un propósito en todo dolor que trae o que permite en nuestras vidas. Podemos estar seguros de que en alguna forma es para nuestro beneficio y su gloria.
– Ahora estoy reconociendo que confiar en Dios, es primero que todo un asunto de la voluntad y que no depende de mis sentimientos. Decido reposar en Dios, y finalmente mis sentimientos siguen.
– He dicho que confiar en Dios es ante todo un acto de la voluntad, pero permítanme modificar esta afirmación para decir que, primero que todo, es una cuestión de conocimiento. Debemos saber que Dios es soberano, sabio y amoroso, en todos los sentidos que hemos visto en capítulos anteriores que estos términos tienen. Pero, habiendo sido expuestos al conocimiento de la verdad, debemos escoger entre creer la verdad sobre Dios, la cual nos ha sido revelada, o dejarnos llevar por nuestros sentimientos. Si vamos a confiar en Dios, debemos decidirnos a creer su verdad. Debemos decir: “Confiaré en ti, aunque no siento deseos de hacerlo”.
En las próximas semanas estaré publicando nuevas notas que tomé de este libro que desde ya estoy recomendando. Ya puedes leer la Primera Parte y Segunda Parte de las notas que tomé. Si te han sido de bendición estas notas compártelas con tus amistades.
El Nuevo Testamento no solo deja claro que el sufrimiento es necesario para los seguidores de Cristo, sino que también se esfuerza por explicar por qué es así y cuáles son los propósitos de Dios en ello. Es crucial que los creyentes conozcan estos propósitos. Dios los ha revelado para ayudarnos a entender por qué sufrimos y para pasarnos al otro lado del sufrimiento así como el oro pasa por el fuego.
En ¡Alégrense Las Naciones!, en el capítulo que se trata del sufrimiento, explico estos propósitos. Aquí solamente los nombraré y les diré a los predicadores de prosperidad: incluyan las enseñanzas bíblicas del sufrimiento en sus mensajes. Los nuevos creyentes necesitan saber por qué Dios les ordena a sufrir.
El sufrimiento profundiza la fe y la santidad.
El sufrimiento hace que tu copa se incremente.
El sufrimiento es el precio de producir la valentía en otros.
El sufrimiento llena lo que falta en las aflicciones de Cristo.
El sufrimiento anima el mandato misionero de ir.
La supremacía de Cristo se manifiesta en el sufrimiento.
Nota del editor: Este es el noveno artículo en una serie de 12 súplicas a los predicadores de la prosperidad. Los artículos fueron publicados originalmente en el libro de John Piper, ¡Alégrense las naciones!
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.
La semana pasada di una conferencia de invitado en una universidad de artes liberales cristiana titulada:“Cada Día Muere con el Sueño:Reflexiones Literarias y Teológicas Sobre la Mortalidad.” Mientras pensaba a través del tema durante las semanas anteriores, dos preguntas superficialmente distintas me desconcertaron. ¿Por qué es que las personas más vocalmente comprometidas con causas vinculadas a la muerte (aborto, el suicidio asistido, la eutanasia) son a menudo las mismas que están comprometidas con causas sexuales progresistas? ¿Y por qué los defensores del aborto con frecuencia lo ven no como un mal necesario, sino como un bien positivo?
En cuanto a la primera pregunta, que la misma gente a menudo, aunque no siempre, sostienen este grupo de puntos de vista sugiere que hay algo que los une en un nivel profundo, a pesar de que las áreas de la política sexual y la ética de la muerte no podrían parecer estar necesariamente relacionadas. En cuanto a la segunda, estoy a favor de la vida y veo el aborto como atroz y una fuente de vergüenza nacional, pero puedo entender la lógica interna del argumento a favor del aborto, incluso aunque no tenga simpatía por él. Lo que no puedo entender, sin embargo, es la manera en que muchos ven el aborto como una insignia de honor y un motivo de orgullo y alegría. Argumentar que el aborto es un mal trágico pero necesario es una cosa; y otra muy distinta sonreír a la cámara mientras llevan una camiseta que dice con orgullo que han tenido uno.
La teoría que propuse tentativamente durante mi conferencia era realmente una extensión de conocimientos que he aprendido de la lectura de Agustín, Pascal y, para compensar un triplete impar, Sigmund Freud: La muerte es un recordatorio insuperable del poder, o la tiranía, de nuestros cuerpos sobre nuestra existencia y humanidad personal. Nuestros cuerpos son testimonio del hecho de que no estamos en última instancia en control. Nosotros no somos soberanos. No somos dioses. No nos gusta eso y energéticamente buscamos negarlo. Por lo tanto, el intento de desafiar las limitaciones de nuestro cuerpo y el deseo de controlar la vida y la muerte son en realidad dos aspectos de la misma cosa.
¿Cómo nos distraemos de nuestra mortalidad corporal? ¿Cómo pretendemos que estamos en control, incluso de la propia muerte, cuando nuestros cuerpos nos recuerdan lo contrario? Bueno, hay muchas maneras de fingir cuerpos que no cuentan. Usted ahora puede tener una cirugía que le permite verse más joven de lo que realmente eres. Si usted ha nacido un hombre, puede tener su cuerpo modificado para que pueda pretender ser una mujer, o viceversa. Tal vez lo más obviamente usted puede permitirse una amoralidad despreocupada que no tiene en cuenta el contexto físico y las consecuencias de la actividad sexual.
El último molesto zumbido, sin embargo, es pretender que podemos tomar el control de la misma muerte. Matamos a los niños en el vientre, matamos a los ancianos y los enfermos, y si no podemos negar nuestra propia mortalidad al vivir para siempre, por lo menos podemos determinar por nosotros mismos el tiempo y las circunstancias de nuestra propia muerte. No nos equivoquemos: el atontado y sonriente deleite del que Gloria Steinems de esta exhibición mundial sobre el aborto es impulsado por algo más que el deseo de detener que las víctimas de violación tengan hijos no deseados. Es alimentada por la grotesca emoción que el poder sobre la vida y la muerte trae consigo.
Por supuesto, todo esto es muy especulativo. Pero me parece que la pasión y el entusiasmo que implica ser pro-elección en cuestiones de la vida no pueden simplemente ser explicada por hablar de los embarazos no deseados o la prevención de un sufrimiento innecesario al final de su vida. ¿Y por qué el liberalismo moderno en materia de aborto y suicidio a menudo van junto con la defensa de la aniquilación de la importancia de la diferencia corporal en el ámbito de la sexualidad? Algunas personas parecen mostrar orgullo en esas cosas que no se pueden explicar por criterios meramente pragmáticos tales como la conveniencia y la elección. Algo más profundo, algo más espiritual, algo más siniestro, está operando aquí.
Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman.(1 Cor 2:9)
¿Alguna vez te ha preocupado de que podrás aburrirte en el Cielo, que las cosas puedan perder su brillo o sabor, que toda la novedad e intriga de los cielos podrán desaparecer al igual que la mayoría de las cosas en la tierra? Cuando cantas, “Cuando hayamos estado allí diez mil años… No tenemos menos días para cantar sus alabanzas que cuando habíamos empezado”, ¿te has preguntado si debes o no ser alentado por tal declaración?
Claro, la vida eterna suena maravilloso al principio. Pero a menos que tengas una firme convicción sobre lo que la Biblia tiene que decir acerca de la vida eterna, puedes comenzar a tener tus dudas. La eternidad es realmente mucho tiempo, usted podría pensar. ¿Es esto algo que realmente deseo? Después de diez millones de años, tendré realmente el mismo deseo que una vez tuve de seguir viviendo aquí? En el corazón de estas preguntas existenciales se encuentra una profunda preocupación sobre si existe realmente el gozo eterno.
Si a este punto Jonathan Edwards estuviera vivo y supiera lo que estás pensando, él probablemente pondría su mano sobre tu hombro y disiparía tus preocupaciones.
En su sermón “El Cielo, un mundo de amor,” Edwards —de una manera que es nada menos que impresionante— descomprime brillantemente las realidades asombrosas de nuestro gozo en el Cielo.
Estas son solo tres de estas realidades.
1. Tendrás una mayor capacidad para gozarte.
En el Cielo, tu cuerpo resucitado vendrá equipado con una capacidad inimaginable para gozarte (1 Cor 15:42–44).
La Biblia dice que tendrás un cuerpo resucitado mucho mejor que cualquier cosa que conocieras en la tierra. Pablo, en 1 Corintios 15, dice que su cuerpo va a ser más fuerte, más completo, más espiritual, más glorioso y eterno. Tu deleite, tu conocimiento, tu intelecto, y todas tus emociones serán renovados y restaurados para que puedas disfrutar de Cristo con un cuerpo perfeccionado. Edwards afirma: “[Nuestra alma terrenal que] tenía solo una pequeña chispa del amor divino en ella, en el Cielo será, por así decirlo, una llama brillante y ardiente, como el sol en su máximo brillo, cuando no tiene ninguna sombra en él”.
Hasta ahora, todo bien. Una enorme cantidad de gozo. Pero eso no resuelve el problema de la complacencia. ¿No es todavía posible que el gozo se apague?
2. Tendrás una capacidad creciente para gozarte.
En el Cielo, tu capacidad para gozarte nunca dejará de crecer.
Nunca. Según Edwards, serás “cautivado con alegrías que están siempre en aumento, y sin embargo, siempre lleno”.
Sam Storms sostiene que su capacidad para el amor, el conocimiento, el entendimiento, y sí, el gozo son “crecientemente expansivos, progresivos e incrementales” (“Incremento Eterno del Gozo”). Nunca se termina. Las implicaciones son asombrosas.
En primer lugar, descarta cualquier idea del Cielo convirtiéndose en algo aburrido, estático o demasiado familiar. ¿Cómo puede ser? Si tu capacidad para disfrutar de Dios y de sus dones siempre están en expansión, tu percepción del Cielo siempre será más completa, más profunda, más enriquecedora. Nunca volverás a ver la misma realidad dos veces sin alguna forma nueva en la que disfrutes de ella. Vas a mirar cada día a través de un nuevo lente, donde puedes ver con mayor claridad, comprender más plenamente, y sentir más profundamente el verdadero gozo, y siempre creciente, siempre lleno gozo por toda la eternidad.
¿Cómo, podrías preguntar, es esto posible? ¿No se le acabarán las cosas por las cuales podemos tener gozo después de diez millones años? Una vez más, Edwards diría: “¡No!”. ¿Por qué no?
3. Adoras a un Dios infinito.
Debido a que Dios es infinito, puede ser infinitamente disfrutado. A Jesucristo no le preocupa que se le agoten maneras de hacer que tú lo disfrutes con tu capacidad creciente para hacerlo. Su carácter es infinitamente profundo, insondable e inagotable. Imagina la dimensión de todo el universo: trillones de estrellas brillantes, más brillantes que el sol; magníficas constelaciones; billones de galaxias que giran, todos magníficos y vastos, coloridos y misteriosos. Sin embargo, son finitos. Por más brillantes que sean, quedan cortos en comparación con la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo. Su amor, gracia, bondad, sabiduría, poder y misericordia se destacan como interminable, universos infinitos en los que todos sus afectos se deleitan.
Si Dios es más glorificado en ti cuando estás más satisfecho en Él, el siempre creciente goce de Dios por toda la eternidad se convertirá simultáneamente en la creciente glorificación de sí mismo. ¡Esto es genial!
Ahora, cuando cantas, “Cuando hemos estado allí diez mil años,” no debes temer o dudar. Tú no vas a ser la misma persona que una vez eras. Después de diez mil años mirarás hacia atrás y dirás “¡Qué poco sabía de Él en aquel entonces. Cuánto he crecido en mi amor por Él. Sin embargo, ¡cuánto más aún todavía tengo que aprender de Su carácter!”. ¡Más arriba y más hacia dentro crecerás!
C. S. Lewis una vez definió el gozo en esta vida como “un deseo insatisfecho, más deseable que cualquier satisfacción”. Creo que tuvo razón. Dios no quiere que tu esperanza esté en esta vida, sino en la vida venidera. Él quiere que anheles su bienvenida a casa, cuando te reúnas con Él cara a cara. Cuando hagas esto, tendrás acceso a un gozo “más deseable que cualquier satisfacción” aquí y ahora. Ora, entonces, por una capacidad creciente de conocer y disfrutar de Él tanto como anhelas la eternidad.
Publicado originalmente para TheGospelCoalition. Traducido por Alicia Ferreira.
David Radford es integrante del duo de esposos cantante-compositor conocido como “The Gray Havens”.
En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.(Isaías 6:1)
Hay momentos en la vida que nunca se olvidan: la primera vez que besó a su cónyugue, el nacimiento de su primer hijo, su equipo de béisbol favorito, finalmente ganó la Serie Mundial. Para muchos de nosotros, el despertar de nuestras mentes a la soberanía de Dios es uno de esos momentos inolvidables. “Es como nacer de nuevo, otra vez”, frase que muchos cristianos remarcan después de que su fe es renovada por una comprensión de las doctrinas de la gracia. Todo cambia. No es que empiezan a confiar en Dios, todos los creyentes deben confiar en Dios, sino que ven la verdad sobre el Dios de su confianza. Y la verdad, como Jesús lo prometió, nos hace libres: libres para regocijarse en la gloria de la gracia divina que es realmente misericordiosa.
Este libro es acerca de las doctrinas de la gracia, la enseñanza bíblica acerca de la soberanía de Dios obrando en nuestra salvación. Las doctrinas de la gracia ofrecen una perspectiva de la salvación en la que Dios es verdaderamente Dios, de manera que todo depende de Su voluntad, y funciona para Su gloria. Al igual que con todos los atributos de Dios, la soberanía no es una mera abstracción, sino una realidad que da forma y va tejiendo nuestra experiencia. El verdadero Dios es un Dios que realmente es soberano sobre toda la realidad. La realidad en este mundo siempre se rige por la afirmación en inicia la Biblia: “En el principio, Dios. . . .” Porque, en verdad, todo, todo acontecimiento, toda verdad, toda experiencia comienza con Dios. Y así debe ser si realmente Dios es el Dios de la Biblia: un Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, y que es todopoderoso. Esta es la gran verdad que nos abre los ojos a la gloria de nuestro Dios soberano: Él es el Alfa y la Omega, principio y fin de todas las cosas. “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas”, escribe Pablo. “A él sea la gloria por siempre. Amen” (Rom. 11:36).
Por la soberanía, queremos decir que Dios activamente gobierna todas las cosas. Por todo, nos referimos a todas las cosas que suceden, desde el mayor hasta el menor de los acontecimientos. “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto?” Le preguntó a Jesús. “Sin embargo, ni uno solo de ellos cae a tierra sin la voluntad de su Padre” (Mateo 10:29). Así que la soberanía significa “de acuerdo a la voluntad soberana de Dios.” La Soberanía de Dios en la salvación significa que los creyentes se salvan de esta última razón única: “De acuerdo a la voluntad soberana de Dios”, o como escribió Pablo, nuestra salvación es ser “predestinados conforme al propósito de lo que hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11). Eso lo resume de la mejor manera posible: que se salvan de acuerdo con el propósito soberano de Dios, mediante la obra soberana de Dios, de acuerdo con la voluntad soberana de Dios. La salvación es realmente “por él, a través de él y para él” (Romanos 11:36). Cuando se rompe esta verdad en nuestras mentes y corazones, nos gloriamos en Dios para siempre.
La Visión de Isaías de la Soberanía
A muchos cristianos grandes pueden dar testimonio de los efectos de terremoto del tomar consciencia de la soberanía de Dios. Este mismo tipo de testimonios se encuentran en la Biblia, tal vez ninguno más profundo que el relato del profeta Isaías de su encuentro con el Señor soberano que le cambió su vida. Si el apóstol Pablo es la figura del Nuevo Testamento que más se asocia con la enseñanza de la soberanía de Dios, su homólogo del Antiguo Testamento es, sin duda Isaías. ¿Cómo supo Isaías ganar su comprensión de la soberanía de Dios, y qué influencia tuvo esto en su vida? En otras palabras, ¿cómo Isaías respondería a la pregunta: “¿Qué hay de bueno en la soberanía de Dios?”
La profecía de Isaías contiene algunas de las más audaces afirmaciones de la soberanía de Dios en la Escritura. En el capítulo 45, él compara la relación de Dios con la humanidad a la de un alfarero y el barro, haciendo de su creación lo que quiere. En el capítulo 46, Isaías señala a la soberanía absoluta de la voluntad de Dios: “Porque yo soy Dios, y no hay otro, yo soy Dios, y no hay nadie como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que aún no hecho, diciendo: “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:9-10). En el capítulo 59, Isaías habla de la soberanía de Dios en términos del largo brazo del Señor, por el cual Él es capaz de traer la salvación de Su pueblo en cualquier lugar: “Su propio brazo le trajo la salvación, y su justicia le confirmó” (Isaías 59:16).
El mensaje de Isaías acerca de la soberanía divina no hubiera sido más popular en su tiempo de lo que es hoy en día en muchos círculos.¿Pero de dónde Isaías obtuvo esta concepción radical de Dios? Isaías estaba bajo la influencia de la iluminación del pensamiento del siglo XVIII (como se suele decir de aquellos que defienden su enseñanza en la actualidad)? ¿Fue Isaías un racionalista de armario, bajo la influencia de Platón y Aristóteles, para que pudiera ser descartado como un profeta de los filósofos griegos y no del Dios de Israel? Esto no puede ser el caso, dado que Isaías escribió en el séptimo siglo antes de Cristo a finales y principios del siglo octavo. ¿De dónde Isaías obtuvo estos puntos de vista peculiares en los que Dios es realmente Dios?
La respuesta es que Isaías se enteró de la soberanía de Dios a través de su experiencia personal en el Señor. Y no fue el único. Pablo recibió su visión de un soberano Cristo en el camino a Damasco, Jonás alcanzó su “calvinismo” en el vientre de la ballena, y Habacuc obtuvo su comprensión de la soberanía de Dios en su atalaya. En otras palabras, Isaías –como los otros profetas y apóstoles, quienes adoraban al Dios soberano de la gloria, obtuvieron su doctrina del Señor mismo.
La comprensión de Isaías de la soberanía de Dios fue el gran acontecimiento que cambió su vida para siempre. “Fue como nacer de nuevo, otra vez,” podría haber mencionado sobre el evento que lo convenció de la gracia soberana. Al igual que los creyentes de hoy que encuentran las doctrinas de la gracia cambian sus vidas para siempre, el encuentro de Isaías con la soberanía de Dios dio forma a su vida y ministerio a partir de ese momento. Fue el momento decisivo de su vida.
Si podemos identificar el punto de inflexión de la vida de alguien, ganamos un portal en las entrañas de su corazón. Para uno, es la muerte de un padre. Para otro, es, por desgracia, su padre abandonando a su madre. Además para otro, es la experiencia, al fin, de ponerse en el uniforme de su padre y el padre de su padre antes que él. Isaías 6 registra el momento crucial en la vida de Isaías, cuando obtuvo el entendimiento que gobernó todos los años de su ministerio profético por venir.
El momento decisivo de Isaías fue también su llamado al ministerio como profeta. Vino “en el año en que murió el rey Uzías” (Isaías 6:1). Uzías fue uno de los grandes reyes de Judá. Reinó durante cincuenta y dos años de prosperidad y expansión. Para aquellos de nosotros menores de 52 años, eso sería como tener un presidente gobernando por toda la vida con piedad y capacidad que pocos políticos modernos jamás mostrarían. Con Uzías como rey, Isaías creció en un período poco común cuando Judá había sido restaurada a algo así como la justicia y la prosperidad conocida durante el tiempo de David y Salomón.
Pero ahora el rey había muerto, la nación estaba de luto, y un joven estaba tomando el trono. Isaías comprensiblemente se encontró caminando al templo, en busca de consuelo. Era de una familia sacerdotal, por lo que el templo era un lugar de consuelo y familiar. Pero esta vez, Isaías entró en el templo para ver algo totalmente desconocido. RCSproul, en su estudio singular de este pasaje, escribe: “El rey estaba muerto. Pero cuando entró en el templo Isaías vio a otro rey, el Gran Rey, el que se sentó por siempre en el trono de Judá. Él vio al Señor”[1].
Isaías nos dice lo que vio con estas palabras:
1En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo. 2Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. 3Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, es el SEÑOR de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria. 4Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.
La muerte de Uzías había traído una crisis de soberanía. En esa crisis, los ojos de Isaías se abrieron para contemplar el verdadero soberano de Israel, el verdadero rey que reinaba en la nación. Su visión manifestó la soberanía de Dios. Era el Señor mismo, “alto y sublime”. Uzías había descendido a la tumba, dejando vacante su trono en Jerusalén, pero Jehová reinaba en las alturas. Isaías lo vio sentado, firmemente instalado en el lugar de autoridad real.
Observe los detalles que ofrece Isaías, todos hablan de la soberanía absoluta de Dios. Dice que “sus faldas llenaban el templo.” Mientras Dios estaba sentado en su trono, sus vestiduras llenaban el templo majestuoso, Su sala del trono, sin dejar espacio para otro. Dios llena completamente la esfera de la soberanía. Isaías expresa esta verdad una y otra vez, diciendo en nombre de Dios: “Yo soy Dios, y no hay otro” (Isaías 46:9). No sólo es Dios soberano, sólo Él es soberano. “Mi gloria, no la daré a ningún otro” (Isaías 42:8), él insiste.
Qué fácil es llevar las cosas en nuestras vidas junto a la presencia de Dios. Cuan frecuente consideramos nuestra lealtad a Dios como solo uno de los muchos compromisos, al Señor como uno de los muchos que buscamos agradar. Pero Él no acepta una soberanía compartida.
Isaías vio a otros seres en este salón del trono. Él relata: “Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban.” (Isaías 6:2). Estos ángeles estaban de pie por respeto mientras que el Señor estaba sentado. A pesar de que son seres de gran gloria, ellos cubrían sus rostros con temor de Dios. Ellos cubrían los pies en humildad de criaturas, al igual que Moisés tuvo que quitar sus sandalias ante la zarza ardiente. También estaban volando, lo que indica su disposición a realizar la voluntad de Dios sin reservas. Imponente, humildad, disponibilidad para el servicio, este es el ejemplo de los ángeles de la forma en que el soberano de Dios debe ser adorado.
Los ángeles decían el uno al otro: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). Aquí tenemos una idea acerca de la adoración de los cielos. Que está centrada en Dios, se centró en la gloria de los atributos de Dios, especialmente su santidad tres veces ensalzada. La santidad es la suma de quién y qué es Dios. El suyo es un amor santo, una bondad santa, una santa ira, y una fidelidad sagrada. La santidad es la singularidad exaltada de Dios, la separación entre Dios y sus criaturas, entre el Dios santo y todo mal. Si los santos ángeles deben cubrir sus caras para la gloria de Dios, ¡cuánto más deben los hombres caer postrados como pecadores ante tan santo Dios!
Finalmente, el profeta nos dice lo que él sentía y olía: “Y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo.” (Isaías 6:4). A estas alturas seguramente tiene la idea: este Dios no es con el que se pueda jugar, manipular u ofender. Mucho menos Isaías encuentra a esa Asamblea celestial aburrida o irrelevante, como muchas personas hoy en día dicen de la teología. De hecho, el efecto sobre Isaías fue demoledor: “Entonces dije:
¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos. (Isaías 6:5)
“¡Ay de mí!” Isaías pronuncia –el primero de muchos “ayes” proféticos que el pronuncia con los años– y él lo grita en contra de sí mismo. Isaías desesperado de sí mismo y de todas sus obras. Usted sabe que se ha encontrado con Dios cuando usted grita, “¡Ay de mí!” Esto es lo que la auto-conciencia produce cuando se acompaña de una toma de conciencia de Dios. Aquí vemos la relación entre la soberanía de la gracia de Dios y el abandono de sí mismo que se deriva de la doctrina de la depravación total. Estas verdades van de la mano, como dos partes de un medallón. Cuando estas piezas, hacen ‘clic’, la buena noticia de la gracia de Dios en Jesucristo tiene sentido como nunca lo ha hecho antes.
El Evangelio de Isaías también se centró en una expiación salvadora eficaz. Una generación como la nuestra que le resulta difícil aceptar la soberanía de Dios también encuentra cada vez más difícil de aceptar la expiación de Cristo. Pero aparte de la expiación por el pecado, un encuentro con el Dios tres veces santo, sólo puede ser desastroso para los hombres depravados. Esta es la razón de por qué el evangelio de la Biblia de la salvación se centra en la obra expiatoria de Cristo.¿Y qué pasó después que Isaías conoció todo acerca de la expiación de Cristo: “Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas; y con él tocó mi boca, y dijo: He aquí, esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado” (Isa. 6:6–7). La gracia expiatoria se aplicó hasta el lugar donde Isaías sintió con mayor intensidad su pecado –sus labios– santificando el instrumento por el cual iba a servir a Dios como un profeta. Por lo tanto, debe ser para todos nosotros: el verdadero servicio a Dios se deriva de la aplicación de la obra redentora de Cristo en nuestras vidas.
En la vida y el ministerio de Isaías, vemos quizá más claramente que en cualquier otro lugar en la Biblia, el impacto de la conciencia de la soberanía de Dios.¿Qué hay de bueno en la soberanía de Dios? ¿Qué importancia tiene la soberanía de Dios? Para Isaías, que lo era todo. En su respuesta a la visión del señorío soberano de Dios, podemos observar cuatro características que también tomarán parte en nuestra experiencia mientras nuestra fe se centra en una visión bíblica de la gracia soberana de Dios.
Disposición a Servir
He estado diciendo que todo en la vida del creyente cambia cuando él o ella captan la verdad de la soberanía de Dios. El primer cambio de Isaías vino inmediatamente después de su visión del Señor en su trono. La primera marca de su conciencia de la soberanía absoluta de Dios era la voluntad de servir: “Y oí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí.” (Isaías 6:8). No sabemos acerca de la actitud de Isaías antes de recibir esta visión, pero sí sabemos lo que fue inmediatamente después. Viendo la gloria de Dios soberano, exclamó: “¡Heme aquí! Envíame a mí.”
Puesto que Dios es el verdadero soberano, no hay privilegio mayor que el servirle. El asombro ante su gloria que hace a otras actividades empequeñecer. No todos son llamados al ministerio profético. Dios llama a la gente a ser carpinteros, abogados, médicos, ingenieros de sonido, y basureros. Pero aquellos que han visto la soberanía de Dios lo ven todo de su trabajo como una oportunidad para extender Su reino y servir a Su reino. Es cuando nos damos cuenta de cuán grande es el Dios al que servimos, cuan total es Su soberanía sobre todo, y cuán glorioso es Su reino al que queremos servirle en todo lo que hacemos. Isaías no había aprendido aún que trabajo tenía Dios en mente para él, pero cuando oyó la pregunta: “¿A quién enviaré?” Estallaron sus labios recién consagrados diciendo: “Aquí estoy yo, Envíame a mí.” Si vemos sólo una parte de lo que él vio, haríamos lo mismo, teniendo en cuenta no las dificultades, sino el gran privilegio de servir a tan gran Señor.
Muchas personas no creen en la soberanía de Dios, y aun así sirven al Señor. Pero hay una gran diferencia. Aquellos que ven al Señor en su gloria soberana tienen una compulsión interna para servir a este Dios. Servir a Dios es la gloria de su vida. Su servicio se mide no tanto en lo que consiguen, o lo que Dios realiza a través de ellos, sino más bien en la pura maravilla del Dios al que sirven. Como niños pequeños divididos en equipos en el patio, siendo elegidos para jugar en este equipo es la alegría más grande imaginable, especialmente para aquellos que son tan indignos. “¡Heme aquí!, Envíame a mí”, no es simplemente la respuesta de aquellos que ven la gloria soberana de Dios, es su deleite. Ya que Dios es seguro de que sea glorificado, ellos quieren estar entre los glorifican a Dios.
Obediencia Humilde y Confiada
Una segunda marca de una conciencia de la soberanía de Dios aparece en este pasaje: una obediencia humilde, confiada a los mandamientos de Dios. El capítulo 6 concluye con la descripción de Dios de lo que quería hacer de Isaías, el impacto que le provocó le hizo retroceder al sobrecogido profeta:
“Y El dijo: Ve, y di a este pueblo: “Escuchad bien, pero no entendáis; mirad bien, pero no comprendáis.” Haz insensible el corazón de este pueblo, endurece sus oídos, y nubla sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se arrepienta y sea curado. Entonces dije yo: ¿Hasta cuándo, Señor?”(Isaías 6:9-11)
El llamado a Isaías era lograr un endurecimiento en Jerusalén. Su ministerio podría causar callos como un preludio al juicio, porque Dios primero pretendía purificarlo y sólo entonces liberar a su pueblo. Podemos escuchar a Isaías sofocando un grito a esta instrucción, pero sin queja, sin reñir con la sabiduría de Su soberano. Él simplemente hizo la pregunta razonable, “¿Hasta cuándo, Señor?” La respuesta no podría haber dejado de sorprender al profeta:
Y El respondió: Hasta que las ciudades estén destruidas y sin habitantes, las casas sin gente, y la tierra completamente desolada; hasta que el SEÑOR haya alejado a los hombres, y sean muchos los lugares abandonados en medio de la tierra. Pero aún quedará una décima parte en ella, y ésta volverá a ser consumida como el roble o la encina, cuyo tronco permanece cuando es cortado: la simiente santa será su tronco. (Isaías 6:11-13)
Sin lugar a dudas, Isaías entró en el templo porque estaba preocupado por el bienestar de Jerusalén ya sin el rey Uzías. Habiéndose encontrado con el verdadero Soberano, se enteró de los terrores más allá de sus temores iniciales. Pero Isaías es singular entre los profetas mayores en que nunca se quejó. Él había visto al soberano y salvador Dios. Si él fue llamado a un ministerio de endurecimiento, entonces el endurecimiento sería. No se le ocurrió a Isaías que sabía mejor que el Señor de los Ejércitos. Si le agradara al Señor a través de un ministerio fiel reducir su iglesia hasta el tronco de una simiente santa, entonces Isaías haría que del remanente el objeto de su labor.
Un compromiso similar a la soberanía salvadora de Dios nos inspiraría a una obediencia humilde y confiada a la Palabra de Dios. Descansar en el propósito soberano de Dios, sabiendo que hay un decreto de gracia maravilloso detrás de todo lo que sucede, podemos enfrentar las circunstancias difíciles sin vacilación de la ley de Dios. Podemos enfrentar la hostilidad del mundo o incluso la apostasía de la iglesia sin vacilar en nuestro ministerio. Podemos confiar en la sabiduría y obedecer los mandamienos de un Dios soberano que hace todas las cosas de acuerdo con el propósito de Su santa voluntad.
Como Isaías declaró posteriormente: “Aguardaré al SEÑOR que esconde su rostro de la casa de Jacob; sí, a El esperaré.”(Isaías 8:17).
Una Santidad Atrevida
Una tercera señal del ministerio de Isaías resalta en el pasaje que sigue inmediatamente a un pasaje que está, sin duda vinculado en contexto al capítulo 6, incluso si los eventos están separados por casi una década. Jotam, hijo de Uzías y sucesor, había terminado su reinado. Había sido una época de decadencia y el comienzo de la decadencia. Pero con el sucesor de Jotam, Acaz, un período de flagrante desobediencia a Dios estaba a punto de comenzar.
La causa inmediata del problema fue una invasión de Judá por la nación del norte de Israel junto con su vecino Aram. Acaz en incredulidad empezó a buscar alrededor por un aliado del mundo que lo rescatara, incluso si eso significa llevar a su pueblo a la idolatría. Su elección fue Asiria, el poder creciente en el lado norte de sus enemigos. Pero Dios envió a Isaías para hacer frente y proclamar un mensaje a este rey:
y dile: “Estate alerta, y ten calma; no temas ni desmaye tu corazón ante estos dos cabos de tizones humeantes, a causa de la ira encendida de Rezín de Aram y del hijo de Remalías. “Porque Aram ha tramado mal contra ti, junto con Efraín y el hijo de Remalías, diciendo: ‘Subamos contra Judá y aterroricémosla, hagamos una brecha en sus murallas y pongamos por rey en medio de ella al hijo de Tabeel.’”Así dice el Señor DIOS: ‘No prevalecerá ni se cumplirá” (Isaías 7:4-7).
El mensaje de Dios a Acaz era una aplicación de la visión que Isaías había visto antes: los reyes poderosos de Israel y Aram no eran soberanos verdaderos. El verdadero soberano es el Señor, que reina sobre todo. Isaías señaló esto al rey Acaz con palabras clásicas llamando a la fe: “Si no creéis, de cierto no permaneceréis” (Isaías 7:9).
Este fue el mensaje que Dios envió a Isaías para entregar al rey Acaz, un monarca equipado con toda su soberanía terrenal. Si usted no cree que esto se trataba de un aterrador encuentro, se está tomando el pelo a sí mismo. La mayoría de nosotros están aterrorizados ante la idea de mencionar a Dios a sus amigos en el trabajo, y mucho menos darle un ultimátum a un rey. Pero esa es la diferencia que hace de haber visto la soberanía de Dios. Cualquiera que sea el miedo que Isaías sentía por el rey Acaz fue dejado de lado por el temor mucho mayor del soberano Señor Dios.
La conciencia de la soberanía de Dios en nosotros da una santa osadía ante el mundo y sus poderes. Esto es lo que hizo Isaías útil: podría proclamar la Palabra de Dios, incluso palabra de juicio, a una generación decadente y peligrosa. “Ay, nación pecadora”, acusó en el primer capítulo, “pueblo cargado de iniquidad, generación de malvados, hijos corrompidos! Han abandonado al SEÑOR, han despreciado al Santo de Israel, se han apartado de Él” (Isaías 1:4). Me doy cuenta de que este tipo de conversación no puede llenar un estadio de hoy. No puede colocar a una congregación en la lista de los éxitos de crecimiento de la iglesia. Pero la voluntad de decir la verdad de Dios, predicando el juicio de Dios a una generación tan depravada como la nuestra, es una señal segura de que el orador ha contemplado la soberanía de Dios.
El gran reformador escocés, John Knox, fue otra figura profética que era famoso por su enfrentamiento valiente con María la católica, reina de Escocia. Una vez que Knox se preguntó cómo podía desafiar las ideas religiosas de la reina tan audazmente, dado que ella era la soberana de la tierra. La famosa respuesta de Knox fue: “Cuando acabamos de pasar el tiempo de rodillas ante el Rey de Reyes, no encuentro a la reina de Escocia ser tan aterradora.” La conciencia de la soberanía de Dios, especialmente al llevarnos a ponernos de rodillas en súplica delante de Su trono de la gracia, nos da la santa audacia que tan desesperadamente necesita nuestro tiempo.
La Confianza en la Gracia Soberana y Salvadora
Por último, vemos en el profeta Isaías una marca segura de que él había visto al Señor en Su majestad: una dependencia total en la soberanía de Dios y la gracia salvadora.
Esto se ve en la señal que Isaías dio al rey Acaz. Isaías instó esta señal en Acaz para avivar su fe. Fue una señal de que era tonto a los ojos del mundo, pero glorioso a los ojos de Dios: “Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.” (Isaías 7:14). En presencia de la incredulidad apóstata de Acaz, Isaías puso la mano en la mayor señal de la gracia soberana de la que se podía pensar: la virgen que estaría con el niño.
Más tarde, Isaías hablaba del parto a través de un vientre estéril como una señal de la gracia salvadora (Isaías 54:1). Una matriz estéril representa un trabajo humano que ha fallado. Pero el vientre virgen nos habla de un campo donde el hombre no ha sembrado nada. A partir de ese vientre viene el Salvador, Jesucristo. Imagine cuan poco un hombre como Acaz hubiera apreciado el nacimiento de un bebé como una razón para confiar en Dios con sus problemas, al igual que muchos consideran hoy día la predicación del evangelio como “una tontería”. Sin embargo, tanto la divinidad encarnada en bebé y la predicación de su evangelio hoy son poder de Dios para la salvación de los que creen.
Esto nos recuerda que un ministerio del evangelio verdadero sólo puede tener éxito si una mujer virgen da a luz a un hijo.¡Qué locura para el mundo! Pero ella lo tuvo. Y el milagro de la gracia continúa en la actualidad. Si esto no nos anima a trabajar en los campos de otra manera estériles de la oración y la predicación de la Biblia sencilla, sin olvidar la humildad, la paciencia, la abnegación y la santa obediencia a Dios, entonces nada lo hará. La señal de Isaías sobre el nacimiento virginal nos dice que no confiemos en la sabiduría humana, así como nosotros no debemos desesperarnos ante la dificultad humana o el fracaso personal. Porque si nosotros, como Isaías, tenemos una visión de la gloria del Dios soberano, sobre todo en la salvación de los pecadores, lo vamos a considerar nuestro privilegio de servir a este soberano Señor, que trajo a nuestro Salvador en el mundo a través de un seno virginal, y que traerá a muchos a la salvación así como también nosotros confiamos en Su gracia soberana y salvadora.
Por Richard D. Phillips
Toado del libroWhats So Great About The Doctrines Of Grace
Cuanto más crezco en mi conocimiento del Señor (por su gracia) cuanto más veo la centralidad absoluta de la iglesia, la iglesia local, en su plan para su pueblo. Cuanto más aprendo de Él, más veo la joya que es la iglesia –que es una bendición, que es un honor ser parte de algo tan asombroso, tan de otro mundo. Esto es algo que se ha traído a casa a mí en los últimos años, principalmente mediante el gozo y el privilegio de ser parte de una iglesia local fiel. Pero también se ha hecho hincapié en muchos de los libros que he leído.
Hace poco leí el libro de Ligon Duncan ¿Crecerá Más la Gracia en Invierno? , un libro que trata con el sufrimiento. Había algo allí que realmente llamó mi atención en este contexto de la iglesia local.
Usted puede estar familiarizado con estas palabras desde el primer capítulo de Colosenses:
24Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo, que es la iglesia,
25de la cual fui hecho ministro conforme a la administración de Dios que me fue dada para beneficio vuestro, a fin de llevar a cabo la predicación de la palabra de Dios,
26es decir, el misterio que ha estado oculto desde los siglos y generaciones pasadas, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos,
27a quienes Dios quiso dar a conocer cuáles son las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria.
28A El nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo.
29Y con este fin también trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí.
Estas son palabras que he leído muchas veces en los últimos años, y, sin embargo la aplicación de Duncan de ellas es completamente nueva. En el capítulo que proporciona el contexto para estos versículos él explica lo que Dios puede lograr a través del sufrimiento y uno de los cuatro puntos que plantea es el siguiente: El sufrimiento sirve para edificar a la iglesia. ¿Ha pensado alguna vez que a través del sufrimiento de usted Dios está fortaleciendo su iglesia? Él dice: “Nuestro sufrimiento ayuda a la madurez de todo el cuerpo de los creyentes. Es extraordinario que nuestro sufrimiento está diseñado no sólo para trabajar la piedad en nosotros como individuos, haciendo valorar más a Cristo, pero también para trabajar la madurez en toda la iglesia.” Y esto es exactamente lo que Pablo señala que en los primeros versículos de Colosenses. “El sufrimiento es el instrumento de Dios para llevar a la madurez de toda la iglesia. Dios ordena nuestro sufrimiento, como una participación en el sufrimiento del cuerpo de Cristo, para llevar a cabo en la iglesia los propósitos de la aflicción de Cristo. En otras palabras, a veces Dios señala a sus hijos sufrir para que todo el cuerpo se haga perfecto. “Todos sabemos que, como miembros de la iglesia debemos regocijarnos juntos y llorar juntos, pero ¿entendemos que estas ocasiones donde se da luto son por nuestra madurez? Si realmente somos un cuerpo, cada parte depende de la otra, entonces no puede ser de otra manera. El sufrimiento de una persona es el sufrimiento de toda persona, una persona madurando, es toda persona madurando.
¿Puede ver cómo esto debe ser verdad? ¿Puede pensar en algunos de los hombres y mujeres cristianos de cuyo sufrimiento usted ha sido testigo y ver cómo su ejemplo ha servido para fortalecer a la iglesia? No puedo pensar en todo tipo de ejemplos. Algunos de ellos son personas que han sufrido lejos de mí, lejos de mi iglesia local, pero cuyo sufrimiento sirvió para fortalecer aún a los cristianos a los que nunca se habían encontrado cara a cara. Otros son personas que han sido parte de mi iglesia local o siguen siendo parte de mi congregación local, cuyo sufrimiento ha sido presenciado por unos pocos, pero esos pocos se han fortalecido por su testimonio. Creo que las personas que sufrieron enfermedad o desempleo o la pérdida de un hijo, han crecido en la madurez a través del sufrimiento, pero, sorprendentemente, también lo hicieron aquellos de nosotros que lloraron con ellos.
Duncan dice: “Estas aflicciones que ‘faltan’ de Cristo, no indican que su sufrimiento no era suficiente para nuestra salvación. Se trata simplemente de un reconocimiento de que cuando usted se convierte en un creyente en el Señor Jesucristo, se convierte en parte de su cuerpo. Dado que usted es parte de su cuerpo, sus sufrimientos son sus sufrimientos.Cuáles son los sufrimientos que faltan en la aflicción de Cristo? Estos son los que no han sido experimentados todavía por su cuerpo: la iglesia. Estas seguirán siendo experimentadas por su cuerpo hasta que venga otra vez y poner fin a todo sufrimiento para su pueblo.” Duncan continúa diciendo: “El apóstol Pablo nos está diciendo algo asombroso. Las aflicciones del cuerpo de Cristo tienen la intención de llevarlo a la madurez. Es decir, que Dios ordena, por el Espíritu y por la fe, nuestro sufrimiento para llevar a cabo en la iglesia los propósitos de la aflicción cristiana. Estos objetivos son: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria, y cada uno de nosotros haciéndonos madurar en Cristo Jesús.”
Así que supongo que esto es algo que debemos tener en cuenta en esos momentos en que es la voluntad de Dios que suframos. Nuestro sufrimiento no es inútil, no es sin sentido. Al menos en parte, nuestro sufrimiento es ordenado por Dios para que podamos fortalecer y edificar a nuestros hermanos y hermanas en Cristo, para que ellos, y nosotros, podamos orientarnos hacia la madurez cristiana. “Su sufrimiento no sólo le pertenecen a usted. Ustedes son miembros de un cuerpo. Su sufrimiento es la madurez del cuerpo tanto como lo es para la suya. Su sufrimiento está ahí para edificar la iglesia de Cristo. Está allí para que el pueblo de Dios obtenga fe, esperanza y confianza a la hora de sus pruebas. Y su sufrimiento es también el sufrimiento del cuerpo, porque uno de los propósitos de Dios en el sufrimiento es la madurez de toda la iglesia.”
Con este artículo empezamos una serie sobre la actitud del cristiano frente a la crisis. En primer lugar reflexionaremos sobre la actitud de gozo que podemos expresar aun en medio de las dificultades. En segundo lugar, pensaremos sobre nuestra perspectiva del dinero y de los bienes materiales. Finalmente, nos preguntaremos en qué consiste tener una visión cristiana del trabajo. “Crisis” es la palabra que más escuchamos últimamente. Estamos en medio de una crisis económica mundial. Algunos expertos dicen que esto es cíclico, que después de las “vacas gordas” siempre vienen las “vacas flacas”. La verdad es que no sé qué pensar. Vemos a nuestro alrededor empresas que cierran, oímos de despidos masivos, de inflación, de recesión, de aumento del paro, de pobreza…
En este contexto muchas familias cristianas están pasando verdaderos momentos de prueba y los creyentes nos podemos llegar a hacer muchas preguntas: ¿por qué Dios permite que suframos una crisis como esta si somos sus hijos amados? ¿Por qué no hay prosperidad continua? ¿Por qué ha de haber escasez?
La crisis actual nos pone en alerta, pero lo cierto es que siempre ha habido épocas de crisis y catástrofes naturales, y el creyente siempre ha enfrentado las adversidades confiando en el Señor. Recordemos la sequía en tiempos de José. Recordemos la viudez de Rut y Noemí. Recordemos la traumática experiencia de Job. Este hombre, Job, era un hombre rico en lo material y justo delante de Dios. Un día el diablo se presentó ante Dios y pidió su permiso para tocar todas sus posesiones. En el mismo día Job perdió a sus criados, murieron sus ovejas, robaron sus camellos, y un viento fuerte derribó la casa en la que estaban sus diez hijos y todos ellos perdieron la vida. ¿Y cómo reaccionó Job ante todo esto? Con estas increíbles palabras: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21).
¿Pero cómo pudo tener Job esa entereza, esa confianza en Dios, esa paz interior en medio de la tristeza más profunda? ¡Si lo había perdido todo! ¡Aun siendo un hombre justo! ¡Y sin embargo no abrió su boca para quejarse, sino para bendecir a Dios! Encontramos esa misma actitud en el profeta Habacuc, cuando escribe: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar” (Hab. 3:17-19). En medio de la crisis, ¿tienes tú, querido amigo, esa paz y esa confianza en Dios que mostró Job?
En tiempos de escasez, ¿vives con ese gozo de Habacuc? Dijo el pastor inglés John Wesley, que “la última parte del hombre que se convierte es su bolsillo”… Y eso no significa necesariamente que nos cueste ofrendar, sino más bien que nos cuesta tener una visión cristiana del dinero, una visión diferente a la que el mundo nos ofrece. ¿Cuál es tu percepción del dinero? ¿Cómo ves las posesiones materiales? Según sea, así será también tu visión de la vida en tiempos de crisis y escasez. Observa la diferencia entre Judas y Zaqueo. Judas guardaba la bolsa con las ofrendas, y robaba de ella porque amaba el dinero (Jn. 12:6); por otro lado, Zaqueo era un publicano que había estado robando a su propia gente cobrando de más con los impuestos, y al convertirse dijo: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc. 19:8). ¿Eres como Zaqueo? ¿Se ha convertido a Cristo también esa parte de tu corazón que manda sobre tu bolsillo? ¿O eres como Judas? ¿Pareces cristiano pero tu dios sigue siendo el amor al dinero? ¿Dónde está tu corazón con respecto a este tema? Como habrás visto nuestro enfoque es el contrario a lo que el mundo procura. En tiempos de crisis la gente está obsesionada por encontrar un trabajo que les dé el dinero necesario para poder tener gozo.
Pero el creyente se centra en primer lugar en el gozo, sabiendo que es el Señor quien proveerá del dinero y del trabajo necesario. Pero vayamos por partes. Primeramente meditaremos en 10 verdades sobre el gozo del cristiano, y en este primer artículo reflexionaremos sobre las tres primeras verdades, que tienen que ver con Dios como el origen de nuestro gozo. Habacuc nos habla del gozo diciendo que aún en tiempos de escasez… con todo… “yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (v.18).
Verdad 1: Todo es de Dios
Dice el Señor “mío es el mundo y su plenitud” (Sal. 50:12) y exclama el rey David “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas” (1 Cr. 29:11). Tal vez hayáis oído que Dios creó todas las cosas para nosotros… Pero eso no es cierto. Si así fuera, ¿por qué entonces creó Dios miles de planetas que jamás veremos? ¿Y cientos de flores que jamás podremos oler en las montañas más altas? ¿Y corales y peces en mares tan profundos que no podremos explorar?
¿Y animales tan grandes y fieros que nunca podremos tocar? ¡Dios no creó todas las cosas para ti, sino para Él! ¡La Creación es para su gloria! De hecho nada es tuyo; ni tus hijos, ni tu coche, ni el aire que respiras, ni las uñas de tus pies. Todo lo creó Él, todo es suyo, y sigue siendo suyo, y puso al hombre y a la mujer como mayordomos de su Creación. Recordemos las palabras de ese hermoso himno que dice:
“El mundo es de mi Dios, su eterna posesión.
Eleva a Dios su dulce voz la entera Creación.
El mundo es de mi Dios. Conforta así pensar.
El hizo el sol y el arrebol, la tierra, el cielo y mar…”
Verdad 2: Dios es inmensamente generoso
La segunda verdad es tan espectacular como la primera. Dios es generoso, muy generoso. Dios es tan generoso, que permite que todo lo que es suyo, lo puedas llamar “mío”:Mi casa, mi esposa, mi vida, mi dinero… “Dios… nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos…” (1 Tim. 6:17). Es tan generoso, ¡que es generoso incluso con los incrédulos! ¡Aunque no le dan las gracias, y viven pensando que todo es suyo por mérito propio! Dios es quien “hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45).
Hemos de estar agradecidos a Dios por tantas cosas, y decir con el salmista: “Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios” (Sal. 103:1-2). ¡Todo lo que tienes lo tienes gracias a Dios!… ¡todo lo tuyo en realidad es suyo! ¡Pero lo deja todo a tu cuidado, como el amo que sale de viaje y deja su mansión al cuidado de su mayordomo y le permite vivir en ella con total libertad!
Verdad 3: Dios nos da lo mejor que tiene
¡Dios nos ha dado tantas cosas! Nos ha dado el ruido del mar, el aire fresco, las frutas jugosas, la risa de un niño, nos ha cubierto de bendiciones, pero no se ha reservado lo mejor para Él, como quien reparte bombones pero se queda con el más exquisito, y se lo come a escondidas. No, Dios nos ha dado también el tesoro más grande de su corazón, al Señor Jesucristo. Y si nos ha dado a Cristo, ¿qué no nos va a dar? “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32) ¿Acaso no eres un hijo adoptado a la familia de Dios?
¡Acércate a tu Padre Celestial y pídele con confianza y sinceridad! Él es bueno y tremendamente generoso. ¿Acaso vendrá a mí uno de mis hijos y me dirá “Papa, tengo hambre” y no le daré de comer?; ¿o dirá “Papa, tengo frío” y no le taparé? “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:10-11) Gracias al Señor que nuestro gozo está sustentado en la generosidad y la gracia de Dios. En el siguiente artículo meditaremos en las verdades que nos conducen a una actitud de gozo en nuestra vida cotidiana. Que Dios te bendiga.
David Barceló es pastor de la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona, España, desde sus inicios en el año 2005. Conferencista en varias ciudades de España y Latinoamérica. Felizmente casado con su esposa Elisabet, son padres de cuatro hijos, Moises, Daniel, Elisabet y Abraham.
Tenemos una tendencia a huir del sufrimiento. Los adelantos tecnológicos y médicos han ayudado a prevenir muchos de los males que eran comunes hace tan solo 200 años. Nuestra sociedad siente como derecho propio el tener salud, vivir largas vidas y no experimentar mayores problemas. En cambio, DA Carson sugiere en su libro “Hasta Cuándo Señor” que un creyente no debe preguntarse si va a sufrir o no; más bien debe preguntarse cuándo va sufrir.
Vivimos en un mundo caído, donde cada uno de nosotros experimentaremos los efectos de la caída por medio del sufrimiento, ya sea en forma de una enfermedad, la pérdida de un ser querido, relaciones rotas, dificultades financieras, o de alguna otra manera. Dado que todos tendremos que enfrentar la realidad del sufrimiento, necesitamos tener una perspectiva bíblica de cómo caminar estas temporadas para la gloria a Dios. Debemos prepararnos para que las verdades del evangelio nos sostengan en estos momentos difíciles.
Sufrimiento verdadero
En un mundo donde gran parte de la población tiene acceso a comodidades, debemos tener una perspectiva correcta de lo que es el sufrimiento. Comúnmente existe una idea equivocada al respecto, y llamamos sufrimientos a nuestras inconveniencias. Por ejemplo, “que mi auto no enciende”, “que no consigo una casa cerca de mi trabajo”, “que la televisión no se ve bien” y cosas similares constituyen más bien inconveniencias que sufrimientos.
Los sufrimientos son aspectos que experimentamos por causa del pecado en el mundo. Enfermedades crónicas; dificultades en las relaciones; la muerte de un ser querido; la persistente rebelión de un hijo; falta de recursos para proveer a las necesidades básicas; maltrato; abandono. Estos son sufrimientos verdaderamente, y todos los hemos experimentado.
Consecuencia de la caída
Como ya mencionamos, todo sufrimiento es consecuencia de la caída. Vivimos en un mundo donde experimentamos los resultados del pecado del hombre. Cada tipo de sufrimiento en alguna forma nos debe recordar el pecado y por consiguiente ayudarnos a mirar más fijamente a la cruz y a nuestra necesidad de redención. Nuestro enemigo no está en las circunstancias, sino en el pecado y su efecto dañino que puede tener en nuestra alma. En medio del sufrimiento, nuestra tendencia es querer que este desaparezca. Sin embargo, durante este proceso lo más importante es velar por nuestras almas y así evitar desviarnos hacia la influencia del pecado.
Debemos tener claro que aunque el Reino se está estableciendo, todavía no está completamente establecido. Las promesas de “no más enfermedad, no más dolor, no más llanto” (Apocalipsis 21) son para cuando se establezca la Nueva Jerusalén. No obstante, muchos creyentes tienen una escatología sobre-desarrollada que, sumada a la tendencia de “visualizar” de la Nueva Era que se ha infiltrado con el evangelio de la prosperidad, ha llevado a muchos a creer que los efectos de la caída deben ser revertidos ahora si “declaramos” lo suficiente. Sí: los sufrimientos terminarán. Todos y cada uno de ellos. Pero será el día en que Jesús vuelva por su pueblo.
Oramos con fe
La Biblia tiene un patrón de oraciones donde se nos muestra que debemos orar sometidos a la voluntad de Dios. Por lo tanto, no debemos tratar de manipular a Dios con nuestras oraciones. Al mismo tiempo, tenemos que cuidarnos de no ir al otro extremo y no tener fe en Dios cuando estemos orando.
En nuestras peticiones debemos mantener la expectativa de que Dios sí desea bendecir a sus hijos. La parábola de la viuda (Lucas 18) y La parábola del amigo importuno (Lucas 11) nos muestran una imagen de orar persistentemente por peticiones, y deben ser de ánimo para nosotros orar con fe en el Señor. Por consiguiente, nos sometemos a la voluntad de Dios cuando oramos, y sin embargo esto no debe ser impedimento para también orar por sanidad, provisión o alivio de personas con dichas necesidades. Sabemos que Dios es capaz de hacer milagros y que desea mostrar su poder. Pero así como Dios quiere mostrar su gloria por medio de sus milagros, también anhela glorificarse en que sus santos perseveren durante las pruebas.
Nuestro enemigo en el sufrimiento
Los Salmos nos muestran en múltiples ocasiones, que uno de los principales problemas del creyente durante el sufrimiento es que primeramente nos entregamos a nuestras emociones en lugar de a la verdad del evangelio. En el sufrimiento nos sentimos solos y olvidamos que Dios nunca se aparta de nuestro lado. Además, sentimos que Dios no nos ama y olvidamos su gran muestra de amor para con nosotros al morir por nuestros pecados. Nos olvidamos del evangelio. El salmista siempre sale de esta condición de ceguera a ver la luz por medio de mirar las misericordias de Dios. El Salmo 13 es una muestra de cómo podemos procesar el sufrimiento:
(1) ¿Hasta cuándo, oh SEÑOR? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás de mí Tu rostro?
(2)¿Hasta cuándo he de tomar consejo en mi alma,
Teniendo pesar en mi corazón todo el día?
(3) ¿Hasta cuándo mi enemigo se enaltecerá sobre mí?
Considera y respóndeme, oh SEÑOR, Dios mío;
Ilumina mis ojos, no sea que duerma el sueño de la muerte;
(4) No sea que mi enemigo diga:“Lo he vencido ;”
Y mis adversarios se regocijen cuando yo sea sacudido.
(5) Pero yo en Tu misericordia he confiado;
Mi corazón se regocijará en Tu salvación.
(6) Cantaré al SEÑOR,
Porque me ha llenado de bienes.
Observamos que el salmista no está en negación. Él clama a Dios por alivio, pero también, como vemos en el verso 3 y 4, pide fuerzas para darle gloria a Él en medio del sufrimiento. Es importante tener esta doble perspectiva; solicitamos alivio, pero también pedimos piedad para reflejar la gloria de Dios en medio de la prueba. Al final vemos que el salmista se ampara en verdades que son eternas y que no cambian (versos 5 y 6). Tus enemigos pueden parecer que están ganando o tu cuerpo puede desgastarse, sin embargo, la misericordia de Dios nunca cambia. Este salmo nos enseña que el motivo de nuestra alabanza está en la promesa eterna y no en el alivio temporal.
Dios es mejor
El Salmo 73 muestra al salmista en medio del sufrimiento y como éste al experimentar la presencia de Dios, cambia su perspectiva de envidiar al impío a una de estar satisfecho en Dios. Al final de este salmo vemos que no envidia a los impíos sino que anhela a Dios.
Lamentablemente, es común que en medio del sufrimiento olvidemos mostrarles a quien sufre, con amor y paciencia, que Dios es mejor que todo lo que esa persona pueda desear en el momento de la prueba. Él es el más glorioso, el que más satisface y a quien más necesitamos en todo tiempo. No está mal el desear alivio y consuelo en medio del sufrimiento. Sin embargo, querer conocer más a Dios y ser más como Cristo es mejor, porque Él es mejor.
Debemos prepararnos para el sufrimiento. La mejor forma para hacerlo es creyendo y experimentando el hecho de que Dios es mejor que todo. Su gloria y resplandor es aquello que necesitamos. Cuando nos satisfacemos en Él en medio de la abundancia o del sufrimiento, le damos sentido a las circunstancias, porque al final Él se lleva la gloria y vivir para su gloria le da sentido al sufrimiento. Solo podemos sufrir con esa esperanza cuando vemos cómo nuestro Salvador sufrió por nosotros para que no seamos esclavos de nuestros anhelos, sino para que vivamos para darle honor al que honor merece.
“El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que Lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?… Porque de El, por El y para El son todas las cosas. A El sea la gloria para siempre”, Romanos 8:32, 11:36.
– José Mercado (Joselo) es oriundo de Puerto Rico. Renuncia a su carrera de consultoría en el año 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries. Es el pastor principal de la Iglesia Gracia Soberana en Gaithersburg, Maryland. Está casado con Kathy Mercado y es padre de Joey y Janelle.
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